| Ernst Fritz Schumacher (1991-1977) fue quien mejor percibió el cambio de paradigma que debía introducirse en la visión mecanicista y reduccionista del mundo moderno. Imperante durante los últimos siglos, ha dado lugar a ciencias compartimentadas, para las cuales la complejidad del mundo físico y del mundo personal o social ha quedado reducida a una suma de pequeñas parcelas aisladas que se tomaban como objeto de estudio cerrado en sí mismo. Paradigma El nuevo paradigma ecológico -revisable e incompleto por definición- tiene como herramienta científica el enfoque de la complejidad. La naturaleza es compleja y esa complejidad es incompatible con el intento de atenazar a los sistemas vivientes mediante leyes deterministas. Es indudable la íntima relación entre la problemática ecológica y la redistribución de la renta, propiedad, derechos y bienestar de las personas, porque nos introduce en el corazón mismo de la nueva visión de la naturaleza, que destaca la importancia de la interacción entre la vida y el ambiente. Cambios Uno de los cambios más espectaculares en nuestra visión del mundo natural es que la Tierra (Ecosfera + Tecnosfera) no es un sistema cerrado de capacidad limitada sometido a presiones por la creciente población mundial. Es dinámico, lleno de estados cambiantes y futuros diferentes. Poco a poco se va abriendo paso una nueva visión de la naturaleza. Ya no es posible ver al ecosistema terrestre como un gran mecanismo de reloj, que funciona de forma lenta, deliberada y estable. Las respuestas a las viejas preguntas (¿cuál es el carácter de la naturaleza no alterada?, ¿qué influencia tiene la naturaleza sobre los seres humanos? y ¿qué influencia tienen los seres humanos sobre la naturaleza?) no pueden considerarse hoy como compartimentos estancos: aire, agua, suelo, plantas, animales y hombres (Ecosfera), por un lado; y tecnología, cultura y sociedad (Tecnosfera), por otro. Conforman un sistema único, interdependiente, abierto y complejo. No le es fácil al hombre occidental -hijo de la visión mecanicista de Descartes y Newton y del progreso indefinido- abandonar la creencia del equilibrio y la armonía en la estructura del mundo biológico para recuperar la verdadera idea de armonía del universo, que, como Plotino escribió en el siglo III, es discordante en su misma esencia. Teniendo en cuenta, pues, que la naturaleza es orgánica y siempre cambiante, el ser humano tiene la responsabilidad de lograr una armonía dentro de esas discordancias. MSC apocalípticos Sin embargo, en la cuestión ambiental aprecio gran dosis de pesimismo entre los profesionales de los medios de comunicación (prensa, radio, televisión y cine). Tras el análisis de un buen número de noticias de temática ambiental publicadas por los periódicos de referencia dominante y el visionado reflexivo de las películas más taquilleras estrenadas en los últimos años (pasadas después por la pequeña pantalla) en las que se abordan –directa o indirectamente- cuestiones ecológicas, la conclusión que aportan es tan clara como falsa: 'Allí donde interviene el ser humano provoca daños ambientales en el mundo. Todas las medidas que contribuyan a frenar el crecimiento de la población contribuirán a mitigarlos. Cuantos menos gente nazca en el tercer mundo, el edén de la biodiversidad, mejor para todos'. Mensajes apocalípticos, fruto de una visión equivocada del hecho ambiental, que distorsiona la realidad y la complejidad de la dinámica ecológica. Sin embargo, casa perfectamente con la concepción modernista de los medios de comunicación: concentrar la atención en problemas, deficiencias y amenazas. Como resultado, la mejora de la condición humana permanece sepultada bajo una avalancha de desastres ampliamente difundidos. Paradójicamente, cuando nuestra época es la primera generación desde el alba de la historia que puede llevar las ventajas de la civilización a todos los hombres y mujeres del mundo. Los que sostienen que está en juego el destino del mundo y que miles de otras especies inocentes dependen de las precarias facultades de la previsión humana, reconocen implícitamente que la especie humana es de una índole distinta a todas las demás. En efecto, el ser humano es algo más que un intruso, un expoliador y un destructor. Y es ese más, precisamente, lo que a duras penas atisban la prensa, la radio, la televisión y el cine comercial. Aunque no se les puede colocar indiscriminadamente a todos en la misma casilla de la visión negativa del hombre y de su misión en la tierra. A los científicos sociales personalistas nos preocupa la imagen distorsionada de la humanidad en los medios de comunicación, sobre todo en el cine, el medio de masas por excelencia: una muchedumbre vasta y amorfa, que destruye sin el menor escrúpulo la armonía más antigua y delicada del planeta. Ecohumanistas Por suerte para la especie humana, muchos otros intelectuales siguen confiando en el hombre. Constituyen la escuela del Humanismo ecológico. Esta corriente reivindica el respeto hacia la naturaleza como parte de la preocupación real del hombre por las condiciones de vida de las personas, intra e intergeneraciones; y cuestiona el cuanto más mejor del crecimiento ciego, la endeble economía del bienestar y el consumo desmedido. Admite que el ser humano ha abusado de la naturaleza, que no puede dominarla y explotarla de manera inmisericorde. Pero la naturaleza se diferencia de las casas construidas por el hombre, precisamente en que no ha sido construida: nos ha sido dada como un capital en buena parte desconocido, que debemos acrecentar con una sabia utilización -el interés, nunca el capital- de sus recursos naturales. Los ecohumanistas (entre los que me incluyo) son conscientes de que el hombre es cualitativamente diferente y superior a los animales. No es un perturbador de la armonía discordante del cosmos. Forma parte de la biosfera (aire, agua y tierra), crea tecnosfera (civilización) y la naturaleza (el medio ambiente) es para él fundamento de una existencia creativa. Carlos Cachán |