cerrar

Pasajeros de la vida loca

Después de catorce horas de vuelo, incluida la escala en Costa Rica para tomar el vuelo a San Salvador, lo que deseaba era llegar cuanto antes al hotel, deshacer la maleta y dormir un poco. Rudy, así se llamaba el taxista, me puso rápidamente al día sobre el tema que me había traído a El Salvador.

En los cerca de cuarenta minutos que duró el viaje, me habló sin interrupción sobre el fenómeno de las “maras”, las pandillas juveniles.

Un problema que no parece tener una fácil solución y que, poco a poco, se va extendiendo como una mancha de aceite por todas las urbes de Latinoamérica. La violencia es, para muchos expertos, el principal reto que enfrenta América Latina en las próximas décadas. La pobreza y la desigualdad han terminado por engendrar una criatura todavía más deforme y peligrosa. Cada año miles de jóvenes, procedentes de familias desestructuradas, sin oportunidades de empleo, seducidos por “la vida loca” ingresan en las “maras”. Y lo que ahora parece estar en juego no es sólo la seguridad ciudadana, como apuntan algunos, sino la propia supervivencia de un sistema que se ve incapaz de afrontar un fenómeno que hace tiempo que se le fue de las manos, si es que alguna vez lo tuvo bajo control.

Rudy resultó ser una fuente de información extraordinaria. Él nunca perteneció a las “maras”, pero sí su hermano mayor, que desde hace un año se encuentra en el centro penal de máxima seguridad de Zacatecoluca. Fue condenado a 35 años de prisión por numerosos delitos, entre ellos un asesinato. Aunque Rudy nunca “brincó” –ingresó en una pandilla–, cuenta por docenas sus amigos y conocidos fallecidos por ajustes de cuentas entre las bandas. Incluso llego a tener una novia “marera”, pero no le duro mucho la “relación”.

–Siempre ha habido delincuencia, pero desde que entró en vigor la política de Estados Unidos, que está deportando a los delincuentes a sus países de origen, la situación ha empeorado mucho. Cada semana llegan al país dos aviones con cerca de 70 pasajeros deportados– me comenta mientras conduce.

–Cuéntame, ¿cómo es que tú, a diferencia de tu hermano, viviendo en ese ambiente no “brincastes”? –Gracias a una profesora del colegio.

Ella me animó a no dejar los estudios. Pero estuve cerca. No es fácil quedarse al margen.

Cuando los “amigos” me jaleaban para brincar, la excusa que les daba era que tenía que ocuparme de mis “viejos”. ¿Drogas? Las he probado todas, durante poco tiempo, pero todas; la marihuana, la coca, el crak, que se fuma en unas pipas metálicas utilizando las antenas de los coches, o quemando el “diente” –la pastilla– en un bote metálico de cerveza y aspirando. También probé el pegamento y el disolvente. Un día estuve aspirando pegamento toda una mañana, al día siguiente tenía los pulmones machacados. Gracias a Dios, todo eso ya lo he dejado. Hoy estoy casado, tengo dos chicos y un buen empleo, todo eso quedó atrás.

En Centroamérica y, de manera particular en El Salvador, las leyes contra las “maras” y el pandillismo se suceden prácticamente cada dos o tres años, sin que hasta el momento hayan aportado solución al problema. A la Ley Mano Dura del presidente Flórez, le siguió la Ley Súper Mano Dura del actual presidente Saca. El balance, sin embargo, no puede ser más desalentador; mientras en el año 99 el porcentaje de homicidios diarios era de 6,6 en la actualidad esta cifra se acerca a los once homicidios por día.

En cuanto a las cifras de pandilleros, se manejan datos extraoficiales que van desde los 10.000 hasta los 35.000 jóvenes. Las autoridades policiales estiman que durante el Plan Mano Dura, implementado entre julio de 2003 y junio de 2004, se ficharon 10.500 pandilleros mayores de edad. Pero para muchos expertos, el Plan Mano Dura y Súper Mano Dura lo único que parece haber conseguido es aumentar la población de los centros penales, que en la actualidad se encuentran atestados. Y lo que es peor, gran parte de las órdenes para ejecutar delitos proceden de las mismas prisiones, desde donde los líderes dirigen a golpe de “celular” la organización. El mismo Rudy me confiesa que mensualmente envía a su hermano tarjetas de prepago, que éste revende a sus colegas.

–Los celulares son como los ojos de los “mareros”, con ellos controlan lo que pasa en su territorio. Con ellos pueden dar órdenes y acordar extorsiones.

A lo largo de estos días una de las frases más repetidas que escucharé es que: “El problema de las “maras” es un asunto complejo y difícil, para el que no existe una solución simple”. ¿Acaso las cuestiones sociales tienen una receta sencilla? Todo el mundo hablaba de los pandilleros, pero tenía la sensación de que muy pocos hablaban con los pandilleros. Entre esos pocos se encontraba la gente de Moje, una organización salvadoreña que lleva trabajando más de diez años con las “maras” en Ilobasco, una pequeña ciudad a hora y media de El Salvador, y hacía allí encaminé mis pasos.

