Oyibo pepper
Pero, en cuanto caen las primeras gotas de lluvia, la deficiente red viaria, unida a la falta de un sistema eficaz para la canalización del agua, paraliza completamente el ya de por sí caótico tráfico de la ciudad. Precisamente para evitar los atascos surgió el medio de transporte más rápido y eficaz de la metrópoli nigeriana: las okadas, pequeñas motocicletas que pueden sortear sin dificultad los embotellamientos. El nombre les viene de una antigua línea área de Benin llamada OKADA; la población los designó con ese apelativo para expresar la rapidez del transporte. Se calcula que existe un parque de más de trescientas mil okadas en el área metropolitana de Lagos.
Esta solución surgió de manera informal y, aunque son muchas las quejas sobre la falta de seguridad y los frecuentes accidentes (se producen alrededor de 1.800 muertes cada año por accidentes), lo cierto es que este medio ha solucionado el problema del transporte a millones de ciudadanos. Los okada driver no disponen de ningún carné de conducir, con frecuencia llevan a más de dos pasajeros en la moto y no se toman muy en serio las reglas de tráfico. Su único mandamiento es conducir al pasajero a su destino en el menor tiempo posible. No hay que extrañarse si se ve a un grupo de okadas invadir la acera, cualquier cosa vale con tal de sortear los obstáculos y llegar a tiempo.
El okada recibe las quejas de todo el mundo, pero nadie deja de utilizarlo. Es raro encontrar un oyibo en un danfo, pero no resulta inusual contemplar la escena de un expat saltando de un taxi en medio de un embotellamiento para subirse a un okada. Las tarifas oscilan entre cincuenta (0,25 euros) y cien naira (0,5 euros), dependiendo de la distancia.
No parece que este sector de actividad vaya a desaparecer pronto. El precio de un okada modesto puede alcanzar los 85.000 nairas, y un conductor puede ganarse al día entre 3.000 y 5.000 nairas (unos 20 euros al día). Hacerse pues con una motocicleta resulta una buena inversión para muchos inmigrantes que constantemente llegan a la ciudad del norte del país en busca de trabajo. Los okadas no pueden desplazarse libremente por las zonas de la ciudad sin autorización de los area boys. Los area boys son bandas de niños de la calle y adolescentes que deambulan por las calles de Lagos, especialmente en la zona de Lagos Island, el distrito más populoso de toda la ciudad y donde se desarrolla la principal actividad económica.
Suelen concentrarse en las paradas de autobuses, los cruces y los mercados. Extorsionan a los conductores que circulan por “su” zona cobrándoles una tasa; también a las mujeres que quieren instalar sus puestos en las esquinas para vender mercancía. La escena de dos pequeños armados con un destornillador amenazando a un conductor para que les pague el impuesto correspondiente es demasiado frecuente para llamar la atención. Las autoridades con cierta frecuencia intentan sin éxito organizar redadas para acabar con la “plaga” de los area boys, pero éstos después de replegarse durante unos días regresan con más fuerza a sus esquinas.
Se calcula que en Lagos puede haber cerca de 35.000 area boys, de los cuales más de mil están concentrados en Lagos Island. Al frente de cada grupo se encuentra el area father, cuya función es cobrar y asignar los encargos. Aunque realizan actividades ilegales, no se los puede asimilar sin más a un grupo criminal. Los area boys también se encargan de imponer orden en las zonas bajo su “jurisdicción”: controlan los aparcamientos, ponen orden en las filas ante las embajadas o edificios públicos, vigilan que nadie robe, etc. Además, la corrupción está tan extendida en la sociedad que la actividad de los area boys no llama la atención. Al fin y al cabo, la policía y los militares paran constantemente los vehículos que circulan por las carreteras exigiéndoles el pago de una cantidad y todo el mundo parece aceptarlo con resignación.
LA OTRA ORILLA.
Llegar con mi amigo Tseye al mercado de Boundry desde Victoria Island nos había llevado cerca de tres horas. El viaje comenzó en una parada cercana al edificio de la Law School en V.I. Allí tomamos el primer danfo que nos dejó en Abayomi Road, después cogimos otro hasta Obalende, la principal parada de autobuses y uno de los nudos de comunicación más importantes de la ciudad. Una vez en Obalende recorrimos a pie Lewis Street hasta el Sura Market, donde invertimos unos minutos hasta encontrar unas gorras para protegernos del sol. Tras hacer una breve parada para visitar la catedral de la Santa Cruz, que quedaba en nuestro camino, recorrimos Broad Street hasta llegar al puerto, donde un ferry nos transportó a Appapa, una zona situada al otro lado de la laguna.
