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Trabajando con los wayúu en La Guajira

La Guajira, uno de los 32 departamentos de Colombia, no es tan conocido como Cartagena de Indias o la zona cafetera del departamento de Antioquía, pero esconde grandes bellezas naturales y una rica cultura indígena. Está ubicado en el extremo noreste del país, en la región Caribe, limitando al norte y este con el mar Caribe (océano Atlántico), al sureste con Venezuela.
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A diferencia del resto del país, la Guajira es una región seca, árida, en donde escasea el agua. Es conocida por ser la capital del vallenato, un género musical que se interpreta con tres instrumentos: el acordeón, que fue traído por los inmigrantes alemanes a Rioacha, la guacharaca, un instrumento de raspado, y la caja vallenato, un pequeño tambor cónico de un solo parche.

La Guajira tiene grandes riquezas minerales representadas en la mina de sal de Manaure, el yacimiento carbonífero El Cerrejón, e importantes zonas de explotación del gas y el carbón, localizadas a lo largo del litoral de la Costa Caribe colombiana. El 70% de los ingresos del departamento proceden de estas explotaciones. Pero a pesar de contar con la mina abierta de carbón más grande Colombia, las minas de sal más importantes del Caribe y la explotación de gas que abastece a todo el país, esas riquezas no han llegado nunca a sus pobladores originarios: los wayúu.

Los wayúu son el pueblo indígena más numeroso de Colombia; representan cerca del 45% de la población del departamento de La Guajira. El 97% de la población habla su idioma tradicional que es el wayuunaiki, sólo el 32% habla el castellano. En algunas comunidades wayúu el analfabetismo llega al 90% de la población. El 54% de la población se encuentra en extrema pobreza, una situación que se ha visto más agravada en los últimos años al incrementarse la mortalidad infantil a causa de la desnutrición.

El subdesarrollo en amplias capas de la población de La Guajira es un claro ejemplo de la “maldición de los recursos”, un fenómeno también conocido como la paradoja de la abundancia, y que se refiere al contrasentido que supone que países o regiones con una abundancia de recursos naturales, especialmente de fuentes de recursos no renovables, como minerales y combustibles, posean un menor crecimiento económico y resultados de desarrollo peores que países o regiones con menos recursos naturales.

El departamento de La Guajira tiene un PIB por encima de la media nacional. Posee minas de carbón, sal, energía eólica, gas, petróleo y turismo. Sin embargo en muchas zonas del departamento hay poblaciones que viven con un 95% de las necesidades básicas insatisfechas. Entonces, uno se pregunta ¿dónde queda todo ese PIB? ¿A quién se distribuye?.

La Guajira posee minas de carbón, sal, energía eólica, gas, petróleo y turismo. Sin embargo en muchas zonas del departamento hay poblaciones que viven con un 95% de las necesidades básicas insatisfechas.

Fucai: una organización que escucha

Lo cierto es que esta situación impulsó a la Fundación Caminos de Identidad (Fucai), una organización con más de veinte años de experiencia trabajando en la educación y el desarrollo de las comunidades marginales indígenas, a intervenir en este departamento. Como explica Ruth Chaparro, cofundadora de Fucai: “Hace seis años fuimos invitados por Unicef a visitar La Guajira porque era un departamento que presentaba altos índices de desnutrición y de necesidades básicas insatisfechas. Nosotros ya conocíamos situaciones de pobreza y desnutrición en otras zonas del país, pero lo que encontramos allí era mucho más grave que todo lo que habíamos visto hasta entonces”.

“En La Guajira te topas con la muerte muy pronto. Uno va en el carro y se cruza con un grupo de mujeres vestidas de negro que llevan una ‘cajita’ con su hijito muerto. No hay agua, se agotó el agua y apenas hay alimentos. Mueren adultos, por supuesto, pero los fallecimientos más frecuentes son de niños menores de cinco años. De acuerdo con el censo oficial en los últimos cinco años han muerto aproximadamente 5.000 niños, aunque según los wayúu está cifra se aproxima más a los 14.000”, continúa.

Y es que, efectivamente, las cifras oficiales siempre hay que tomarlas con cierta reserva, pues los wayúu no llevan registros y las autoridades públicas tampoco han mostrado mucho interés en resolver esta situación. Según Ruth, “hay una carencia enorme de servicios básicos –salud, educación, seguridad alimentaria, etc.-, pero la raíz del problema es la ausencia de comunicación entre la población y las comunidades indígenas. Esa incomunicación genera una falta de confianza muy grande y una incomprensión muy fuerte por parte de las autoridades que justifican la situación actual de abandono achacándola a problemas culturales de las comunidades indígenas”.

Fucai no quiere repetir los mismos errores que han contribuido a mantener en la pobreza a la comunidad wayúu desde hace 500 años, por eso todos sus proyectos tienen un elemento común que no puede faltar nunca. Se trate de proyectos educativos, de vivienda, salud o seguridad alimentaria, el primer paso es escuchar a las comunidades, atender sus demandas y tratar de comprenderlas. Sólo así se genera confianza, si no hay confianza es muy difícil construir bases sólidas.

