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Pasajeros de la vida loca

BRINCANDO EN LA PANDILLA. El ingreso en las “maras” suele producirse en el periodo de la adolescencia y preadolescencia, que constituye el momento en el que surgen los conflictos y se desarrolla la personalidad.

Casi la totalidad de los que “brincan” en las “maras”, al justificar su decisión, suelen mencionar que nacieron en una familia desestructurada marcada por la violencia.

Los miembros de las pandillas –quienes por las influencias de los jóvenes deportados se llaman a sí mismos Homeboys o homies– mantienen un trato entre ellos muy intenso. Se reúnen a diario y ocupan prácticamente la totalidad de su tiempo en torno a aquello que consideran más importante: su territorio, su orgullo de pertenecer a una “mara”, a un barrio. Su principal escenario de encuentro lo constituye la calle: las esquinas, los rincones, los parques de las colonias.

Su actividad diaria se reduce a salir a “pesear” –pedir monedas a los transeúntes para la comida, generalmente organizada colectivamente–, ingerir drogas, provocar o defenderse de la otra pandilla enemiga y organizar los robos para conseguir dinero.

El lenguaje de las pandillas se caracteriza por ser predominantemente no verbal y cargado de simbolismos: señas utilizando las manos, vestimentas características, tatuajes, graffiti, poesías, etc. Estos códigos de comunicación no verbal, son muy usados en presencia de extraños a la “mara” y en momentos de peligro o amenaza. Existen señales que representan a cada “mara” y sirven para “rifar la mara” o “rifar el barrio”, o sea indicar la pertenencia a una determinada “mara”. Independientemente de la “mara” a la que pertenezcan, poseen un estilo peculiar de vestirse y de desenvolverse, una moda que los identifica como los Pasajeros de la Vida Loca. Se visten “tumbados”, es decir con pantalones flojos, generalmente tres tallas más de las que les corresponden, sujetos con cinturones también más grandes, las camisetas o camisas son amplias y, casi siempre, las usan fuera del pantalón. Al caminar van generalmente de prisa y con un paso rítmico, siempre pendientes de lo que sucede a su alrededor.

Su actividad diaria se reduce a salir a “pesear”, -pedir monedas para la comida -, ingerir drogas, provocar o defenderse de la otra pandilla enemiga y organizarlos robos para conseguir dinero

ROSARIO. Me reúno con Rosario en el taller de Moje. Es pequeña, con el cabello muy negro y rizado. Cuando llegó me la encuentro en el suelo, descalza, vestida con un pantalón tipo pirata de color blanco, una camisa azul y un pañuelo rojo al cuello, con un pincel en la mano y rodeada de botes de pintura.

Me recuerda esas imágenes de algunos pintores modernos, a gatas y en estado de trance mientras embadurnan el lienzo en el suelo. Al saludarla me mira desde abajo, sonríe y me extiende su antebrazo a modo de saludo para evitar mancharme con la pintura. Rosario fue miembro de la mara MS. Actualmente trabaja en el taller de Moje y termina sus estudios de bachillerato.

–¿Qué haces? –pregunto.

–Estoy pintado unas “fachadas” para una exposición que tenemos en El Salvador el próximo fin de semana.

Las “fachadas” son un producto de artesanía elaborado con madera en los talleres de Moje que reproduce en relieve las fachadas de las casas.

–Tú dirás–. Me sonríe divertida, después de limpiarse las manos con un trapo y acercar unas banquetas.

–Rosario, estoy escribiendo un libro en el que trato el tema de las maras. Me gustaría mucho conocer tu experiencia. ¿Cómo es la vida de una mujer en este mundo?

–Bueno, decir que mi vida ha sido buena sería faltar a la verdad. Hoy es distinto, pero cuando brinqué era muy diferente. Éramos seis hermanos, cuatro hembras y dos varones.