ILOBASCO, EL PUEBLO DE LOS ARTESANOS. El municipio de Ilobasco se encuentra a 54 kilómetros de la capital, en el departamento de Cabañas, en la zona Paracentral del país. La ciudad, que se extiende por un terreno abrupto, cuenta con una plaza arbolada en la que se encuentra la iglesia principal y la alcaldía. Sus calles, empedradas y flanqueadas por casas de adobe repechadas con cemento, son recorridas diariamente por unos simpáticos mototaxis que transportan a los lugareños de un extremo a otro por 70 centavos de dólar.

Como muchos pueblos y ciudades de El Salvador, Ilobasco recibió durante las décadas de los ochenta y noventa una gran cantidad de personas refugiadas, procedentes de poblados cercanos que huían de la guerra civil, que comenzó en 1980 y finalizó con los Acuerdos de Paz en 1992. Fue uno de los conflictos más sangrientos en la historia del continente.

Se estima que dejó un saldo de 85.000 muertos, la mayoría civiles. Si se tiene en cuenta que en los años ochenta la población de El Salvador era alrededor de 4,5 millones de personas, eso equivale a decir que cerca del 2% de la población murió a causa del conflicto.

El crecimiento de la población en Ilobasco, causado por la guerra, tuvo como resultado el nacimiento de asentamientos urbanos carentes de los servicios básicos de saneamiento, agua, luz y vivienda digna. La mayoría de los pandilleros han crecido en estas colonias marginales, privados de oportunidades, en familias desmembradas, sin padre conocido y sin un futuro claro. En los noventa comenzaron a aparecer en Ilobasco las primeras manifestaciones de violencia juvenil.

En el año 1996 más de 1.000 jóvenes estaban involucrados directa o indirectamente en las pandillas, y durante 1998 más de 50 jóvenes fallecieron como resultado de la violencia, prácticamente uno cada semana. Esto situó a Ilobasco entre los diez municipios más violentos de los 262 municipios del país. Precisamente en esos años nació la Asociación Moje, Movimiento de Jóvenes Encuentristas, impulsada por el padre salesiano Juan Francisco, párroco de la iglesia del Calvario.

El origen de la asociación está vinculado a un grupo de matrimonios encargados de la pastoral juvenil.

EL ORIGEN DE LAS MARAS. El término “mara” significa grupo de amigos. No tiene una connotación peyorativa. El nombre, sin embargo, se ha hecho famoso por designar a las pandillas o bandas que se originaron en California por los “chicanos” y salvadoreños para defender su identidad y territorio, y finalmente terminaron involucrándose en actos delictivos. Los delincuentes, deportados de los Estados Unidos, al llegar a El Salvador reprodujeron el sistema de pandillas creado en la Baja California.

Existen principalmente dos grandes grupos que, a su vez, se dividen en subgrupos o “clicas”. La “Mara Salvatrucha” o “MS 13″ se formó en las escuelas y calles en las que los inmigrantes salvadoreños tenían que competir con otros grupos étnicos, en especial con los “chicanos”. Esta “mara” está formada predominantemente por salvadoreños y unos pocos guatemaltecos. El nombre, según algunos, responde al siguiente significado: “Mara porque somos un grupo de amigos y así se dice en El Salvador; salva porque somos guanacos y truchos porque tenemos que estar siempre alerta”.

Casi la totalidad de lo que “brincan” en las “maras”, al justificar su decisión, suelen mencionar que nacieron en una familia desestructurada marcada por la violencia.

Otros dicen que “salva” procede de “salvar la vida”, y lo de trucha hace referencia al hecho de que al igual que las truchas para desovar emigran contra corriente de sur a norte, los salvadoreños, a raíz del conflicto armado, han emigrado al norte para salvar su vida y su “raza”. El 13, al parecer, hace alusión a la Mexican Mafia, por ser la M la decimotercera letra del abecedario, exceptuando las letras ch y ll, que no figuran en el alfabeto inglés. Esta organización controla las cárceles del sur de California; casi todas las pandillas que operan allí se identifican con este número. Para los jóvenes salvadoreños inmigrantes, la Mara Salvatrucha o MS fue y es su escudo de defensa, y también una forma de hacer valer su orgullo patriótico.

El Barrio Dieciocho o la 18 Street es una “mara” que tiene origen chicano y está compuesta por jóvenes de diversas nacionalidades, por lo que se la conoce también con el nombre de la “Internacional”. Los salvadoreños que vivían en barrios controlados por la Dieciocho se unieron a esta pandilla para ser protegidos frente a otras bandas.

La Mara Salvatrucha y el Barrio Dieciocho mantienen una guerra declarada.

Páginas 1 2

Los comentarios están cerrados.

Tweeter button Facebook button Linkedin button Delicious button Flickr button