A más I+D, más supervivientes de cáncer

Este 4 de febrero hemos celebrado el Día Mundial contra el Cáncer, una enfermedad con mil caras a la que cada vez es menos difícil enfrentarse gracias a la I+D de grupos de investigación y empresas innovadoras. Y es que, según datos de la Fundación Científica AECC, su trabajo ha servido para que la supervivencia para aquellos que lo sufren se haya incrementado un 20% durante los últimos 20 años.
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Ayer celebrábamos el Día Mundial contra el Cáncer, esa enfermedad que nos es difícil de olvidar, no solo por su cercanía sino por lo agresivo de sus tratamientos y los pronósticos (a veces poco halagüeños) que trae consigo. Según datos recientes de la Sociedad Española de Oncología Médica (SEOM), el 53% de los diagnosticados termina superándolo, un 10% más que hace una década y un 20% más que hace 20 años, según apunta la Fundación Científica de la Asociación Española Contra el Cáncer (AECC).

La inmensa mayoría de esa ‘nueva esperanza’ ha venido de la mano de muchos grupos de investigación y de empresas farmacéuticas y biotecnológicas, de sus incesantes trabajos de I+D, que no siempre están tan reconocidos como debiera. De hecho, hace unas semanas, publicábamos un tema sobre la triste apuesta de España por la I+D, tanto desde el punto de vista público como privado. Empresas, patronales, grupos de investigación y demás agentes vinculados a la dura tarea de hacernos avanzar protestan cada vez con más fuerza sobre la falta de incentivos para captar inversores y los bajos presupuestos públicos que se dedican a ello.

Tras los duros años de la crisis, la dotación que el Estado destinó a este fin cayó estrepitosamente. Ahora las cifras suben, pero sólo de cara a la galería, ya que el análisis real confirma que España gasta cada vez menos en I+D. ¿Cómo puede ser? Pues dedicando más de la mitad del presupuesto (unos 3.900 millones de euros de los más de 6.500 millones aprobados) a créditos de difícil acceso y peor retorno, que terminan por no ejecutarse.

Muchas de las compañías que han optado a ellos denuncian que desde Hacienda se les reclama la devolución del dinero prestado con la misma insistencia, prisa y recargos que si fuesen, por ejemplo, un bar que acaba de abrir sus puertas al público (con todos nuestros respetos hacia el noble arte de la hostelería), que ofrece resultados prácticamente instantáneos.

No se da cuenta el organismo regido por Cristóbal Montoro de que el éxito de estas empresas innovadoras y los proyectos que llevan a cabo (por ejemplo, de investigación contra el cáncer) dependen de una inversión a largo plazo mantenida en el tiempo, que sus investigaciones, de elevado presupuesto, no dan frutos reales hasta pasados, al menos, ocho años desde que llega la primera remesa de fondos.

El Estado da ayudas envenenadas para I+D que, lejos de apoyar el crecimiento de una pequeña o mediana empresa de estas características, llegan a asfixiarla hasta la muerte.

Son ayudas envenenadas que, lejos de apoyar el crecimiento de una pequeña o mediana empresa de estas características, llegan a asfixiarla hasta la muerte. De hecho, a principios de año la Asociación Española de Bioempresas (Asebio) pedía al Gobierno un rescate para su sector, en el que un buen número de compañías se encuentran al borde de la liquidación por el coste que les están suponiendo los préstamos ‘en condiciones ventajosas’ que les concedió el Estado.

Y antes de Navidad un nutrido grupo de investigadores se presentaba ante Alberto Nadal, secretario de Estado de Presupuestos, para hacerle comprender que si lo que España realmente quiere es potenciar la I+D+i no se está siguiendo el mejor camino. Nuestro país necesita que se aprueben nuevas medidas que fomenten la inversión de esta actividad a largo plazo, que eviten la fuga de cerebros y que pongan en valor a nuestros científicos.

Ciencia en el Parlamento

Con la intención de que este mensaje deje de darse de forma diluida y que todos los agentes implicados se unan en la difícil tarea de mentalizar a los políticos y a la ciudadanía de la necesidad de aplicar la I+D+i en nuestro día a día, se ha creado Ciencia en el Parlamento, una iniciativa ciudadana promovida por Andreu Climent, investigador en el Hospital madrileño Gregorio Marañón.

Su objetivo es el de que la ciencia y el conocimiento científico estén cada vez más presentes en la formulación de propuestas políticas. ¿Cómo? Normalizando la figura del asesor científico dentro del Parlamento, una ‘rara avis’ dentro de las Cámaras alta y baja. Su presencia es ciertamente necesaria, por ejemplo para medir de forma objetiva el impacto de las leyes y normativas que se adoptan desde Congreso y Senado.

Climent no pretende con esto pedir apoyos o fondos para los sectores innovadores. Más bien quiere que la ciencia se convierta en algo más cercano para la ciudadanía, que se sepa que su desarrollo es crucial para nuestra evolución. “Queremos promover una cultura política cercana a la ciencia y potenciar una actividad científica al servicio de los intereses y las necesidades de la sociedad”, comentan sus promotores en un documento que ha convencido ya a más de 1.300 personas y organizaciones en España. “Para lograrlo necesitamos que nuestros representantes políticos mantengan contactos regulares con miembros del sector de la ciencia, el desarrollo y la tecnología, además de la innovación en España”, explica Climent.

Ahora solo queda que los políticos escuchen, pero que escuchen de verdad y se dejen aconsejar. Y para ello se está estudiando la organización de un evento en el que científicos, parlamentarios, medios de comunicación, abogados y otros agentes implicados en el proceso pondrán en común nuevas ideas. Ideas que sirvan de germen para nuevos proyectos de trabajo conjunto que tengan como propósito dar mejores herramientas a la sociedad española. Y, quién sabe, quizás algún día convertir el cáncer en un mal sueño del que podamos despertar.

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