Jugando a los bolos solos

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Hace casi veinte años el sociólogo americano Robert Putnam analizó la pérdida de capital social en los Estados Unidos: disminuía el número de personas afiliadas a los clubs, a las asociaciones cívicas y religiosas, la participación política se reducía, los vínculos comunitarios eran cada vez más frágiles y las sociedades más individualistas y fragmentadas. La nación que se distinguía, según Tocqueville, por la vitalidad y fortaleza de su sociedad civil, estaba perdiendo uno de sus rasgos más característicos.

Uno de los indicadores que más le llamó la atención en su estudio fue el incremento del número personas que se habían inscrito en un club para jugar a los bolos: cerca de 80 millones de americanos practicaban este juego al menos una vez al año.

Esta información parecía contradecir la tendencia decreciente de las afiliaciones, pero cuando se detuvo a analizar con más profundidad ese dato, al no poder explicar por qué no aumentaba el consumo de pizzas y bebidas y sí las ventas de zapatillas, se dio cuenta que la gran mayoría de los nuevos afiliados estaban “jugando a los bolos solos”: Bowling alone, así tituló su famoso artículo.

Las reflexiones del sociólogo de la Universidad de Harvard resultan especialmente oportunas en este número de la revista, en el que se analiza, por un lado, cómo conjugar el deporte y el compromiso social y, por otro, se da cuenta de los resultados del primer año de trabajo de Juntos por el empleo: una iniciativa de impacto colectivo que ha conseguido convocar y coordinar a más de un centenar de organizaciones, procedentes de los tres sectores, con el fin de impulsar la mejora de la empleabilidad en los sectores más vulnerables.

Aunque los resultados de Juntos por el empleo son muy notables, sigue siendo llamativa la falta de iniciativas sociales colectivas en las que los integrantes se esfuercen sinceramente por compartir esfuerzos, recursos y aprendizajes para resolver problemas reales, importantes y acuciantes.

Las organizaciones intentan justificar su falta de colaboración acudiendo a argumentos como el pequeño tamaño de sus socios, su falta de experiencia, sus dudosas motivaciones o, simplemente, la necesidad de competir por los escasos recursos.

De lo que no parecen darse cuenta es que estas posiciones conducen inevitablemente al precipicio. En especial, las grandes organizaciones sociales (Fundación Once, Cruz Roja, Cáritas, Fundación La Caixa o Fundación Secretariado Gitano) tienen que ser conscientes de que la solución a problemas tan complejos e interrelacionados requiere que aprendan a dar el salto del yo al nosotros.

El objetivo no puede centrarse en impulsar nuestra agenda particular, la exclusividad de nuestros programas o el valor de la propia marca, sino en ayudar a desarrollar una comunidad de aprendizaje en la que todos están invitados a participar y en la que no existe más competencia que la de poner el conocimiento al servicio de la sociedad.

Lo crítico en la situación actual no es lo que podemos aprender o conseguir cada uno, sino lo que aprendamos y alcancemos conjuntamente. Este cambio de mentalidad no solo es el camino correcto, sino que es el único camino posible.

Este compromiso colectivo no se crea por generación espontánea. Todas y cada de una de las organizaciones deben facilitar las condiciones para que ese ecosistema de colaboración funcione y, realmente, pueda darse el salto del impacto individual al colectivo. Ahora bien, el problema de la creación de capital social, como el de la confianza o el de la amistad, es que no admite reservas. O se está dispuesto a colaborar totalmente o no se colabora en absoluto.

Compartir los esfuerzos y el conocimiento en el campo social exige ponerlo a disposición de toda la colectividad. No hay patentes, no hay derechos adquiridos, no pueden existir copyrights, ni acotar territorios protegidos cuando se trata de ayudar a los demás.

No se trata de un wishful thinking. Seamos claros. Nuestra intención no es aprovechar la cercanía del fin de año y las fiestas de navidad para seducir con mensajes bienintencionados.

Estamos firmemente convencidos, porque lo tenemos comprobado, que el conocimiento es un bien que crece al compartirlo. Cuando los intercambios sociales y económicos se realizan en un ecosistema de colaboración, los incentivos oportunistas se reducen y la confianza se multiplica reduciéndose sensiblemente los costes de transacción para todos los protagonistas. Este es un juego en el que ganamos todos.

A las organizaciones sociales les toca decidir si quieren terminar sus días jugando a los bolos solas o si, por el contrario, optan por sumarse a este partido colectivo; un partido en el que no habrá vencedores y vencidos, porque todos ganaremos juntos compartiendo el conocimiento.

@jmcavanna
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Comentarios
  1. Heidi Sumser

    La transición a lo individual a lo colectivo, o el mantenimiento de lo colectivo es clave para lograr mejores resultados economicos, sociales y ambientales. Requiere primero una mentalidad y cultura que lo promueve.