'Addiopizzo': jóvenes emprendedores contra la mafia (I)

Libero Grassi fue el primer empresario siciliano que se negó a pagar el ‘pizzo’ (la extorsión económica que la mafia viene aplicando desde hace generaciones a todos los comercios) y que denunció públicamente a la organización criminal. Aunque la mafia terminó con su vida, su testimonió inspiró trece años más tarde el nacimiento de 'Addiopizzo', un movimiento social impulsado por un grupo de estudiantes que está generando en Sicilia una auténtica revolución cultural contra la mafia.
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Libero Grassi en su empresa textil familiar que confecciona ropa de cama y pijamas para hombres. Foto: Luciano del Castillo

Libero Grassi es un nombre que probablemente sugiera poco a quien lo escucha en España, pero cualquier italiano de bien sentirá una punzada en el corazón y un sano orgullo al reconocer a un compatriota llamado así, que no tuvo miedo de enfrentarse a la mafia siciliana, aun a sabiendas de que estaba jugando con la muerte.

Libero Grassi nació en Catania en el año 1924 y a los ocho años se trasladó a Palermo con su familia. Los padres le dieron el nombre de Libre (Libero) en recuerdo de Giacomo Matteotti, el político socialista asesinado en el año 1921 por los fascistas. En 1942, se trasladó a Roma para estudiar la carrea de Ciencias Políticas, pero la guerra interrumpió sus estudios. Cuando finalizó la contienda regresó a Palermo y comenzó la carrera de Derecho. Tras terminarla, se incorporó a Sigma, la empresa textil familiar que confecciona ropa de cama y pijamas para hombres.

La vida de este empresario concienzudo y responsable, que logró crear una empresa de tamaño medio y dar empleo a cien trabajadores durante más de cuatro décadas, cambió el 10 de enero de 1991. Ese día Grassi envió una carta al Giornale de Sicilia, el principal diario de la isla, para hacer público su rechazo al pizzo que le acababan de exigir. Con ese nombre, “pizzo” (contribución) llaman en Sicilia a la extorsión que la Cosa Nostra exige a la mayoría de los negocios, a cambio de protección a cuenta de la mafia, y que se utiliza para pagar los gastos de los mafiosos encarcelados.

Caro estortore

Grassi, con ironía, encabezaba su misiva con el saludo “Querido extorsionador” (Caro estortore) y le advertía que se “ahorre las llamadas de amenaza y los gastos en balas y explosivos, pues no estoy dispuesto a pagar la extorsión y me he puesto bajo la protección de la policía. He construido esta empresa con mis manos, trabajo de toda una vida, y no quiero cerrar (…). Si pago los 50 millones ahora, luego me pedirán más y estaré condenado a cerrar la empresa en poco tiempo. Por eso he dicho que no al Geómetra Anzalone [el intermediario de la mafia] y diré que no a todos aquellos que sean como él” (Giornale di Sicilia del 10.01.1991).

“Ahorre las llamadas de amenaza y los gastos en balas y explosivos, pues no estoy dispuesto a pagar la extorsión y me he puesto bajo la protección de la policía”. Libero Grassi

Al día siguiente Mario Jovine, el prefecto de Palermo, acompañado por la policía y escoltado por los medios de comunicación se presentó en la fábrica. El prefecto le ofreció a Grassi protección y éste la rechazó, pero solicitaba que se protegiera a la empresa y a sus empleados. Frente a las cámaras de la televisión, Libero entregó al prefecto la llave de su empresa, simbolizando así que desde ese momento quedaba bajo la protección y responsabilidad de las fuerzas de seguridad del Estado. Cuando los periodistas le comentaron que su gesto es “muy valiente”, él contestó con sencillez que “le parecía algo normal”.

