¿Se puede fabricar ropa de 15 euros en condiciones humanas?

El fin de semana pasado, durante un cálido almuerzo veraniego entre amigos y conocidos escuché una conversación en referencia al tema de las empresas textiles y la subcontratación en países como Bangladés o Pakistán.
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Rápidamente, la mesa se dividió en dos partes, y algún subgrupo. Una parte condenaba a las empresas occidentales, por aprovecharse de la gente en los países antes mencionados; otros culpabilizaban al consumidor, por exigir los precios bajísimos de las empresas, y otros decían que solamente los gobiernos locales podían hacerse cargo de una legislación más protectora.

Ipso facto, recordé un evento de la Asociación Alemana de Abogados en Berlín, el 3 de diciembre del año pasado. En aquel evento participaron en una mesa redonda un letrado de empresas textiles, Jochen Jütte-Overmeyer; otro letrado que defiende Derechos Humanos, Remo Klinger; un representante del Gobierno Alemán, y otro del Instituto de Derechos Humanos Alemán.

Curiosamente, la encendida conversación española intercambiaba las mismas ideas, los mismos argumentos que los ponentes de la mesa redonda en Alemania, y desafortunadamente, las mismas soluciones al problema: ninguna.

¿Qué se ha consegido?

Han pasado casi cuatro años desde que una serie de catástrofes humanas golpearon diversas fábricas textiles en Pakistán y Bangladés: Ali Enterprises, Tazreen y Rana Plaza.

En un primer momento, estos tres desastres humanos también golpearon a la opinión pública del primer mundo y llamaron mucho la atención.

Muchos consumidores europeos cambiaron su percepción sobre las condiciones de trabajo en la industria textil en el sur de Asia. Así, ya no es posible negar el sufrimiento humano provocado por el consumo occidental.

No obstante, la pregunta sigue siendo: ¿qué ha cambiado desde entonces y qué más puede cambiar?

En Bangladés, la presión sobre muchas compañías europeas que realizan sus actividades mercantiles en este país fue tan grande que acordaron la creación de un fondo especial de compensación. Más de un centenar de empresas permiten inspecciones independientes de seguridad y construcción e incendios en sus fábricas proveedoras.

En octubre de 2014, el ministro alemán de Cooperación Económica y Desarrollo, Gerd Müller, estableció una alianza textil -una mesa redonda con políticos, empresarios y representantes de la sociedad civil- para desarrollar estándares para la producción textil sostenible. La alianza lleva casi dos años trabajando.

No obstante, y de acuerdo con el Centro Europeo de Derechos Constitucionales y Humanos (en sus siglas en ingles ECCHR), no existe un resultado concreto para un verdadero avance. Desde fuera parece que los productores y minoristas textiles no tienen ningún interés en cambiar el actual modelo de negocio global, en el que la política de precios y prácticas de compra hacen que sea imposible para los proveedores estar dispuestos a garantizar un salario digno y horas de trabajo humanizadas.

Asimismo, las empresas rechazan asumir responsabilidades por las condiciones de trabajo de sus proveedores en el Hemisferio Sur.

De acuerdo con el letrado alemán Jochen Jütte-Overmeyer, miembro del consejo de Acuerdo sobre Incendio y la Seguridad de Edificio en Bangladesh: “Los conflictos actuales no se están resolviendo entre las empresas y los trabajadores, sino entre los que están en el mercado mundial y los que no están”.

“En última instancia, todo esto sólo tendrá éxito si las personas afectadas se pueden involucrar en el proceso y si son partícipes de un cambio que se tiene que producir para las personas de la población local. En estos momentos excluimos a estas personas del acceso al mercado con la construcción de altas vallas de moral y ética”, continúa.

El miembro español en el consejo del acuerdo es Santiago Martínez-Lage, que representa a la textil española Inditex. El acuerdo se firmó el 15 de mayo de 2013. Se trata de un acuerdo independiente, legalmente vinculante y con una duración de cinco años entre las marcas, los minoristas globales y los sindicatos, diseñado para construir una industria fuerte y saludable de prendas de vestir, Bangladeshi Ready Made Garment (RMG).

El legado del Rana Plaza y Ali Enterprises

El acuerdo fue alcanzado en el período inmediatamente posterior al derrumbe del edificio Rana Plaza, que provocó la muerte de más de 1.100 personas y lesiones a más de 2.000.

En junio de 2013, se acordó un plan de ejecución que favoreció la incorporación de la Fundación del Acuerdo de Bangladesh en Países Bajos en octubre de 2013.

La participación es precisamente lo que demandan los trabajadores y sindicalistas en el sur de Asia. En marzo de este año, la red internacional Campaña Ropa Limpia organizó una conferencia en Nepal con sus grupos asociados y los sindicatos en el sur de Asia.

Durante los tres días que duraron las reuniones, la conversación se centró en las lecciones de Rana Plaza y las otras catástrofes.

Los asistentes a la conferencia fueron particularmente impresionados por Saeeda Khatoon.

Khatoon es una viuda pakistaní que perdió a su único hijo en un incendio en la fábrica Baldía, que pertenecía a la empresa Ali Enterprises, en Karachi, Pakistán.

