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La reválida de la RSC de la Universidad, la asignatura pendiente

En esta misma línea, la Declaración Mundial sobre la Educación Superior en el siglo XXI (UNESCO, 1998), no precisamente reciente, en su artículo “La misión de educar, formar y realizar investigadores”, ya señalaba “la necesidad de reforzar y fomentar aún más las misiones y valores fundamentales de la Educación Superior; en particular, la misión de contribuir al desarrollo sostenible y la mejora del conjunto de la sociedad”. Por tanto, la auténtica responsabilidad social de la Universidad nace de esa unión con la sociedad y del compromiso de proporcionar conocimiento para la mejora de ésta.

En esta mencionada y tan ansiada unión universidad-sociedad, de la misma forma que las empresas han comenzado a publicar los informes de sostenibilidad, ciertas voces desde el ámbito académico han empezado a reivindicar la necesidad de que se publiquen también informes de sostenibilidad en las universidades. Manuel Larrán Jorge, catedrático de Economía Financiera y Contabilidad de la Universidad de Cádiz, y Antonio López Hernández, catedrático de Economía Financiera y Contabilidad de la Universidad de Granada, han desarrollado una propuesta de memoria de sostenibilidad universitaria que, como indican, busca contribuir a promover un modelo de responsabilidad social en las universidades, de evaluación, control y mejora de la calidad; ambientalizar la gestión universitaria; definir y fomentar la participación de los grupos de interés (stakeholders) y la comunicación interna y externa; promover la formación superior y la investigación en materia de responsabilidad social de forma transversal en los programas formativos; propiciar una red andaluza integrada en redes más amplias de universidades responsables; y promover el estudio, difusión y transferencia de experiencias universitarias que aporten nuevas soluciones a problemas vinculados con la capacidad de respuesta de las universidades a su entorno. En el fondo, se trata de romper con la tradición endogámica de antaño y abrirse a la sociedad a través de la transparencia, que a su vez redunda en una mejor gestión y buen gobierno universitario internos.

En los últimos tres años varias universidades han puesto en marcha planes estratégicos en los que destaca un punto en común a todos ellos: la creación de campus sostenibles, que buscan amoldar los campus al medio ambiente para qué aquéllos contribuyan a la sostenibilidad.

La iniciativa muestra el interés creciente de los centros por la responsabilidad social, pero no suple de facto la auténtica RSC universitaria, en donde aún quedan pasos por dar. Uno de ellos es, precisamente, el de las memorias de sostenibilidad, publicadas ya por alguna universidad española, como la Universidad de Santiago de Compostela (USC), y planteada a partir de las guías del Global Reporting Initiative (GRI).

En este proceso, el centro gallego de educación superior ha definido la responsabilidad social universitaria como “una política de compromiso ético en el desempeño de sus responsabilidades por parte de la comunidad universitaria (estudiantes, PAS y PDI) a través de la gestión responsable de los impactos educativos, cognitivos, laborales y ambientales que la universidad genera, en un diálogo participativo con la sociedad para promover el desarrollo sostenible”. El informe de la Universidad de Santiago, publicado desde el curso 2006-2007, muestra un evidente perfil multistakeholder, que ofrece el impacto de la universidad a los diferentes agentes y grupos de interés que se ven afectados por ella, así como describe el impacto económico de la institución al conjunto de la sociedad.

Como subrayó el informe de la USC en 2006-2007, se trata de un “conocimiento universitario al servicio de la sociedad”, pilar último de lo que debería fundamentar la RSC universitaria en contacto directo con la sociedad. El informe de sostenibilidad de USC se enmarca dentro del plan estratégico de la universidad, que ha sido una de las instituciones que recibirán los fondos que el Ministerio de Educación ha destinado para el desarrollo de los Campus de Excelencia Internacional (CEI).

El propio ministro del ramo, Ángel Gabilondo, ha insistido desde la puesta en marcha del CEI en la necesidad de vincular la formación, la investigación, la enseñanza en un mismo entorno. Siguiendo el símil del que el ministro ha echado mano en varias ocasiones, que la universidad española, en una zona con una muy buena fábrica de aceite, tenga una investigación sobre aceite extraordinaria, forme personas muy cualificadas y cuente con técnicos de diseño de envases, comerciales o exportadores, para que convivan en un espacio de referencia para el desarrollo del país y que sepa toda Europa que en no sé qué lugar existe eso.

Sin duda, la formación de calidad y el mayor vínculo entre la investigación y la realidad empresarial fundamentan algunos de los pilares de la responsabilidad social de la universidad. No obstante, ante las críticas vertidas desde ciertos sectores y organismos por la baja calidad académica de la universidad española, muchos desde las aulas han echado balones fuera bajo el paraguas de la independencia académica.

Como ha dicho Alfons Sauquet, decano de ESADE, “las universidades han primado la independencia, la cultura de rendir pocas cuentas”, un principio este último que va en contra de cualquier intento por hacer realidad una responsabilidad social de la universidad, presente –eso debería ser lo idóneo– no sólo de puertas adentro del estamento académico sino abierta de par en par a la sociedad, y por tanto, sujeta a ciertas responsabilidad y obligaciones con ésta, a la que ha de servir a través de la formación y generación de conocimiento, y a quien entonces deberá rendir cuentas de los resultados y de la calidad docente.

Si la calidad académica y docente es uno de los criterios de esa deseada RSC de la Universidad, la educación superior española no supera la prueba, a tenor, por lo menos, de los ránkings internacionales de universidades que se publican de forma anual. En el reconocido Shanghai Jiao Tong University Ranking, que mide las 500 mejores universidades del mundo, sólo hay un centro español (la Universidad de Barcelona) entre los 200 primeros, y 11 en su conjunto. Algo similar a lo que ocurre en otra de las clasificaciones más prestigiosas, la de The Times, que clasifica 200 instituciones.

Frente a la cruda realidad, la Estrategia Universidad 2015 y el CEI que ha impulsado el Ministerio de Educación van en la línea de la mejora continua de la calidad y la excelencia.

Ahora bien, la auténtica RSC de la Universidad debe ir más allá de la mera calidad de la enseñanza, siendo ésta ya importante de por sí. De algún modo, y siempre siguiendo el enfoque multistakeholder de la sostenibilidad, esa responsabilidad social universitaria debe incidir en el ámbito de debate social dentro del estamento académico de los grandes temas que afectan a la sociedad en su conjunto. “Si somos un agente social intelectual, debemos ser un puntal de opinión y discusión de ideas.

Esa es nuestra responsabilidad social como instituciones: ser un foro libre de debate intelectual, más allá de la formación que demos a los alumnos”, concluye un profesor de la Universidad Carlos III. Esa es la asignatura pendiente y el gran desafío de la universidad: los campus sostenibles son una vía, pero la auténtica sostenibilidad universitaria, la universidad responsable, pasa por devolver a la universidad ese aura de ágora o templo del conocimiento del que partió en la Grecia clásica. Ese es el mayor servicio que debe hacer la universidad a la sociedad.

POR JUANMA ROCA
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