Con esta puesta en escena, el empresario palermitano buscaba, por una parte, hacer pública su decisión de rechazar la extorsión de la mafia. Pero su finalidad era además persuadir a los ciudadanos de Palermo de la trascendencia que pueden tener los actos ordinarios cuando adquieren proyección pública. Grassi era consciente del peso que tienen los mass media para airear las realidades que permanecen ocultas. “Yo creo en los periodistas”, sería una frase que repitiera con frecuencia. Sin embargo, con esa publicidad, no pretendía enaltecer su persona. Su intención no era hacerse pasar por un héroe, sino presentarse ante la sociedad como “una persona normal”, “un padre de familia que sólo desea trabajar honradamente”, “un empresario preocupado por el futuro de su empresa”.

Su aspecto no llamaba la atención. Tenía una empresa de tamaño medio. Vivía desahogada pero modestamente. Se expresaba sin aspavientos. Sonreía. Nunca levantaba la voz, aunque cuando quería resaltar una idea hablaba con un cierto tono magisterial, como si buscase asegurarse que su interlocutor ha comprendido el significado de lo que está diciendo. Sus intervenciones ante los medios solían ser muy profundas, hasta el punto de que sus interlocutores no siempre le comprendían, debido a lo elevado de sus reflexiones. Su figura estaba más próxima a la de un filósofo que a la de un político y, por supuesto, muy alejada de la imagen tradicional del empresario. Un filósofo preocupado por su ciudad, por el alma de su ciudad -eso parecía Grassi-. Y al igual que Sócrates se veía a sí mismo como un tábano cuya misión era clavar el aguijón en sus conciudadanos para que despertaran y se enfrentaran a la verdad desnuda.

Pero si algo teme la mafia es perder el control de la ciudad. El clan Madonia, bajo cuyo control se encontraba el barrio de Resuttana, donde se localizaba la empresa de Grassi, consideró la denuncia pública del empresario como una auténtica declaración de guerra. El clan Madonia era un grupo violento y militarizado cuyo capo, Francesco Ciccio Madonia, se encontraba condenado a cadena perpetua por asesinato tras el Maxiprocesso di Palermo. Los Madonia, dirigidos en aquel momento por Antonini y Salvatore, los hijos de Ciccio, habían sido uno de los principales apoyos de Totò Riina, el sanguinario capo di capi corleonese que había llegado hasta lo más alto de la cúpula de la Cosa Nostra.

Tras la denuncia de Grassi, el clan no permanece callado y le hace llegar varios mensajes. El primero es una pareja de falsos inspectores de sanidad que intentan intimidarle sin conseguirlo. Unos meses más tarde la policía detiene a varios sicarios mientras intentan poner un explosivo en la fábrica.

Libero se mantiene firme, pero en lugar de despertar la solidaridad desencadena reacciones muy hostiles por parte de sus conciudadanos. Salvatore Cozzo, presidente de Assindustria en Palermo, la principal organización empresarial, niega que las extorsiones a los establecimientos sean una práctica extendida en la ciudad y acusa a Grassi de proyectar una imagen muy negativa de los empresarios y de Sicilia. Luigi Ruso, un juez instructor de Palermo, declara en una sentencia que no siempre puede considerarse un delito pagar la protección a los mafiosos, pues si los empresarios no pagan sus establecimientos pueden sufrir daños y la industria podría colapsar.

Samarcanda y el consenso

El 11 de abril Grassi es invitado a participar en el programa de la Rai 3, Samarcanda, dirigido por Michele Santoro, un espacio televisivo de entrevistas de gran audiencia en toda Italia.

“¿Porqué se niega pagar el pizzo, si lo paga el 90% de los comerciantes?” – Le pregunta Santoro. La contestación de Grassi es clara y directa: “No quiero pagar porque es un atentado contra mi dignidad de empresario y porque no quiero consultar mis decisiones con la mafia”.