Fucai no quiere repetir los mismos errores que han contribuido a mantener en la pobreza a la comunidad wayúu desde hace 500 años.

Alimento para la vida

El proyecto financiado por la CAF es un buen ejemplo de cómo escuchando se puede innovar en el campo social y generar un gran impacto. El principal objetivo de la iniciativa era paliar la desnutrición infantil en 33 comunidades wayúu. Del medio millar de niños identificados, un 12% presentaban riesgo de desnutrición aguda. Para darse cuenta de la gravedad de esta cifra hay que tener en cuenta que el porcentaje de riesgo de desnutrición aguda en Colombia entre los niños es de un 0,8%.

Uno de los organismos que más ha luchado en el país para combatir la desnutrición es el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar que, desde el año 1976, produce y distribuye, a través de diferentes intermediarios, un producto de alto valor nutricional para la población más vulnerable del país.

El producto se denomina “bienestarina”. Es un alimento complementario de la leche materna a partir de los seis meses de edad que, gracias a sus excelentes propiedades nutricionales, puede ser consumido por las mujeres embarazadas, madres en lactancia y, en general, personas con deficiencias nutricionales. Es un alimento precocido a base de una mezcla de cereales, leguminosa y leche entera en polvo, con vitaminas y minerales y ácidos grasos esenciales.

“El problema –señala Ruth- es que los indígenas no confían en ese producto, aunque sus cualidades nutricionales sean muy buenas. Y como no confían en él, no lo consumen aunque se estén muriendo de hambre, porque no es agradable a su paladar. Y, además, porque hay que esterilizarlo en cada nueva toma”.

Con el fin de resolver estos problemas en Fucai decidieron crear un nuevo producto alimentario pero partiendo de las tradiciones y la cultura alimentaria de las comunidades indígenas. Los wayúu, al igual que otras poblaciones de América Latina, producen una harina con maíz tostado que se llama sawá. Fucai se basó en esa tradición y enriqueció el sawá añadiendo otros granos con alto valor nutritivo, como el frijol, semillas de auyama (calabaza), moringa y otros ingredientes, como el plátano o el arroz. “La materia prima –aclara Ruth- la llevamos nosotros, porque como en La Guajira no hay agua no pueden cultivarla. Se la entregamos a las mujeres y ellas preparan la mezcla”.

Actualmente producen 300 kilos de este nuevo producto que se llama ekülüü süpüla wain, es decir, Alimento de vida. Ellos eligieron el nombre y también diseñaron el empaque del producto. “Nos tomamos mucho tiempo con ellos para encontrar el nombre adecuado. Para los wayúu la palabra vida connota movimiento. El que no se mueve no vive, el cambio es estar vivo”.

Los wayúu participan activamente en todo el proceso de producción: compran los ingredientes, aportan los molinos, la leña, las pailas, los baldes; se organizan en grupo y se dividen el trabajo para moler, tostar, mezclar y empacar. También han contribuido en el diseño del empaque y etiquetado del producto. El envase es un tarro reutilizable que es más barato, no contamina y hace que todo el proceso sea más eficiente.

“El resultado final es un producto que les agrada, y por eso lo defienden y lo esperan. ¿Por qué? Pues porque desde el principio hemos integrado en el producto su cultura, sus valores y su cosmovisión. Es increíble como a partir de las tradiciones más antiguas se pueden generar las innovaciones más modernas y pertinentes. Para nosotros, a diferencia de las autoridades oficiales, la cultura de los wayúu no es una barrera para el progreso sino, precisamente, el elemento en el que hay que apoyarse”.

Parlamentos enramados

La actividad de Fucai no se limita a ejecutar proyectos de desarrollo con las comunidades. También realizan una actividad de sensibilización y concienciación de la sociedad y de las autoridades públicas. Pero a diferencia de otras organizaciones, ellos no hacen de voceros de las comunidades sino que las capacitan para que ellas mismas puedan ejercer sus derechos.

“Llevamos 27 años acompañando procesos de desarrollo. Por supuesto que hablamos con las autoridades, proporcionamos información y, cuando es necesario, denunciamos. Pero son los indígenas quienes deben gestionar y tutelar sus derechos. No queremos hacerlos dependientes de ninguna organización”.

El enfoque para capacitar a las comunidades en el autogobierno es similar al seguido en Alimento para la vida. En este caso Fucai se apoyó en la tradición de los wayúu en la construcción de viviendas. Uno de los elementos presentes en la cultura wayúu es la existencia de unas edificaciones donde tienen lugar las asambleas, las reuniones colecticas y se toman las principales decisiones políticas y organizativas que afectan a la comunidad. La edificación tiene una estructura similar a un cobertizo hecho de ramas.

Por una serie de razones ese “espacio público” había ido desapareciendo y Fucai decidió recuperarlo como un medio para impulsar el debate público y la capacidad organizativa de las comunidades.

