| Asistimos al triunfo de una nueva corriente de demógrafos que cuestiona los dogmas neomalthusianos, basados en una simplista hipótesis y un simplista desarrollo. Los revisionistas entre ellos Julian L. Simon, Kuznets, Colin Clark, P.T. Bauer, Ester Boserup, Albert Hirshman, Richard Easterlin, R. Paul Shaw, Friedrich von Hayek y otros- muestran, con los datos en la mano, que el aumento de la población no es la causa de la pobreza en el Tercer Mundo, y que las personas son el principal recurso con que cuenta un país para desarrollarse. Durante más de cuatro décadas, los grupos que promueven el control de la natalidad han llevado a cabo una poderosa campaña política e ideológica para propalar la idea de que el continuo aumento de la población es uno de los más graves problemas mundiales. Paul Ehrlich publicó un libro muy vendido en el que describía el crecimiento demográfico como 'una bomba', que estallaría en los años 70, causando cientos de millones de muertes, provocando guerras y violencia, y destruyendo los recursos necesarios para mantener la vida sobre el planeta. Para Ehrlich, el origen de la crisis ambiental era sencillo: demasiada gente. 'La cadena causal del deterioro (del ambiente) puede seguirse fácilmente hasta su origen. Demasiados coches, demasiadas fábricas, demasiado detergente, demasiado plaguicida, crecientes estelas de vapor, plantas de tratamiento de aguas residuales inadecuadas, muy poca agua, muchísimo dióxido de carbono, todo lo cual puede ser fácilmente retrotraído al hecho de que haya demasiada gente' (Ehrlich, 1968). Aunque Ehrlich fuera más explícito que Garret Hardin, éste no le iba a la zaga si se trataba de culpar al 'excesivo' número de habitantes de los desastres ecológicos. En un artículo ampliamente citado por los defensores del control demográfico, The Tragedy of the Commons, Hardin expresó así esta idea: 'El problema de la contaminación es una consecuencia de la población. La forma en que un solitario norteamericano de la frontera se deshacía de sus desperdicios no tenía demasiada importancia... Pero a medida que la población se hizo más densa, los procesos naturales químicos y biológicos de reciclado se sobrecargaron... La libertad para procrear nos acarreará a todos la ruina'. Ambas posturas se basan en afirmaciones erróneas de algunos conocidos ecologistas, que sostienen que la degradación del medio tiene su origen en un desequilibrio entre los recursos limitados de la Tierra y la población humana rápidamente creciente, que presiona al ambiente y ocasiona, asimismo, problemas sociales tales como la pobreza y el hambre (Bary Commoner, 1992). 'El problema real -dice el premio Nobel Hayek- consiste en saber si el número de habitantes de determinadas regiones tiende, por la razón que sea, a sobrepasar los recursos de que puede disponer' (F. von Hayek, 1990). Evidente, pero falsa La idea de que a más población corresponde más contaminación parece evidente, pero resulta engañosa. En realidad, la contaminación depende de un conjunto de factores. El aumento o descenso tiene muy poco que ver con la población y mucho con el crecimiento o recesión económicos. A los efectos de las emisiones de C02, el nivel de actividad económica y la tecnología empleada son aspectos decisivos. De ahí que, en el caso del Tercer Mundo, reducir el problema sólo al volumen de población es una visión parcial y falsa. El rápido crecimiento de la población no puede considerarse causa última de la degradación global del medio ambiente. Los grupos partidarios del control de la población sostienen que hoy el crecimiento demográfico es una de las principales causas de la pobreza, el hambre, la contaminación, el desempleo y las tensiones políticas, y demandan medidas radicales. Las Naciones Unidas, el Banco Mundial y el Planned Parenthood han hecho del control mundial de la natalidad uno de los puntos fundamentales de su acción. También los medios de comunicación -sobre todo la televisión- se han visto muy influidos. En el mundo occidental la mayoría de los redactores y editorialistas creen que la humanidad está gravemente amenazada por el actual crecimiento demográfico. De hecho, esta opinión ha llegado a ser tan dominante, que hasta hace muy poco se consideraba una herejía científica cuestionarla públicamente. En los últimos años la situación ha comenzado a cambiar. Investigaciones llevadas a cabo por economistas de los recursos naturales, demógrafos, historiadores y científicos sociales han mostrado que los supuestos males achacados al crecimiento demográfico no existen, y que la población ha servido a menudo de chivo expiatorio para problemas que en realidad tienen otros orígenes. |