“No quiero pagar porque es un atentado contra mi dignidad de empresario y porque no quiero consultar mis decisiones con la mafia”. Libero Grassi

Libero no desea poner el foco en su caso particular sino dirigir la mirada sobre el estado general de la sociedad; por eso llama la atención sobre un hecho que, aun siendo obvio, no se le presta la debida importancia:

– Se ha hablado de la primacía de la ley, de la primacía de la política, de la primacía de la moral. Pero hay una primacía más importante que es la formación del consenso que, además, es el alma de la mafia. Lo primero que controla la mafia es el consenso. Lo decisivo no es la ley, ni la política, ni la moral sino el consenso de la ciudadanía. Si los políticos tienen un consenso malo, harán una ley mala. Debemos cuidar la calidad del consenso. La mafia en Sicilia es el principal interlocutor en el terreno político, ya que dispone de los votos, dispone de los recursos y se ha infiltrado en la Administración, convirtiéndose en el grupo dominante”.

La batalla de Grassi es política y, con sus declaraciones, quiere hacer un llamamiento a la ciudadanía para que recupere el espacio político, que ahora ocupa exclusivamente la mafia. Grassi sostiene que terminar con la mafia no es una empresa especialmente difícil. La mafia necesita la aquiescencia de la ciudadanía para sobrevivir, si la sociedad le retirase su apoyo, un apoyo pasivo pero real, su poder se disolvería como un azucarillo en el café. No hay nada más poderoso que la acción y el discurso concertado de los ciudadanos. Nada puede hacer la fuerza y la violencia contra esa unión de voluntades.

Pero la llamada de Grassi apenas recibe respuesta por parte de sus colegas. Confindustria, la principal organización empresarial, le da la espalda. Algunos conocidos y amigos le retiran el saludo o procuran evitarlo. Mientras la prensa extranjera (The New York Times) se hace eco de su historia, los diarios locales lo ignoran. En el Consejo Comunal de Palermo se convoca una reunión para hablar de este tema, pero apenas acude nadie.

En una nueva carta publicada en el Corriere della Sera el 30 de agosto de 1991 declara que “el único apoyo a mi denuncia, dejando a un lado la policía, ha venido de Confesercenti”, la asociación de la pequeña y mediana empresa de Palermo. En esa misma carta tacha de “escandalosa” la reciente sentencia del juez Luigi Ruso, el 4 de abril de 1991, donde afirmaba que no era delito pagar la “protección” a los jefes mafiosos.

Pero Grassi no llega a ver publicada la carta, pues un día antes, el 29 de agosto, a las 7.36 minutos de la mañana, mientras se dirige a trabajar, recibe cinco balazos que terminan con su vida. La sentencia la ejecuta Salvatore Madonia, el hijo de Ciccio Madonia. Las televisiones transmiten la imagen de su cuerpo abatido en Via Vittorio Alfieri, una imagen en la que destacan unos pies calzados con unas sencillas sandalias franciscanas.

Imagen de la serie documental que emitió la televisión italiana sobre la vida de Libero Grassi: 'Io sono Libero'.

El día de su funeral una gran multitud de ciudadanos acompaña al cortejo. Su hijo, Davide Grassi, que llevaba el ataúd a hombros junto con otros familiares y amigos, sorprende a todo el mundo cuando levanta el brazo haciendo la señal de la victoria con los dedos, un mensaje claro a la mafia de que no han vencido ni vencerán.

El pizzo o la sutil extorsión

El pizzo forma parte integrante de la cultura siciliana y de la economía de sus ciudades. Gracias al pizzo la mafia obtiene enormes recursos. Además, es el medio que utilizan los diferentes clanes para “marcar su territorio”. Todo el mundo debe pagarlo, y todos lo han venido pagando, puntual y religiosamente.

De acuerdo con la Direzione Investigativa Antimafia (DIA), la policía italiana especializada en la lucha contra la mafia, en el año 2010 cerca del 80% de los establecimientos comerciales en Sicilia pagaban el pizzo a los diferentes clanes. Los pagos mensuales en la ciudad de Palermo van desde 60 euros por un pequeño establecimiento callejero en el mercado hasta 10.000 euros por la construcción de un edificio de cinco pisos.