“Aunque partimos de las tradiciones –precisa Ruth- procuramos mejorarlas. Se necesitaba hacer una construcción resistente a los vientos del desierto y, al mismo tiempo, que protegiese del intenso sol y resistiese el peso de la arena que se va depositando en el techo. No era infrecuente que el techo se lo llevase el viento o que la construcción estuviese mal orientada respecto del sol. Con ayuda de la facultad de arquitectura mejoramos la estructura utilizando guadua, que es un material asequible y muy flexible.  Ahora los wayúu están ya capacitados para construir según sus antiguas tradiciones pero incorporando las mejores necesarias”.

El esfuerzo, el sudor y la risa

La filosofía de trabajo de Fucai combina la visión a largo plazo, imprescindible cuando se quiere ganar la confianza de las comunidades y generar un cambio estructural, con la necesidad de mostrar resultados a corto plazo. Son conscientes de que no pueden esperar a los cambios legislativos o a que los responsables políticos asuman sus compromisos para comenzar a andar.

“Por supuesto que tratamos de influir en los responsables políticos, pero no podemos quedarnos parados hasta que se aprueben las leyes, se reúnan los responsables y se planifiquen los recursos, porque mientras la gente se muere y por eso intervenimos con acciones concretas. La enfermedad tiene unos plazos mucho más cortos que los que se toman los políticos para actuar y por eso no podemos quedarnos con los brazos cruzados. Tenemos una visión a largo plazo, pero eso no nos impide actuar en el corto plazo”.

Lo más interesante de este proceso de innovación que incorpora las tradiciones como elemento esencial es que los resultados se ven en el muy corto plazo. En muy poco tiempo Fucai ha conseguido resultados, como explica Ana Botero, directora corporativa de Innovación Social de la CAF-banco de desarrollo de América Latina.

“Esta intervención es altamente innovadora. Se fortalecen las capacidades de resiliencia de las comunidades con el fin de disminuir y superar su vulnerabilidad. Desde un enfoque de derechos y capacidades, eminentemente colaborativo, la intervención se diseña para asegurar una mejora sostenible de las condiciones de vida de las comunidades indígenas. Esto se hace principalmente a través de procesos integrales que reconocen y se fundamentan en la cultura, identidad y cosmovisión de las distintas etnias en el territorio, que requieren la participación comunitaria y familiar en el diseño y en el ‘cómo hacerlo’, que priorizan la inversión social por encima de acciones asistencialistas y atomizadas y que centran su mirada en la remoción de las causas del problema, por oposición a la mitigación de sus síntomas”, explica Botero.

“Evidentemente, es una intervención muy compleja pero en la que creemos firmemente que podremos contribuir con el alivio de las condiciones de pobreza y de exclusión del pueblo wayúu. Es imperativo, por supuesto, la concurrencia de muchos esfuerzos y recursos; evidentemente, además de las comunidades como actor clave de su propio desarrollo, se requiere de la participación activa de los actores públicos con el fin de que se formulen políticas públicas pertinentes”.

“Pero al mismo tiempo –continúa Ruth- hay que darse tiempo porque la confianza no se genera en una visita. Nosotros no nos vamos. Permanecemos aquí. Nos alojamos donde ellos se alojan, comemos lo que ellos comen y caminamos por donde ellos caminan, sólo así se construye confianza. No se pueden impulsar proyectos desde el escritorio”.

Su Majestad el Rey hace entrega a Ruth Consuelo Chaparro del galardón que le acredita como ganadora del Premio Bartolomé de las Casas, en su edición de 2015.

Ruth Chaparro viajó a Madrid para recoger el Premio Bartolomé de las Casas que le entregó personalmente el Rey Felipe VI en el Palacio de la Zarzuela el pasado mes de julio. Para ella este premio tiene un gran simbolismo, porque siendo muy joven había leído al sacerdote Juan Ginés de Sepúlveda, el gran adversario de Bartolomé de las Casas, que sostenía que los españoles tenían el deber de gobernar “estos bárbaros del Nuevo Mundo e islas adyacentes, los cuales en prudencia, ingenio, virtud y humanidad son tan inferiores a los españoles como niños a los adultos y las mujeres a los varones, o los negros a los blancos, habiendo entre ellos tanta diferencia como la que va de gentes fieras y crueles a gentes clementísimas”.

Con el tiempo llego a conocer a esos “barbaros”, a tratarlos, a comprenderlos y a quererlos. Y se dio cuenta que esos pueblos esconden una sabiduría muy grande. “Tratan al medio ambiente con mucho respeto, cuidan y estiman a sus ancianos, dedican tiempo a sus hijos”. En medio de esas dificultades, que son muchas y muy grandes no pierden el buen humor. Sus vidas están llenas de rituales, danzas, conjuros, juegos.

Por eso Ruth sonríe y piensa que los wayúu tienen razón, y que el destino nos depara grandes sorpresas, una de ellas es que, después de 500 años, un Rey de España, “inteligente y muy humano”, les entregase en persona el Premio Bartolomé de las Casas y diese las gracias a todos los pueblos indígenas “por permitirles comprender toda su sabiduría”. Una sabiduría, la de los wayúu, que gusta recordar “que en la vida nos acompañará siempre el esfuerzo, el sudor y la risa. Sí, la risa, que, a pesar del dolor, nunca nos abandonará”.

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