| Los revisionistas señalan que no es la disminución del crecimiento demográfico lo que proporciona prosperidad, sino que más bien es la prosperidad social lo que trae consigo un aumento más lento de la población. La ampliación de la educación, sobre todo a las mujeres, es de relevancia fundamental para frenar el rápido crecimiento de la población. Las mujeres instruidas suelen gozar de mayores oportunidades, conocen mejor las posibilidades de planificación familiar y tienden a comentar con sus maridos el número de hijos que desean tener y cuándo desean tenerlos. También tienden a casarse más tarde, a retrasar el primer embarazo, a espaciar más los nacimientos y a tener un menor número total de hijos (Catley-Carlson, 1993). Vida miserable El argumento que suelen esgrimir los defensores del control de la población es que ciertos campesinos asiáticos, africanos o latinoamericanos llevan una vida miserable, y que no se puede permitir que perpetúen su miseria. La historia, una vez más, no avala estas tesis catastrofistas. Durante la Edad Media y principios de la era moderna alrededor del 80% de los gastos de la masa de la población se destinaba a la comida, pero la dieta aún era pobre. Todavía en épocas relativamente prósperas las personas no disponían de más del 10% de sus ingresos para emplearlos en comprar ropa, con lo cual las prendas de vestir se convertían en artículos importantes que pasaban de generación en generación. Por ejemplo, las normas hospitalarias de Perugia estipulaban en 1582 que las ropas de los fallecidos no se debían robar 'sino que habría que entregarlas a los herederos legales'. Una vez cubiertas las necesidades de comida y ropa, muy poco dinero quedaba para la vivienda. Una cabaña normal de un campesino europeo estaba hecha con zarzo y un revestimiento, el suelo era de tierra, no tenía ventanas ni chimenea y se cocinaba en un asador o en un puchero puesto sobre un hogar abierto. Pocas personas tenían hornos, y el pan y la carne, si se podía conseguir, normalmente se cocían de forma comunal. Como lecho se utilizaban montones de paja o de helechos tendidos en el suelo. Era frecuente compartir las habitaciones con los pocos animales que pudiese tener un campesino. Aún en el siglo XIX en Inglaterra había una densa superpoblación en las zonas rurales, y las condiciones en Irlanda eran peores. En Florencia, durante la década de 1630 las casas de los barrios más pobres tenían en cada habitación de ocho a diez personas, y en cada casa había de diez a doce familias, con un total de unos cien habitantes, sin agua ni servicios sanitarios. Aunque los ricos podían evitar las peores de estas condiciones, los bienes y servicios de que disponían seguían siendo muy limitados. La mayor parte de su riqueza la destinaban a la vivienda, que carecía de la mayoría de los servicios modernos, a ropas mejores o a alimentos más elaborados (Ponting, 1992). La corriente revisionista parte de la idea de que toda vida humana posee dignidad y está llena de posibilidades, y que incluso una existencia pobre según los criterios modernos puede tener pleno sentido y proporcionar satisfacción. Los científicos humanistas creen que es peligroso elaborar un argumento generalizado y sistemático, en el fondo del cual late la idea de que el ser humano es un intruso, un expoliador y un destructor. 'Todo eso lo somos sin duda alguna -afirma el naturalista Thomas Palmer-, pero también somos algo más. El hombre y sus creaciones culturales son la mayor aportación a la diversidad biológica'. (Thomas Palmer, 1992). Un claro ejemplo de la importancia de los hijos es el caso de la India de finales de la década de los cincuenta. En 1954, un equipo de la Universidad de Harvad comenzó el mayor estudio sobre el terreno acerca del control de la natalidad en la India. El análisis más exhaustivo sobre el fracaso del programa de planificación familiar basado en los anticonceptivos lo ha realizado Mahmood Mamdani. Gracias a Mamdani sabemos la causa más profunda e íntima de por qué los aldeanos indios preferían no utilizar los anticonceptivos. La razón era simple y decisiva: con el fin de mejorar su situación económica, para aprovecharse de las oportunidades recientemente creadas por el desarrollo de la India independiente, 'los hijos eran esenciales'. |