El pizzo se suele presentar bajo la apariencia de una petición de ayuda. Se trata de vestir el chantaje con un ropaje de legitimidad. Por eso, el primer contacto para solicitar “ayuda”, se inicia siempre con un gesto amigable. Inicialmente no es necesario ser mucho más explícito, entre otros motivos porque los extorsionados (benefactores, en el lenguaje de la mafia) ya conocen los métodos y captan de inmediato el mensaje. La solicitud se hace llegar mediante una simple llamada telefónica o la visita de algún conocido que sugiere, aconseja, recomienda. Si ese primer intento no obtiene resultados se aumenta gradualmente la presión y la intimidación: un pequeño incendio en el establecimiento, pegamento en las cerraduras de la entrada, amenazas a los empleados… Si la negativa persiste, automóviles y furgonetas, propiedad del empresario o de su empresa, aparecen quedamos. La última señal puede ser la cabeza de una res –oveja, carnero- decapitada. La última estación, el asesinato.

De acuerdo con la policía italiana especializada en la lucha contra la mafia en el año 2010 cerca del 80% de los establecimientos comerciales en Sicilia pagaban el pizzo.

Se trata de una extorsión en toda la regla, pero, como todo lo que rodea a la mafia, está impregnado de una cierta ambigüedad. La historia de la Cosa Nostra siempre se ha alimentado de mitos que intentan presentarla como un fenómeno cultural, que requiere de ciertos filtros para poder juzgarlo adecuadamente. La propia organización se encarga de alimentar esa imagen romántica y llena de claroscuros.

Los mafiosos se consideran a sí mismos uomini d’onore (hombres de honor), personas que viven con arreglo a un código muy estricto, eso sí, diferente al vigente en la sociedad. No es casual que el origen etimológico de la palabra ‘Ndrangheta (la mafia calabresa) derive del término griego andragathía (que significa heroísmo), una evidencia que manifiesta la importancia que la mafia concede al hecho de que se le asocie con determinadas virtudes o cualidades. Sus integrantes son gente de orden que tiene un respeto reverencial por la autoridad y la jerarquía. Pero, claro, no se trata del respeto a la autoridad legítima, surgida del consenso de la comunidad política y de la libre obediencia de los ciudadanos, sino de un respeto fundado en el poder que, a su vez, se alimenta del miedo y de la violencia.

Con frecuencia se afirma que la mafia es una organización contraria al Estado. Nada más alejado de la realidad. En la práctica la mafia funciona como un pequeño Estado dentro del Estado. Los clanes controlan los respectivos territorios y, como en cualquier Estado, recaudan sus impuestos -en forma de extorsiones-, administran justicia, prestan servicios sociales y supervisan la actividad productiva. Su imagen se acerca más a la de un parásito: necesitan al Estado para poder sobrevivir. A diferencia del Estado, la mafia no realiza ninguna inversión en el desarrollo de las infraestructuras, le basta con infiltrarse gradualmente en los aparatos del Estado y asegurarse su control.

Para la mafia no existe el interés general, sólo el interés del clan, de la “familia”. En realidad, la Cosa Nostra es el intento de gestionar la “cosa pública” según las reglas de la organización familiar, al frente de la cual hay siempre un paterfamilias bajo cuyo control están todos los bienes y personas que pertenecen a la casa. En una familia, el padre o señor (despotēs, en griego) no da razones sino órdenes. Las disputas y los conflictos se resuelven internamente, en el seno de la familia. Nada debe salir a la luz pública. Como en cualquier familia, “los trapos sucios se lavan en casa”. La opacidad y el silencio, la omertá, forman parte consustancial de su naturaleza.

Un hombre en tiempos de oscuridad

Mientras el ámbito de la política es el terreno natural del discurso libre y público, la mafia es contraria a cualquier intercambio público de opiniones o enfrentamiento dialéctico. Huye de la claridad, tiene pavor a los focos, pues la luz es lo único que puede terminar con ella.

El pecado de Libero Grassi no fue negarse a pagar la extorsión, sino difundir públicamente que no tenía intención de hacerlo. Gracias a las escuchas telefónicas, se sabe que la decisión del clan Madonia de asesinarlo fue tomada por ese motivo y en contra del parecer de otros clanes.

