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Rankings, índices, certificaciones... ¿Cómo se mide la RSE?

A finales del 2006, se publico un curioso sudoku en una revista muy particular, la California Management Review: una de las publicaciones de management más prestigiosas del mundo, editada por la Universidad de Berkeley. En una de las páginas de un extenso artículo titulado 'Breaking Down the Wall of Codes: Evaluating Non-Financial Performance Measurement', los autores del texto incluían una tabla con dos columnas: en la primera se detallaban siete 'códigos de conducta' relacionados con el sector textil, y en la segunda columna se enumeraban las características principales de cada uno de los códigos (libertad sindical, evaluación de fábricas, trabajo infantil, independencia de los evaluadores, etc.) Los autores invitaban a los lectores a emparejar cada uno de los códigos con su principal característica, y al fi nal del artículo ofrecían la combinación correcta de las tablas ('¿Can you match the characteristics to the code?'). Por supuesto, no hubo ningún acertante del 'jeroglífico'.

David Levine y Aaron Chatterji, director y estudiante de doctorado del 'Centre for Responsable Business' de la Hass Business School de la Universidad de Berkeley, querían llamar la atención con su artículo sobre la impenetrable maraña de códigos y certifi cados sobre temas relacionados con la RSE a los que se ven enfrentados los directivos en su trabajo. En opinión de los autores, el problema de la infl ación de códigos, certificaciones y ratings no consistía únicamente en el coste que suponía rellenar los cientos de formularios para dar respuesta a consultoras, grupos activistas y entidades evaluadoras de todo tipo, sino en la falta de rigor metodológico de la mayoría de las iniciativas existentes y en la consiguiente confusión que se transmitía a la opinión publica.

Las iniciativas para intentar medir el desempeño social y medioambiental obedecen a dos razones fundamentales.

En primer lugar, pretenden compensar el excesivo peso que tienen los indicadores financieros con otros elementos que muestren el compromiso de la empresa con objetivos a largo plazo, basados en relaciones estables con sus stakeholders. En segundo lugar, estas metodologías métricas no financieras buscan ofrecer información a los consumidores y clientes sobre el grado de compromiso social y medioambiental de la empresa con el objetivo de infl uir en la percepción de aquellos.

Ahora bien, para que las metodologías sean rigurosas deben reunir los requisitos de ser confi ables, comparables y válidas. Una medida es confi able (reliable) si proporciona la misma respuesta cuando se aplica a lo largo del tiempo.

Tienen que ser, así mismo, magnitudes comparables entre compañías del mismo sector, también a lo largo del tiempo (por ejemplo, las emisiones de material tóxico). Por último deben ser válidas, es decir que lo que se mida tenga importancia y trascendencia.

Al artículo de Levin y Chatterji, que tuvo un cierto impacto entre la comunidad académica, le siguió poco después la publicación en la Harvard Business Review del 'famoso' texto 'Strategy and Society', firmado por Michael Porter y Mark Kramer, en el que se hacían eco de las refl exiones de sus colegas y denunciaban lo que denominaban 'El juego de los ratings'. En el artículo, Porter y su colega, criticaban los ratings existentes, acusándolos de falta de consistencia en sus mediciones y de no refl ejar de manera correcta el impacto social de las compañías: 'Los criterios usados en los diferentes ratings varían enormemente. El Dow Jones Sustainability Index, por ejemplo, incluye en sus evaluaciones aspectos como el desempeño económico y concede al servicio al cliente un peso casi un 50% más alto que a las actividades relacionadas con la ciudadanía corporativa.

El FTSE4Good Index, por su parte, no evalúa ninguna actividad relacionada con el desempeño económico o el servicio al cliente'. Pero no se trata sólo de los criterios elegidos sino también de la relevancia concedida a los mismos. El Dow Jones utiliza el tamaño del consejo de administración como criterio para medir el 'buen gobierno' de la compañía, aunque tamaño y 'buen gobierno' son dos conceptos que no guardan correlación; es más, todo el que tenga alguna experiencia en temas de 'buen gobierno' sabe que un Consejo de grandes dimensiones suele ser sinónimo de inefi cacia.

Otro de los temas más cuestionados es la falta de organismos 'independientes' que verifiquen la fiabilidad y veracidad de la información suministrada por las empresas. La mayoría de las ONG, agencias o sindicatos no cuentan con los recursos ni las capacidades para 'auditar' la información que suministran las compañías. De hecho, la falta de entidades certifi cadoras independientes ha sido la causa principal de que muchas ONG hayan abandonado las iniciativas que se han impulsado para que las empresas adapten determinados códigos de conducta y prácticas laborales (Vid: 'Ropa limpia: historia de un desencuentro') Si a todo lo anterior sumamos el hecho de que la mayoría de los premios, rankings y ratings se confeccionan con muestras que estadísticamente no son signifi cativas, a nadie puede extrañar el desprestigio creciente que estas herramientas están cosechando entre los expertos.

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