| Mamdani lo expresa de forma muy explícita: 'Para empezar, la mayoría de las familias tienen escasos o ningunos ahorros y pueden no ganar lo suficiente para poder financiar la educación de ningún hijo, ni siquiera a través del instituto. Hay que hallar otra fuente de renta y la única solución es, como me dijo un sastre, 'tener hijos suficientes para que haya al menos tres o cuatro hijos varones en la familia'. Entonces, cada hijo puede terminar el instituto, pasando parte de la tarde trabajando... Después del instituto, uno de los hijos es enviado a la universidad, mientras que los demás trabajan para ahorrar y pagar las tasas académicas necesarias...Una vez su educación ha terminado, utilizará sus mayores conocimientos para mandar a su hermano a la universidad. No se casará hasta que el segundo hermano haya terminado su educación universitaria y pueda soportar la carga de educar al tercer hermano (Mahmood Mamdani, 1972). Nuevas investigaciones Es importante tener en cuenta la influencia de nuevas investigaciones y análisis empíricos sobre las consecuencias del crecimiento demográfico. En las tres últimas décadas se han examinado, uno por uno, los dogmas imperantes sobre los supuestos perjuicios económicos, sociales y ambientales del aumento de población. La mayoría de ellos han resultado ser falsos. Por ejemplo, en la década de los sesenta se afirmó que la presencia de niños en una sociedad reduce el ahorro y la inversión. También se sostuvo que el crecimiento demográfico tiene importantes consecuencias negativas: disminución de la elevación de la renta, aumento del paro, freno de la innovación tecnológica... Ninguna de estas afirmaciones se ha demostrado cierta. Cuando estaba en su apogeo la alarma demográfica, se afirmaba que el aumento de la población reduciría el progreso educativo, lo que ha resultado ser absolutamente falso. Es verdad que en los países en desarrollo se está avanzando con cierta lentitud en el campo de la educación. Pero no lo es menos que el mundo en desarrollo ha logrado enormes avances en la educación en los últimos tres decenios. En total, más del 90% de los niños del mundo en desarrollo se matriculan inicialmente en la escuela, prueba de que ya existe la capacidad institucional y motivación inicial para alcanzar la práctica universalización de la enseñanza primaria. Pero en muchos países, la baja calidad de la educación ofrecida, combinada con las limitadas oportunidades de empleo y la necesidad de que los niños ayuden a sus familias en las tareas agrícolas y domésticas, determina que un gran número abandone la escuela antes de haber completado uno o dos años de enseñanza. No obstante, la experiencia de los últimos años en varios países -China, Indonesia, Sri Lanka y Zimbabue, por ejemplo, han alcanzado en todos los casos la meta de terminación de cuatro cursos de la enseñanza primaria, como mínimo, por el 85% de su población infantil. Los elementos principales de las estrategias que han tenido éxito parecen ser los siguientes: * utilización de paraenseñantes en los centros preescolares y escuelas primarias; * períodos breves de formación para maestros; * apoyo regular y supervisión de la actividad de los profesores; * unidades escolares reducidas, próximas a las comunidades que deben atender; * edificios escolares con un bajo costo de capital; * participación activa de las comunidades y de los progenitores; * programas básico relevante presentado de manera atractiva; * calendario y horario escolares que tengan en cuenta la demanda de colaboración estacional de los niños y niñas en la agricultura; * respaldo de las ONG locales. Se decía que el aumento de la población era la primera causa del crecimiento de las megalópolis del Tercer Mundo. En realidad, se ha comprobado que el éxodo del campo a la ciudad se debe principalmente a otros factores. El principal motor de la expansión urbana es el crecimiento del empleo en las ciudades. En la ciudad al menos, la gente puede encontrar trabajo, hay escuelas y hospitales. Las personas que dejan el campo para irse a vivir a las grandes ciudades de países en desarrollo -México, El Cairo, Calcuta o Río de Janeiro- puede que con sus barriadas de chabolas afeen la estética del entorno. También las ciudades deben tener su belleza particular, que debe impulsar a las personas a tutelar el ambiente de su alrededor. Una buena planificación urbana es un aspecto importante de la protección ambiental. |