El pecado de Libero Grassi no fue negarse a pagar la extorsión, sino difundir públicamente que no tenía intención de hacerlo.

Decir en público lo que muchos sólo se atreven a comentar en la intimidad de sus hogares o en la discreta conversación con los amigos tiene una enorme trascendencia política. Cuando las cosas se exponen a la luz pública adquieren una consistencia real que antes no tenían. Ya no pueden ser ignoradas ni es posible borrarlas de la memoria. Negarlas obstinadamente o tratar de silenciarlas por la fuerza sólo contribuiría a hacerlas más patentes. Cuando las palabras o los actos han irrumpido en la plaza pública se aseguran, de alguna manera, su permanencia en el tiempo.

Mientras la extorsión y el chantaje se mantienen en el ámbito de los asuntos reservados no hay manera de luchar contra ellos. Sin embargo, una vez se enciende la luz, no queda más alternativa que confrontarse con ellos. Las palabras y los actos de Grassi fueron, sí, una declaración de guerra contra la mafia, pero sobre todo constituyeron un “chivatazo” al silencio cómplice de una sociedad que no quería ver peligrar la estabilidad de sus familias y de sus negocios.

Una sociedad, por otra parte, constituida en su inmensa mayoría por ciudadanos corrientes, ni especialmente malvados ni particularmente perversos. Personas que llevaban conviviendo con esta situación desde hacía varias generaciones. Ciudadanos, testigos o víctimas de la extorsión más que ocasionales. Personas que han crecido en una cultura del cuchicheo y llorado las penas en silencio. Miembros de una sociedad que desde tiempo atrás había adoptado como único lema en la vida: la seguridad y ésta a cualquier precio.

Esa tranquila seguridad se vio amenazada, de repente, por alguien que no temió asumir las consecuencias de sus palabras y de sus actos, aunque éstas le pudieran acarrear la muerte. Alguien que grita a los cuatro vientos que una vida sin dignidad no merece la pena ser vivida. Ser coherente hasta ese extremo tiene siempre algo de milagroso y como todo milagro produce resultados extraordinarios, no se agota en un simple y encendido epitafio por parte de la sociedad. Lo que la historia enseña es que la libre aceptación de la muerte por una causa justa esconde un enorme poder, probablemente el único capaz de cambiar de raíz las cosas.

Somos lo que actuamos y decimos, recordaban los griegos, y tras la muerte nuestras acciones permanecerán o se disolverán en función de su bondad y de su belleza. Una vez iniciadas se insertan en el mundo y adquieren vida propia. Esas acciones pueden estar escondidas, germinando durante mucho tiempo, hasta que un día, no se sabe a ciencia cierta cómo ni por qué, brotan de repente y vuelven a nacer.

Lo que los sicarios de la mafia fueron incapaces de prever es que su víctima no era una víctima más. No se trataba de un ajuste de cuentas contra alguien que simplemente se había negado a pagar una extorsión. La hoja de servicios de la Cosa Nostra estaba repleta de este tipo de difuntos. Aquí se enfrentaban con alguien que públicamente les gritaba a la cara que no aceptaba el chantaje cualesquiera que fuesen las consecuencias. Y, simplemente, todavía no se ha inventado un mecanismo que permita doblegar a alguien que está dispuesto a mantenerse en pie a cualquier precio.

Pensar que con el asesinato terminarían con el problema es propio de una organización criminal habituada a confundir la autoridad con la fuerza, la obediencia con la sumisión y la hombría con la violencia. Para la estrecha y pueril mentalidad de los mafiosos Grassi siempre fue un problema que excedió su limitado campo de visión.

La señal de victoria de Davide Grassi mientras portaba a hombros el ataúd de su padre debió de ser una imagen incomprensible para ellos. ¿Fruto de la rabia o del orgullo filial? Es difícil saberlo, pero esa señal terminaría convirtiéndose en un guiño profético. Pero para eso todavía habría que esperar trece años.

Imagen de la serie documental que emitió la televisión italiana sobre la vida de Libero Grassi: ‘Io sono Libero’.
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