Adam Smith en los Andes
El pago en especie se utiliza para alimentar a los estudiantes y obtener unos ingresos adicionales. En el CRFA de Mosoqwayna, en el pueblo de Limatambo (Cuzco), los alumnos suelen pagar sus seis dólares mensuales junto a una arroba de maíz o papa, y dos veces al año una arroba de leña. En Pacca, otro CRFA cercano a la capital, las niñas guardan varios sacos de quinua (grano andino) y maíz para elaborar chicha (aguardiente fermentado) y venderla.
Cada escuela decide qué actividades productivas puede poner en marcha para sufragar los gastos corrientes del “centro” y la alimentación de los chavales durante los quince días de internado.
Eso sí, para poner en marcha un Centro Rural de Formación en Alternancia es necesario que las autoridades locales o departamentales asuman el coste del sueldo de los profesores. Este es uno de los principales cuellos de botella para la expansión de los CRFA y la consolidación de los mismos. Lamentablemente, las autoridades locales y regionales no siempre cumplen sus compromisos a tiempo, y una de las batallas habituales de Pro Rural es recordarles a las autoridades la “conveniencia” de que cumplan con lo acordado. Una de las cosas que más sorprende cuando se lleva un poco de tiempo en los CRFA son los profesores. Los técnicos y los profesores no tienen horario, su motivación y entrega al proyecto educativo es intensísima.
Parte puede deberse a la gran oferta de profesores en Perú; hay muchos en paro y por tanto donde elegir. Pero eso no lo explica todo. Pro Rural se cuida mucho de seleccionar a los maestros en colaboración conjunta con los padres, que tienen que dar su visto bueno. En el Centro de Muñapata, el primer CRFA que se creó, nos contaron que la autoridad local no cubrió el puesto escolar de uno de los profesores y, ante el riesgo de que éste terminase yéndose del centro, el resto de sus compañeros se reunió y decidieron de común acuerdo bajarse el sueldo para poder cubrir su salario y evitar así la marcha de ese profesor.
Durante el tiempo que los estudiantes permanecen con sus familias los monitores les visitan una vez por semana para supervisar cómo avanzan con las tareas y conversar con los padres sobre sus hijos. Esta relación tan intensa con la familia convierte muchas veces a los profesores en asesores familiares, ayudan a buscar soluciones para problemas que, si bien parece que pueden salirse fuera del ámbito propio de sus funciones, acaban por afectar a la educación de los chicos. En los CRFA, les gusta repetir: “El maestro tiene que ser un modelo de vida”.
La experiencia de Pro Rural nos muestra que la falta de medios económicos no es un inconveniente para proporcionar una educación de calidad. Los CRFA no son bonitos. “Lo importante no es la jaula sino los pájaros”, repite David. Que nadie espere encontrarse unas aulas perfectamente equipadas con sus sillas, mesas y encerado impoluto. Que no se busquen dormitorios con camas acolchadas o una cocina de gas.
Se empieza con lo que se tiene. Los chavales comienzan durmiendo en el suelo y se cubren con el pellejo de oveja; las camas o “camarotes”, como se las denomina en esta parte del planeta, son un lujo desconocido para este tipo de escolares que pasarán un largo periodo de tiempo antes de que puedan disfrutar de esa comodidad.
Pero allí donde menos cabe esperar, en una aldea perdida y alejada de cualquier ruta, en poblaciones nunca visitadas y sitios de misión, de repente somos testigos de un gesto, de un acto, que nos retrotrae al fenómeno originario, a la educación en su estado más puro. Allí volvemos a experimentar con cierto vértigo la potencia, la enorme fuerza de la educación. En las escuelitas de Pro Rural uno comprende que no hacen falta muchas cosas para educar.
Bastan unas cuantas tizas, alguien que quiera enseñar y otro dispuesto a aprender. Y esos chicos, con el pellejo de oveja en la mano, son los mismos que, tras apenas unos meses de convivencia en los CRFA, preguntan a un forastero: “¿Hay chanchos en España?”, venciendo la natural timidez de las personas del campo. Esa confianza y seguridad resulta llamativa, sobre todo si se tiene en cuenta que la mayoría de la población es quechuahablante, lo que muchas veces les inhibe y avergüenza a la hora de exponer sus opiniones frente a los demás. Pero esa actitud es también la prueba de que la educación ha conseguido alcanzar su fin. Que no es transmitir conocimientos sin más, sino, como le gustaba recordar a Adam Smith, “ayudar a los demás a comparecer en público sin sentir vergüenza”.