La señora Khatoon es vicepresidenta de la Asociación de los Afectados del Incendio en la Fabrica Baldía, que causó 260 fallecidos y 32 heridos. En un encendido discurso, hizo hincapié en que todos los esfuerzos de las organizaciones internacionales y las empresas son de poco valor si los trabajadores afectados no participan activamente. Y esto es exactamente lo que Khatoon y los otros miembros del grupo afectado en Pakistán están haciendo.

En las reuniones de los afectados por el incendio, hombres y mujeres discutieron juntos -algo que no es normal en Pakistán- el estado de los procesos judiciales en el país contra el propietario de la fábrica de Ali Enterprises, la demanda en Alemania contra el principal cliente (el minorista de ropa KiK) de la fábrica y la acción legal en Italia contra la empresa de certificación RINA.

A finales de junio de 2016, la señora Saeeda Khatoon visitó la sede del minorista de ropa de bajo coste KiK en Bönen (Alemania). Ella nunca se recuperará completa y emocionalmente de la pérdida de su hijo, pero ahora está dedicada a luchar por la justicia.

Ayuda a otros miembros de la organización y, junto a supervivientes y familiares, está poniendo en marcha diferentes frentes contra el gobierno de Pakistán con el fin de obtener unas pensiones adecuadas.

También están luchando por el objetivo de que KiK reconozca su responsabilidad legal con respecto a las víctimas del incendio. En marzo de 2015, Khatoon y otros tres miembros de la organización de los afectados presentaron una demanda contra KiK en el Tribunal Regional de Dortmund.

KiK rechazó su reclamación. No obstante, tras la intervención del Ministerio para el Desarrollo alemán y ya en la primavera de 2016, la empresa parecía dispuesta a negociar sobre la compensación de acuerdo con el modelo del Acuerdo (Rana Plaza).

Hasta ahora ha habido poca acción que haya seguido a estas palabras de buena voluntad; KiK ha dejado que las negociaciones se estanquen. Según manifiestan ECCHR y el letrado alemán de los afectados, Remo Klinger, parece que la compañía no es tan seria sobre la cuestión de la indemnización.

Khatoon fue a Bönen en Alemania, a la sede de KiK, para conocer y hablar con los sindicalistas de dicha empresa. Lamentablemente, un encuentro entre las partes no ha sido posible; la empresa alega que no sabía nada de la visita.

Por su parte, KiK contrata actualmente a 21.000 empleados para un total de 3.200 centros en Europa, de los cuales 2.600 se encuentran en Alemania. Sus clientes principales son familias con niños pequeños que adquieren ropa por menos de 30 euros.

Es importante señalar que también en Alemania hay muchas familias cuyo poder adquisitivo está muy por debajo de la media de la población germana; entre ellas se encuentran muchas madres solteras. Empresas como KiK les ofrecen la solución perfecta para poder comprar ropa nueva para la familia.

¿Soluciones?

Efectivamente, no parece que exista una solución a gusto de todos. Son demasiados los parámetros que obligan a cada una de las partes a encontrar un punto común de partida para las negociaciones, las cuales determinarán el futuro de las sociedades civiles y mercantiles.

Intento resumir una de las conclusiones más llamativas que surgió durante mi evento gastronómico, para que sea evaluado por el lector:

Cualquier país moderadamente democratizado tiende a elevar el estado de bienestar de sus ciudadanos, que es dónde realmente se comienza a vislumbrar el equilibrio y la prosperidad. Es un proceso social natural.

En la medida en que los ciudadanos de los países menos desarrollados aumenten su capacidad adquisitiva y por tanto su salario, forzarán el aumento de su consumo interno, y por ende, aumentará su demanda externa que influirá inicialmente sobre su cuota de importaciones.

Esto reflejará la necesidad de una industrialización local motivada por el propio techo que marcan las importaciones para cualquier país, es decir, nadie puede importarlo todo.

Llegados a este punto, es obvio pensar que los países desarrollados tendrán mucho negocio a la vista: el desarrollo e industrialización de tantas ciudades y para tantos millones de individuos llevará décadas. Décadas de productos, servicios, consultorías, e implantaciones de tantos y tantos sectores de la sociedad, y cuyo único objetivo será alcanzar prosperidad y equilibrio.

Para los países europeos, este tipo de actividad mercantil provocará seguramente porcentajes de ocupación laboral próximos al 100%, y por lo tanto, facilitará que los precios de estas prendas sean más elevados, dónde además, estarán mejor confeccionadas y con mayores calidades.

Asimismo podrán ser adquiridas bajo un sistema sostenible de precios, es decir, hablamos de los importes de retorno hacia el país productor.

Es imposible pensar en este escenario sin que se involucren todas las partes: sociedad civil, política local y foránea, y entramado de inversión empresarial.

Dicho esto, lo primero es voluntad. Posteriormente establecer los cauces y protocolos de cumplimiento legal por cada una de las partes; involucrarse en el respeto mutuo con todas las consecuencias, y por último, desear que sean nuestros tataranietos quienes vean y disfruten ese nuevo amanecer.

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