| El premio Nobel Hayek escribe que a algunos les resultará difícil admitir que las poblaciones integradas en los barrios marginales prefieran deliberadamente esas nuevas modalidades de ganarse el sustento a las de su antiguo entorno campesino, que tan bucólicamente suele idealizarse. Y, sin embargo, como ocurría con los campesinos irlandeses e ingleses que Engels encontraba en los barrios bajos de Manchester de su tiempo, eso es precisamente lo que ha ocurrido' (Hayek, 1990). La realidad es que el crecimiento de las ciudades y los puestos de trabajo allí creados han permitido la supervivencia de millones de campesinos que abandonaron el agro huyendo de la más aguda marginalidad económica. Son gente que durante un tiempo viven en la periferia de las economías de mercado. Y, a pesar de la dureza de sus condiciones de vida, obtienen indudables ventajas respecto a su situación anterior, como una mayor capacidad adquisitiva, acceso a servicios médicos y educativos, y unas más avanzadas instituciones y prácticas económicas. Sin duda, su adaptación a los hábitos que exige una economía de mercado es un trance doloroso. Pero su integración en el proceso expansivo de la gran ciudad es lo que les permite finalmente alcanzar un nivel de vida más elevado. Ser menos no es siempre mejor En los años setenta, los que veían la población como un problema insistían en que ser menos es siempre mejor. Después de todo, más gente significa más bocas que alimentar, más pies que calzar, más escuelas que construir. Más gente, en suma, significa más problemas. Es la tendencia dominante aún en muchos editorialistas y periodistas: ver el crecimiento demográfico en términos globales, en vez de considerar los distintos aspectos que presentan diferentes áreas. Este enfoque no está en sintonía con muchos científicos. Creen que es un error hablar de la población como si fuera un problema mundial indiferenciado. Lo que importa no es un número total abstracto de personas, sino dónde están y cómo viven. Hay países con mucha población, y otros con demasiada poca gente. Con esto está relacionada otra intuición del nuevo pensamiento demográfico: el número de habitantes que puede mantener un área determinada está sujeto a continuo cambio, y depende de la organización económica y social. Hay 120 millones de personas apiñadas en las montañosas islas del Japón. No obstante, gracias a la buena organización social y a la elevada productividad, los japoneses figuran entre los pueblos más ricos y longevos del mundo. Si se hubiera preguntado a los indios algonquinos que poblaban Manhattan en el siglo XVIII cuánta gente podría albergar la isla, seguramente habrían respondido que ya estaba llena. Holanda un país que pocos considerarían incapaz de mantener a su población tiene una densidad de 354 habitantes por kilómetro cuadrado; la India que, según nos aseguran, es una de las naciones más superpobladas del mundo-alberga unas 228 personas por kilómetro cuadrado. Hay muchos otros contrastes interesantes. Estados Unidos es la nación más rica del mundo y está poco densamente poblada. Alemania es la segunda nación más rica, y está densamente poblada. Corea del Sur tiene una densidad todavía mayor, pero es también uno de los países con mayor desarrollo del mundo. Bolivia es un país de lento crecimiento económico y muy pobre, y sólo tiene seis habitantes por kilómetro cuadrado. La nación más pobre del mundo es Etiopía; también es una de las menos densamente pobladas: 35 habitantes por kilómetro cuadrado. En otras palabras: hay docenas de países poco poblados que son pobres y sucios y padecen hambre. Y hay multitud de países con población grande y densa, que son prósperos y atractivos. Esto no significa que la densidad sea una ventaja, pero sí que el número de habitantes no es la variable decisiva. Los bastiones del alarmismo demográfico siguen oponiendo fuerte resistencia a estas nuevas ideas. Pero el debate ya no es monolítico. Carlos Cachán |
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