Manejar el dinero de cuatro pelados
Uno de mis primeros contactos con las organizaciones no gubernamentales lo tuve en Colombia, hace ya más de veinte años. Allí conocí a Oscar Giraldo, el director de Corposol, una ONG que otorgaba microcréditos a las poblaciones de bajos recursos en Ciudad Bolívar, una de las zonas más pobres del extrarradio de Bogotá. Aunque Corposol terminó suspendiendo pagos, por aquel entonces era la institución de microcrédito más admirada de América Latina por su rápido crecimiento y su capacidad de innovar. Casi todos los organismos internacionales y muchas ONG, incluida la Fundación Codespa, donde entonces trabajaba, competían por ayudarla.
En uno de mis viajes, entre “tinto y tinto”, así llaman al café en Colombia, le pregunté a Oscar cuáles eran los motivos por los que trabajaba en una ONG, cuando su formación y trayectoria le permitían hacerlo en cualquiera de los grandes bancos e instituciones financieras del país ganando mucha más “plata”.
Oscar se quedó unos segundos pensando y me contestó esbozando media sonrisa. ”Es curioso que me hagas esta pregunta porque precisamente hace apenas un mes vinieron a visitarme para ofrecerme el puesto de director financiero de uno de los bancos más importantes del país. El sueldo era tres veces superior al que estaba ganando en Corposol. Esa gente sabía cómo hacer las cosas. Me invitaron a comer y después del almuerzo me enseñaron el nuevo edificio de oficinas recién construido. Lo fuimos recorriendo y me mostraron el despacho que pensaban asignarme si aceptaba el puesto. Me senté en el sillón y me encontré muy a gusto. Desde esa planta se divisaba toda la ciudad de Bogotá. Allí arriba uno tenía la sensación de controlarlo todo. Nos despedimos y me comprometí en darles una respuesta esa misma semana, aunque interiormente ya había aceptado la oferta”.
“Regresé a casa corriendo sin pasar por la oficina para comunicárselo a mi mujer. Nos sentamos en el salón y le fui contando todos los detalles de la propuesta con entusiasmo. ¡Por fin podríamos mudarnos a una casa más grande y hacer muchas de las cosas que hasta entonces no nos habíamos podido permitir! Ella escuchaba en silencio, mientras daba el biberón al pequeño. Yo notaba extrañado que no parecía alegrarse mucho con lo que le contaba. Al terminar me miró a los ojos y me hizo una pregunta que me desarmó: Oscar, ¿y vas a dejar todo lo que has conseguido? ¿Vas a abandonar a esas familias de Ciudad Bolívar, que por fin tienen una oportunidad para salir de la pobreza, por manejar el dinero de cuatro pelados?”.
Han pasado más de veinte años y todavía sigo preguntándome cada día ¿cuál es el secreto del sector no lucrativo? ¿Qué tienen de especial sus organizaciones? ¿Qué les hace tan atractivas? ¿Qué les hace más interesantes que “manejar el dinero de cuatro pelados”? Supongo que no hay una única contestación a esa pregunta, y que las motivaciones de los que trabajan en este sector son muy ricas y variadas. Es verdad, pero también me parece que, a pesar de las posibles diferencias, todos compartimos una misma creencia: la necesidad que tiene nuestra sociedad para subsistir de seguir contando con las acciones desinteresadas.
Para la mentalidad actual, cada vez más mercantil, resulta incomprensible, me atrevería a decir que insoportable, aceptar el hecho de que alguien pueda dar sin esperar recibir nada a cambio. Todo parece estar regido por la ley del do ut des. Si escuchamos que alguien ha regalado parte de su fortuna, no podemos evitar pensar que algo busca el que se desprende voluntariamente de sus bienes con la pretensión de ayudar a los demás. Las noticias con las que nos desayunamos cada mañana confirman y apuntalan esa sensación. Solo nos hablan de estafas, de directivos que reciben remuneraciones escandalosas, de políticos que compran y venden favores.
No es fácil seguir creyendo en los gestos de generosidad.
Sin embargo, nuestras vidas están rodeadas de pequeñas acciones desinteresadas: un desconocido nos cede amablemente el asiento en el metro, alguien se apresura a recoger y entregarnos un paquete que se nos ha caído, un conductor baja la ventanilla y nos advierte que llevamos mal cerrada la puerta del coche. No podríamos vivir sin esos gestos que nos recuerdan por qué la vida merece la pena ser vivida. Y es curioso, pero tengo la impresión de que en esta época de crisis esos gestos se están multiplicando, aunque no los recojan los periódicos ni ocupen grandes titulares.
Sí, verdaderamente es mucho lo que tenemos que agradecer a las organizaciones no lucrativas. También es mucho lo que podríamos aprender. Entre otras cosas, esas organizaciones, con su trabajo diario, nos recuerdan que sí existe un espacio para la acción desinteresada, y que hay aspectos en la vida mucho más atractivos que manejar el dinero de cuatro pelados. Y esa lección, amigos lectores, no es poca cosa hoy en día.
Por Javier Martín Cavanna
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3 comentarios
Hace unos años una buena amiga iba a pasar de la consultoría a dirigir una fundación. Se lo planteaba como algo temporal. El salto económico de esa decisión es enorme, pero también lo es el de recursos, personal, visibilidad, poder, y podría seguir enumerando. Sin embargo le dije “apuesto lo que quieras a que no lo dejas ya nunca, no vuelves al sector lucrativo” “esto es como una droga, cuanto más lo pruebas más te engancha a pesar de las dificultades”. Cuatro años después ella sigue en la fundación haciendo una magnífica labor y sin ganas de volver. ¡Es qué esto engancha!
Gracias Angel. Enhorabuena a vosotros por vuestro trabajo. Javier
Mi más sincera enhorabuena por el artículo
Ángel Huélamo
Director de Farmacéuticos Sin Fronteras