Empleados de los sectores esenciales, Personaje Social del Año 2020

¿Qué es el valor?, nos preguntamos. El diccionario de la RAE lo define como aquella “cualidad del ánimo, que mueve a acometer resueltamente grandes empresas y a arrostrar los peligros”.
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<p>Foto: Agencia AFP7 publicadas en el libro 'COVID19: Más allá de los límites'.</p>

Foto: Agencia AFP7 publicadas en el libro 'COVID19: Más allá de los límites'.

Tradicionalmente el valor se asocia con actos bélicos, en los que alguien arriesga su vida, en muchas ocasiones llegando a perderla, para salvar a otros. El autosacrificio parece ser uno de sus ingredientes.

En todos los países existen distintos símbolos para distinguir esos actos de coraje. La mayoría de ellos suelen reconocer un acto aislado que manifiesta un arrojo extraordinario, como el del marinero Charles Lucas, que fue condecorado con la Cruz Victoria por coger en sus manos una bomba rusa que había caído en cubierta y arrojarla por la borda antes de que hiciese explosión.

Sin despreciar esas gestas, el verdadero valor o coraje no se reduce a un solo acto de desprendimiento que ponga en riesgo la vida por un noble motivo. Como narra Tom Wolfe en su libro Lo que hay que tener, en el que describe la vida de los pilotos de combate que comenzaron la carrera espacial, “entre ese colectivo existía la creencia que eso podía hacerlo cualquier imbécil”. El particular mundo de los pilotos de combate distinguía entre aquellos pilotos que tenían lo que hay que tener y los que carecían de ese atributo.

Esa rara cualidad –lo que hay que tener– exigía que el piloto fuese capaz de subirse a un avión, hacer mil piruetas, llevarlo hasta el límite y, al mismo tiempo, “tener el temple para echar el freno en el momento oportuno, y luego subir otra vez al día siguiente y al otro, y al otro y todos los días, aunque la serie resultara infinita; y, en último término, hacerlo así en pro de una causa que significaba algo para miles de individuos, para un pueblo, una nación, la humanidad, Dios”.

Durante las semanas más duras del confinamiento, cuando la curva seguía en ascenso, confinados en nuestras casas, hemos presenciado el trabajo incansable e ininterrumpido del personal sanitario.

Cómo acudían diariamente a prestar su ayuda, venciendo el miedo al contagio, conscientes de que el riesgo era muy grande y con el lastre de saber que muchos de sus compañeros ingresaban en el mismo hospital con pronósticos graves e incluso algunos terminaban falleciendo.

Las imágenes de televisión o las fotos de los periódicos nos transmitían semblantes agotados; los descubríamos, tras una larga jornada, sentados en el pasillo de un hospital, descansando por unos minutos, con la espalda en la pared y la cabeza cabizbaja con los brazos apoyados en sus rodillas. Rostros difíciles de interpretar al estar completamente cubiertos con una máscara. Pero a través de los ojos adivinábamos el cansancio y la frustración por tener que hacer frente a una situación totalmente desconocida, para la que no había protocolos de actuación y los que se improvisaban nacían con un plazo de caducidad de apenas unas horas.

Setenta y ocho días sin desconectar, con jornadas que, en ocasiones, llegaban a las dieciséis horas. Sin ver la luz al final del túnel. Presenciando cómo algunos compañeros caían y no había ni tiempo ni condiciones para organizar el duelo, porque la situación no lo permitía y había que suplir su marcha con más horas de dedicación. Horas extenuantes, sin el consuelo, en muchos casos, de recibir al final de la jornada el abrazo de la familia, pues habían decidido aislarse de ellos para no contagiarles.

Y, después de tres meses, un poco de luz y las primeras manifestaciones de alegría, cuando algún enfermo recibía el alta o salía de la UVI y todo el personal sanitario acudía a celebrarlo con un aplauso; los semblantes poco a poco recuperaban el color de la esperanza.