Durante mi infancia no me dejaban salir de casa y me maltrataban mucho. Llegó un momento, a los quince años, que decidí huir de casa, irme a la calle, meterme en las pandillas. Brinqué en la MS. Fue duro, vivía en la calle, tomaba drogas, mi familia no me recibía. Anduve con un compañero que me maltrataba. Lo metieron preso y al salir del penal me violó. Apenas me dejaba salir de casa. Salí embarazada de esa persona.

No aguantaba más los golpes y me fui del barrio, a la ciudad de Santa Ana, a criar a mi hija, no quería que viviese en ese ambiente. El problema entonces fue cómo conseguir trabajo, porque, como tú sabes, nadie da trabajo a una pandillera. Regresé a Ilobasco, con mi familia, pero la gente aquí también me discriminaba, hasta que vino Moje a interesarse por nosotros. Moje nos puso un taller de serigrafía en la colonia.

Allí aprendí a pintar “fachadas”. Así me gano la vida.

–Dime, Rosario, ¿por qué entra la gente en las pandillas?

–En mi caso por el maltrato en la familia, me sentía humillada. Y me dije, mejor aguanto los golpes de otro y no de mi propia familia.

–¿Cómo entra una mujer en la pandilla? ¿Debe ser difícil?

–Bueno, para brincar hay un ritual que consiste en darle a uno duro durante trece segundos, eso mismo hicieron conmigo. También hay un ritual para salir.

–¿Cuál es? ¿Yo pensaba que era muy difícil salir?

–Al salir te golpean también fuerte, pero por más tiempo, durante 26 segundos, hasta que la persona queda tendida. Por eso se dice que es difícil, porque algunos quedan vivos y otros muertos. Cuando sales de la pandilla se considera una traición y te buscan para matarte porque piensan que puedes pasarle información a otra pandilla rival o, como se dice en lenguaje de la mara, “cagarle el palo”. Pero ahora en Moje es diferente.

Me he superado mucho, tengo un trabajo. Moje nos ayuda a valorarnos como personas, nos recuerda que no debemos tenernos en menos. Que uno ande en malos pasos no quiere decir que sea menos. ¿No? Cada uno sabe por qué esta ahí, la vida es difícil, no se debe juzgar.

–¿Por qué os tatuáis?

–Es como llevar el nombre de la pandilla en que uno anda, nadie esta obligado a tatuarse, cada uno se tatúa si quiere y se hace lo que quiere. Yo en mi caso me hice el MS 13. Se tatúa para significarse con la pandilla.

Pero hay muchos que no se tatúan. Yo hubiera preferido dejarme el tatuaje a tener el brazo como lo tengo ahora –me comenta mientras se sube la manga y me muestra la costra quemada que le dejó la operación para quitárselo. Es más difícil borrarlo con los años, porque la tinta se va metiendo en la piel.

–Rosa, muchos de vosotros mencionáis la formación humana y espiritual que habéis recibido. ¿Tú piensas que las creencias influyen en vuestro cambio?

–Es lo único que me ayuda. Bueno las oportunidades influyen mucho, pero lo más principal es Dios, aunque son muchos los que no creen en Dios. A mí lo que me hizo cambiar fue mi familia, mi hija.

También pensar que no tenía futuro. ¡Ah, y la muerte! Prácticamente todos mis compañeros están muertos, sólo el jefe está en el penal y dos emigraron a los Estados Unidos, el resto está muerto. Éramos como treinta.

A mí me toco velar a casi todos. Hicimos un mural con los muertos de mi colonia. Cerca de cincuenta. ¡Puya, eso no es vida! Me despido. La misma sonrisa divertida mientras me da la mano. No puedo negar que me atrae. Muestra la herida de su brazo con la misma naturalidad que cuenta las cicatrices que los años le han ido dejando en el alma. Hay una enorme dignidad en la confesión de su vida, no hay victimismos ni lamentos: “Lo hecho, hecho está, ahora hay que mirar palante”. Antes de irme consigo “robarle” una foto, agachada en el suelo mientras mezcla de nuevo los colores, profundamente concentrada.

