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Las farmacéuticas eligen España para innovar en medicina personalizada

En los últimos dos años, España ha mejorado sus plazos de puesta en marcha y de autorización de nuevos medicamentos y, gracias a ello y a la experiencia de los profesionales sanitarios, algunas multinacionales barajan los centros españoles como primera opción europea para poner en marcha sus proyectos.
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En el mundo de la salud cada día se oyen con más fuerza las palabras ‘medicina personalizada’, un concepto basado en la búsqueda de terapias mucho más acertadas en función de las características individuales de cada paciente y no de los protocolos estandarizados de las distintas enfermedades.

Aunque aún no se ha generalizado, ya hay muchos hospitales y centros clínicos que tienen en marcha iniciativas relacionadas, enfocadas a la búsqueda de una dosis exacta de antibiótico o de un tratamiento certero para acabar con un cáncer, dos de los ejemplos más habituales.

Por otra parte, esta individualización del tratamiento está marcando buena parte de los pasos de la I+D clínica y farmacéutica. Un camino que ha perfilado los ensayos clínicos de nuevos fármacos que no paran de sucederse a lo largo y ancho del mundo, y muy especialmente en España.

“Desde la entrada en vigor del nuevo Real Decreto de Ensayos Clínicos, en enero de 2016, hemos visto cómo los plazos para la puesta en marcha de ensayos se reducían de forma muy notable, pasando de 155 a 124 días”, explica el subdirector general de la Asociación Nacional Empresarial de la Industria Farmacéutica (Farmaindustria), Javier Urzay.

En total, los plazos para iniciar ensayos clínicos con nuevos fármacos han caído un 20% en los dos últimos años, según la patronal. Esta también celebra que la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios (Aemps) haya reducido los tiempos de autorización de estos estudios: de los 89 días de 2015 a los 64 de 2017.

Para la investigación clínica no comercial, promovida desde el Sistema Nacional de Salud (SNS), la normativa de 2015 sirvió para aligerar la carga burocrática de determinados procesos. “Se introdujo el concepto de ‘ensayos de baja intervención’, que cuenta con algunos beneficios. Por ejemplo, gran parte de la documentación a presentar, como la de seguro, es más sencilla”, comenta Emilio Vargas, coordinador de la Plataforma de Unidades de Investigación Clínica y Ensayos Clínicos (Scren por sus siglas en inglés). En su opinión, el decreto supuso “una mejora a la hora de funcionar y de ser más ágiles en cuanto a la resolución de las autorizaciones por parte de la Aemps”.

Los cambios promovidos por la normativa han servido para que España se haya convertido en el octavo país europeo con menores plazos para la aprobación de los ensayos clínicos.

Los cambios promovidos por la normativa han servido para que España se haya convertido en el octavo país europeo con menores plazos para la aprobación de los ensayos clínicos; el cuarto más rápido al incorporar el primer paciente y el séptimo respecto a la puesta en marcha. Así lo manifiestan los datos del Proyecto BEST de excelencia en investigación clínica, promovido por Farmaindustria.

Esta iniciativa ha impulsado en una década más de 3.000 ensayos con unos 130.000 participantes en hospitales españoles. A ella se han sumado 45 compañías farmacéuticas, 55 hospitales públicos y privados, 13 comunidades autónomas y tres grupos de investigación independientes.

Un documento que deja patente que cada vez son más las empresas farmacéuticas que confían en los profesionales y los centros españoles a la hora de llevar a cabo sus ensayos. “Ya hay unas cuantas multinacionales que miran hacia España como el primer país de Europa al que traer investigación. Sobre todo ensayos en fase I y fase II, en los que se incluyen los trabajos más novedosos basados en medicina de precisión. Y se pueden hacer porque tenemos muy buenos científicos con unidades preparadas para ello”, valora Amelia Martín, responsable de la Plataforma Española Medicamentos Innovadores.

Oncología y enfermedades raras

El área terapéutica en la que más se trabaja es la oncología: de entre los más de 4.000 casos publicados en el Registro Español de Ensayos Clínicos (REec), dependiente de la Aemps, el 25% están dedicados al cáncer. Aunque también el área de las enfermedades poco frecuentes registra un porcentaje importante: el 18% de los ensayos realizados (o en proceso de realización) desde el 1 de enero de 2013 hasta la actualidad.

La rama de la oncología sigue avanzando y desarrollándose por motivos más que obvios: según el último informe de la Sociedad Española de Oncología Médica (SEOM), el cáncer constituye una de las principales causas de morbilidad del mundo, y se estima que el número de nuevos casos anuales alcance los 24 millones en 2035 a nivel global. En cuanto a España, en 2017 se registraron unos 228.500 nuevos pacientes y se prevé que para 2035 la cifra superará los 315.000.

Se trata de una serie de patologías (existen más de cien tipos de cáncer) que arrancan en muchas ocasiones con una mutación genética de las células, haciendo que ningún caso sea igual a otro. De ahí que la I+D en este campo esté volcada en los tratamientos y en las técnicas de diagnóstico más personalizadas, basadas en la información genética del paciente.

“Hay muchos ensayos en fase I en los que se está trabajando con tratamientos dirigidos, aunque lo que más estamos viendo es la combinación de la inmunoterapia con otros elementos: fármacos, radioterapia, etc.”, asegura Aitana Calvo, secretaria científica de SEOM. Según la también oncóloga médico del Hospital Universitario Gregorio Marañón (Madrid), esta es una de las vías de las que más se ha hablado en el último Congreso Anual de la Sociedad Americana de Oncología Clínica (ASCO), celebrado en Chicago hace unas semanas.