Una vez en tierra, tomamos otro danfo hasta Waterside y, desde allí, andamos durante veinte minutos hasta llegar a las puertas del mercado de Boundry. Existen medios mucho más rápidos para llegar antes a nuestro destino. Si hubiésemos tomado un taxi podríamos habernos ahorrado cerca de dos horas y media. Pero nos habríamos perdido muchas cosas en el camino. Hay un dicho entre los corresponsales que cubren las noticias en este continente: “La actividad de un periodista en África se reparte entre un 90% de preparación logística para conseguir llegar al sitio donde la noticia se produce y el 10% restante en escribirla”. Es verdad, pero siempre que no se olvide que ese 90% que se emplea en llegar hasta el destino es también noticia.
Se puede conocer África de muchas maneras. La mayoría de la gente lo hace a través de una agencia de viajes. Contratan un paquete que incluya un destino exótico y cargan la maleta de prendas ligeras de color caqui, repelente contra los mosquitos y unas cuantas guías de viaje. Al llegar al país elegido les espera un Toyota Land Cruiser con aire acondicionado. Confortablemente sentados en su trono de cuatro ruedas se desplazarán por el país atrapando con su cámara las “escenas africanas” para mostrar a sus amigos que ellos estuvieron allí. Ocasionalmente harán un gesto al conductor para que detenga el vehículo y puedan ajustar mejor su objetivo. Ciertamente, desde la comodidad y altura de ese vehículo se puede conocer África, pero seguramente nos dejaremos muchas cosas en el camino.
Nos dejaremos –seguro– el sudor, el polvo, los olores, el ruido… Y la pregunta es si realmente se puede llegar a conocer un país si damos la espalda a esas sensaciones.
El escritor Robert D. Kaplan, uno de los analistas más brillantes de política internacional y el mejor escritor de viajes vivo actualmente, ha acuñado la expresión “VIP bubble” para referirse a esa clase de viajeros que recorren el mundo envueltos en su gran burbuja.
Pueden pasar unos días o muchos años en un destino, no importa el tiempo, el resultado es el mismo. El lugar que ellos conocen y del que hablan no guarda ningún parecido con la realidad.
Hoy no resulta fácil viajar. Nos falta tiempo para detenernos, para conversar, para contemplar. El viajero, que antaño era un caminante ajeno a las agujas del reloj, ha dejado paso al turista, siempre pendiente del cronómetro.
Más concentrados en seguir las instrucciones de sus guías, los turistas suelen regresar a sus hogares con las experiencias y sensaciones de otros. Sus rutas están previamente marcadas y sus pasos contados. Perderse en la ciudad, recorrer calles que ningún libro señala, pasear sin rumbo, sentarse, contemplar… ¿qué guía nos muestra esto? Los viajes de agencia, cada vez más enlatados, no dejan nada a la improvisación. Viajar es llenar de cruces las casillas de un boleto. No hay nada fuera de control y “todo está incluido”.
El viaje, el verdadero viaje, sin embargo, supone siempre alcanzar “la otra orilla”. Se viaja para traspasar las fronteras, descubrir nuevas tierras, dejarse sorprender por un encuentro inesperado. Viajar exige siempre salir de sí mismo para ir al encuentro de alguien.
Lo esencial del viaje son los encuentros, pero éstos no cabe planificarlos. Si desaparece la aventura, ese acontecimiento imprevisto que nos coge por sorpresa, el viaje, entonces, se transforma en un simple desplazamiento de lugar. El encuentro es una posibilidad siempre abierta, pero que puede frustrarse sino sabemos mantener una mirada atenta, contemplativa.
En las tiendas de libros cada vez ocupa más espacio la sección dedicada a los libros de viajes. Sin embargo, se cuentan con los dedos los escritores capaces de iluminarnos con su experiencia.
Probablemente Kapuscinski fue el último escritor que se acercó a los lugares con el deseo sincero de conocer la realidad directamente, sin filtros de ningún tipo. Sólo una mirada atenta y profunda puede descubrir en determinados gestos o en detalles insignificantes, que suelen pasar desapercibidos para la mayoría, lo que está oculto o simplemente envuelto en capas de prejuicios, de fanatismo ideológico o de simple indiferencia. La diferencia entre Kapuscinski y el resto de los escritores de viaje es que él los captó, los recogió, les dio la vuelta y nos los mostró bajo una luz nueva.
Para lograr captar esos detalles hay que ir a lugares que las guías nunca pueden mostrar. Destinos desconocidos para nuestros flamantes ejecutivos y la comunidad de expatriados. Pero es precisamente allí, en las esquinas, en los mercados, en los transportes públicos, entre la población que lucha por sobrevivir cada día donde se encuentra la vida real. Es en esos lugares donde se empieza a conocer un país. No recorriendo los itinerarios marcados en mapas geográficos, sino aventurándose por ese mapa interior, siempre abierto y siempre sorprendente, que es el corazón de la gente, gateando hasta allí, donde los oyibos nunca van.












