Accionistas y consejeros, protagonistas de la noticia

Pocos sectores concentran tanta atención y debate como el de los medios de comunicación. La irrupción de Internet ha modificado radicalmente las reglas del juego, dando entrada a nuevos actores, cambiando los canales de distribución y, sobre todo, cuestionando la viabilidad de los modelos de pago tradicionales. Este nuevo escenario ha generado y sigue generando frecuentes debates sobre la mejor manera de abordar los retos que enfrenta el sector.
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La mayoría de los análisis y discusiones, no obstante, siguen centrando su preocupación en cómo asegurar la sostenibilidad económica en la nueva era digital. Las reflexiones sobre el futuro del sector no se han extendido, en igual medida, a cuestiones como la deontología profesional, la gestión de los conflictos de intereses o las medidas para proteger la independencia y credibilidad editorial. Para muchos, la salida de la crisis que atraviesan los medios se reduce, casi exclusivamente, a encontrar la respuesta a cómo cobrar por los contenidos digitales.

No es que estas cuestiones no tengan relevancia, por supuesto que sí. Pero lo que se echa en falta es un análisis mucho más profundo sobre la función social de los medios de comunicación y, como fruto de ese análisis, la adopción de medidas e iniciativas para proteger y defender la independencia y credibilidad editorial.

Si alguna conclusión general se puede sacar del informe de nuestra Fundación Compromiso y Transparencia, Primera plana, es que la inmensa mayoría de los grupos de comunicación españoles carecen de procedimientos y políticas ad hoc para proteger su independencia y credibilidad.

Es verdad que la ausencia de mecanismos de protección no significa necesariamente que los valores de la independencia y la credibilidad editorial no se vivan en las salas de redacción, pero sí que el riesgo de no vivirlos es mucho mayor al no existir esas políticas y garantías.

Proteger y hacer crecer la “credibilidad” es una tarea en la que los medios no sólo se juegan su supervivencia, sino que constituye su propia razón de ser. Esta verdad, que parece tan evidente, continúa ignorándose por los grupos de comunicación que a la hora de informar siguen sin distinguir “el grano de la paja”.

Proteger y hacer crecer la “credibilidad” es una tarea en la que los medios no sólo se juegan su supervivencia, sino que constituye su propia razón de ser.

Sus memorias de sostenibilidad o responsabilidad social abundan en datos sobre el ahorro de energía, el porcentaje de discapacitados contratados o la colaboración con organizaciones sociales; temas todos ellos muy importantes, pero que resultan irrelevantes cuando nada se dice o informa sobre las medidas para asegurar el rigor y la veracidad del corazón de su “negocio”: la información.

Divergentes ópticas

No creo que resulte desproporcionado afirmar que, en general, se advierte una clara falta de sintonía entre los intereses de los propietarios y gestores, por un lado, y los de los periodistas por el otro. Los primeros parecen atender exclusivamente a la sostenibilidad económica de la empresa, a cuyo cumplimiento todo debe quedar subordinado, mientras que los segundos solo se preocupan por la integridad editorial, manifestando un afectado desapego con todo lo que concierne a la cuenta de resultados.

Una cierta división, e incluso tensión, entre los objetivos económicos y editoriales no es mala. Cualquier empresa de comunicación para poder sobrevivir debe contar con buenos gestores empresariales, que aseguren su viabilidad económica, y con periodistas que desempeñen su actividad con arreglo a los más altos estándares profesionales. Ambas cosas son igualmente necesarias. Se requiere independencia editorial, por supuesto, pero también independencia económica para poder sobrevivir en un entorno en constante cambio.

Ahora bien, que exista esa división de funciones no quiere decir que las dos partes se ignoren y den la espalda. Como explicaba C. P. Scott, el mítico editor y propietario del periódico The Guardian: “Para que un periódico tenga valor debe haber unidad, y cada una de sus partes debe comprender y responder a los propósitos e ideales que la animan. Entre sus dos áreas debe existir un matrimonio feliz (…). Deben constituir una compañía amistosa”.

¿Y en caso de conflicto entre los objetivos económicos y los editoriales? Pues en caso de conflicto deben prevalecer siempre los últimos: “el editor y el gerente empresarial deben marchar de la mano, el primero, entiéndase bien, sólo una o dos pulgadas por delante”.

Una de las medidas más importantes para proteger la independencia y credibilidad editorial es seleccionar con mucha cautela a los futuros “compañeros de viaje”: accionistas y consejeros.

El éxito de esta “compañía amistosa” depende más del compromiso de los propietarios que del de los periodistas. Si la propiedad cree en los valores de la independencia y la credibilidad editorial sabrá anticiparse y dar respuesta adecuada a los conflictos que puedan surgir.

No resulta casual que detrás de los grupos editoriales más prestigiosos siempre haya habido una familia propietaria o un grupo significativo de accionistas que han protegido la independencia editorial: la familia Scott, en The Guardian, la familia Shibsted, en el grupo Shibsted o el fideicomiso de The Economist, por citar sólo algunos ejemplos. De ahí que una de las medidas más importantes para proteger la independencia y credibilidad editorial consista en seleccionar con mucha cautela a los futuros “compañeros de viaje”: accionistas y consejeros.

Conviene aclarar que el informe que he elaborado junto con Elena Herrero-Beaumont y Begoña Morales no evalúa la independencia y credibilidad editorial de los medios, cuestión, por otra parte, muy compleja y difícil de abordar, sino la falta de transparencia en la información relativa a las políticas y mecanismos dirigidos a salvaguardar la credibilidad e independencia editorial. Se trata de una cuestión relacionada con el riesgo del negocio y que, como tal, le corresponde supervisarla al consejo de administración. Por eso este informe se dirige, principalmente, a los miembros de los consejos de administración. Son ellos los que tienen la principal responsabilidad de identificar y supervisar los aspectos que pueden poner en riesgo la credibilidad editorial.

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