LA GRAN PREGUNTA. Las semanas han transcurrido con mucha rapidez. Me voy con el corazón preñado de dramas humanos que hablan de luchas con mayúsculas, encrucijadas entre el bien y el mal, ¿acaso hay otras? Conforme vuelva a escuchar en la grabadora esas confesiones, los sentimientos, antes contenidos, se irán derramando.

Son tres días, en los que escribo sin parar y apenas salgo para tomar un bocado, acercarme a una iglesia cercana y recoger el último testimonio de Rosa.

Rosa Margarita Perla llega puntual a la cita en Biggest, una cadena de hamburguesas muy conocida en la ciudad, frente a la Universidad Central de San Salvador. Al saludarme me fijo en la prótesis que lleva en la mano izquierda.

–¿Qué te ocurrió? –le pregunto antes de comenzar.

–Un accidente de coche. Tenía ocho añitos y cuando me atropellaron estaba más preocupada por mi vestido nuevo que por el brazo –me comenta sonriendo.

Rosa lleva trabajando varios años en Crispas, una organización que atiende a los pandilleros en las cárceles. Durante la conversación Rosa me comenta que “la única alternativa para trabajar con los pandilleros reclusos es apoyarse en las organizaciones que ellos mismos crean en los penales”. Su estrategia es muy parecida a la de Moje, tratan de identificar a los líderes, “los que tienen un poco más de cabeza, no sólo estómago”, y encauzar los valores positivos que tienen, sus capacidades artísticas. Comienzan con charlas sobre los derechos humanos, recordando a los pandilleros que el hecho de que hayan cometido un delito no significa que pierdan su dignidad de personas.

–Esto es muy importante porque se empiezan a reconocer como seres humanos, a veces cómo víctimas de un sistema en el que se les niegan los derechos mínimos.

Pues bien, cuando ya son conscientes de sus derechos entonces les enfrentamos directamente con sus responsabilidades: “¿Qué estáis haciendo para cambiar la sociedad? Si, tú fuiste víctima, es posible, pero eso no justifica tu delito”. El nuestro no es un trabajo sencillo. La mayoría de los funcionarios de las instituciones penitenciarias no nos ven con buenos ojos. Cuando hablamos a los pandilleros de derechos humanos, nos preguntan por qué andamos hablándoles de esas pendejadas. Nos acusan de comunistas, de ser amigos de los delincuentes, etc. A los pandilleros se les trata muy duro, peor que a cualquier delincuente. Muy poca gente cree en la posibilidad de reinserción.

–Rosa, ¿en tu opinión que habría que hacer? Ante un problema de esta magnitud, ¿por dónde empezar?, ¿cuál es la prioridad?

–El nivel de violencia en este país es muy alto. Ya no es suficiente ofrecer oportunidades de trabajo, es necesario trabajar el tema de la reconciliación, hay mucha gente afectada, dañada, que nace con deudas de sangre y con deseos de venganza. A veces a una le entran ganas de salir corriendo del país. Primero por la situación política, está muy polarizada, no sólo entre derechas e izquierdas, sino entre grupos del mismo signo político; segundo porque estás en medio de los dos bandos y recibes palos de todas partes, y tercero, ¡pucha!, porque también te indigna lo que estos “bichos” [los pandilleros] hacen. El problema es ¿cómo se trabaja cuando se ha generado esta cultura de la violencia? ¿Educación? Sí. ¿Oportunidades de trabajo? Por supuesto.

Pero sobre todo hay que sanar las heridas y ser concientes de que este tema llevará más de una generación. Necesitamos ser pacientes, llevará tiempo resolver este problema.

Pero la verdadera pregunta que tenemos que atrevernos a contestar es otra.

–¿Cuál es, Rosa? –pregunto.

–La cuestión es si seremos verdaderamente capaces de perdonar. Hay que ser muy valientes para perdonar. ¿Estamos dispuestos?

POR JAVIER MARTÍN CAVANNA
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