El personal sanitario no ha sido el único, aunque sí el más notorio, en regalarnos con esos actos de valor. Junto a ellos hay que incluir al Ejército y a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, los empleados de las funerarias, los trabajadores de las empresas de distribución, los sacerdotes, los profesores de los centros educativos y muchos más.

En este año marcado profundamente en todo el planeta por los efectos de la pandemia de la covid-19 nos ha parecido inapropiado seleccionar un Personaje Social del Año cuando tantas personas han dado muestras de valor, generosidad y sacrificio. Con carácter excepcional, en esta edición queremos hacer un reconocimiento general a todas esas personas y colectivos.

  • Al personal sanitario, por su entrega y dedicación en circunstancias y condiciones muy difíciles, en las que han llegado a poner en peligro sus vidas por no contar con las medidas de seguridad y los recursos adecuados para enfrentar los efectos de la pandemia.
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Foto: Agencia AFP7 publicadas en el libro 'COVID19: Más allá de los límites'.

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Foto: Agencia AFP7 publicadas en el libro 'COVID19: Más allá de los límites'.

  • Al Ejército, Bomberos y los miembros de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, por mantener el orden, realizar las tareas de desinfección en los centros afectados y desplegar los operativos de ayuda y asistencia a los colectivos más vulnerables.
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Foto: Agencia AFP7 publicadas en el libro 'COVID19: Más allá de los límites'.

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Foto: Agencia AFP7 publicadas en el libro 'COVID19: Más allá de los límites'.

  • A los servicios funerarios, que han trabajado por encima de su capacidad para que los miles de fallecidos tuvieran un lugar de descanso, y los sacerdotes, que voluntariamente se han prestado a atender espiritualmente a los enfermos con riesgo para su propia salud, acompañando a muchos de ellos en sus últimos momentos con palabras de ánimo y consuelo.
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Foto: Agencia AFP7 publicadas en el libro 'COVID19: Más allá de los límites'.

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Foto: Agencia AFP7 publicadas en el libro 'COVID19: Más allá de los límites'.

  • A los profesores y personal administrativo de los centros educativos (colegios y universidades), que en muy poco tiempo han tenido que responder y adaptarse a la situación para mantener su oferta docente, asegurar la salud de todos los trabajadores y alumnos, evitando, asimismo, que ningún estudiante se quedase privado de las clases por falta de recursos tecnológicos.
<p>Foto: Colegio Mas Camarena.</p>

Foto: Colegio Mas Camarena.

  • A las empresas de distribución y la red de farmacias, que han tenido que reforzar la dedicación de sus empleados, su seguridad y la de los clientes, al tiempo que garantizaban el suministro de los artículos de primera necesidad a toda la población.
<p>Foto: EActíVate.</p>

Foto: EActíVate.

Nuestro aplauso de las ocho a todos y cada uno de ellos.

Durante esas semanas, meses, y todavía seguimos, nuestra revista ha querido recoger los múltiples actos de generosidad y ayuda para luchar contra la pandemia provenientes de diferentes colectivos y organizaciones.

Para dar cuenta de todas esas actividades creamos una sección especial que denominados Las otras vacunas contra el coronavirus.

Algunas iniciativas procedían de grandes instituciones, otras tenían un origen más modesto. La dimensión y el tamaño de las acciones era lo de menos, lo importante era hacer llegar el mensaje de solidaridad y apoyo.

La idea de fondo de esa nueva sección es, y sigue siendo, recordar que por naturaleza el bien es difusivo. Tiene una capacidad de contagio mucho mayor que el mal.

El valor y la generosidad tienen una enorme eficacia e impacto. Todos podemos fabricar esas vacunas, todos podemos distribuirlas. No están protegidas por patentes. Son pequeños remedios, pero muy necesarios.

Ayudan a superar los efectos más ocultos de la crisis, pero no por eso menos nocivos: una sonrisa, un comentario lleno de humor que busca levantar el ánimo, una queja refrenada, unas palabras de aliento, privarse de algo para compartir…

Cuando estamos a punto de finalizar este año tan singular, puede ser útil detenerse y preguntarnos, ¿yo, qué vacuna estoy suministrando?

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