A través de la inmunoterapia (o terapia biológica) se busca estimular las defensas naturales del cuerpo para que sean estas las que combatan y destruyan o ralenticen a las células cancerosas. “Ya se está utilizando en determinados tipos de tumores en los que sabemos que funciona y que tiene buenos resultados. El problema que tenemos con este tratamiento es que todavía no tenemos herramientas para predecir qué pacientes van a responder, y eso es fundamental teniendo en cuenta que son fármacos muy caros”, advierte Calvo.

Otra vía de investigación para hacer frente tanto a determinados tipos de cáncer como a algunas enfermedades poco frecuentes es la de la terapia génica, que consiste en la inserción de elementos funcionales ausentes en el genoma de un individuo. Con ella se está explorando la posibilidad de eliminar ‘errores’ genéticos que determinan la aparición de un buen número de enfermedades raras hereditarias.

Ya hay aprobado algún tratamiento, y muchos en marcha. El jefe de la División de Terapias Innovadoras Hematopoyéticas en el Centro de Investigaciones Energéticas Medioambientales y Tecnológicas (Ciemat), Juan Bueren, aseguraba hace unos meses durante un encuentro organizado por la compañía farmacéutica Pfizer que de aquí a cinco años todos los pacientes de patologías monogénicas de la sangre serán tratados con terapia génica.

De aquí a cinco años todos los pacientes de patologías monogénicas de la sangre serán tratados con terapia génica.

El papel protagonista del paciente

En el proceso de desarrollo de un ensayo clínico cada vez está más presente la figura del paciente, que ha dejado de ser un mero observador gracias a la formación que recibe, cada vez mayor, y a la fuerza social adquirida por las asociaciones que les respaldan. Clínicos, investigadores y farmacéuticas son conscientes de ello y por eso se están lanzando iniciativas que promuevan esa participación.

Un ejemplo es la Academia Europea de Pacientes (Eupati), un proyecto paneuropeo incluido en la Iniciativa sobre Medicamentos Innovadores (IMI). Dirigida por el Foro Europeo de Pacientes, en esta plataforma formativa participan 33 organizaciones, entre las que hay universidades, organizaciones sin ánimo de lucro, asociaciones de pacientes y compañías farmacéuticas.

Estas propuestas formativas llevan implícito el objetivo de que los pacientes, desde sus asociaciones más representativas, puedan aportar enteros en los procesos de I+D en los que vayan a participar. “Hemos venido demandando el que se nos permita participar en las distintas etapas de los ensayos clínicos para mejorar su calidad. Por eso hemos promovido el proyecto Co-Participar, en el que han trabajado pacientes con experiencia en este campo”, explica José Luis Baquero, vicepresidente y coordinador científico del Foro Español de Pacientes.

Este grupo de trabajó determinó los cinco momentos en los que el paciente podría ser valioso para hacer aportaciones en el proceso de investigación: en la fase de diseño, reclutamiento, desarrollo, valoración y seguimiento, con una serie de conclusiones presentadas en el último congreso de la Sociedad Española de Atención al Usuario de la Sanidad (Seaus).

“Con este documento hemos querido llamar la atención de algunos puntos en los que creemos que no estamos correctamente valorados. Por ejemplo, en la fase de diseño no se suele tener en cuenta a algunos segmentos de la población, como a los pacientes con comorbilidades o los menores de edad, ya que la normativa hace difícil tener una experiencia con ellos”, asegura Baquero.

Por otra parte, proyecto Co-Participar también hace hincapié en que los consentimientos informados dejen de ser meros papeles a cumplimentar por los candidatos a un ensayo. “No se trata solo de firmar un documento, sino de darle al paciente la información de forma clara y precisa de en qué va a consistir y qué se va a valorar en él”, indica el portavoz del Foro de Pacientes.

Todavía existe una gran desinformación sobre los ensayos que se llevan a cabo y cómo poder acceder a ellos.

“Muchas veces se utiliza un lenguaje poco adecuado que impide que una persona que no esté familiarizada con este ámbito pueda comprender lo que necesita saber antes de participar. Creemos que aquí es indispensable que haya una colaboración entre las organizaciones de pacientes y la industria para mejorar este aspecto”, reclaman fuentes de la Plataforma de Organizaciones de Pacientes.

Desde su punto de vista, todavía existe una gran desinformación sobre los ensayos que se llevan a cabo y cómo poder acceder a ellos. “Tanto las asociaciones de pacientes como los profesionales sanitarios tienen un papel fundamental a la hora de difundir esta información, y muchos están trabajando ya en esta línea, pero todavía queda camino por recorrer. Algo que vemos en el alto porcentaje de ensayos clínicos que no pueden llevarse a cabo por falta de personas interesadas en participar”.

En lo que respecta a los colectivos de afectados por patologías poco frecuentes, aseguran estar mucho más integrados en estos procesos. “Se calcula que un 57% de organizaciones de pacientes han trabajado en la identificación de casos susceptibles de entrar en ensayos clínicos”, asegura Juan Carrión, presidente de la Federación Española de Enfermedades Raras (Feder).

Esta organización ha sido capaz de reunir a 70 agentes de diferentes administraciones públicas (nacional y autonómicas) junto a profesionales sanitarios, científicos e industria farmacéutica en la III Conferencia Europlan. “Entre las 20 conclusiones extraídas de este proyecto se incluye la de agilizar los procedimientos de acceso a los ensayos clínicos para generar evidencia contrastada y minimizar el uso de los medicamentos en situaciones especiales”, comenta Carrión.

Una propuesta que desde la asociación se ha elevado a nivel internacional a través de proyectos como las 24 Redes Europeas de Referencia (ERN): una serie de redes virtuales que conectan a distintos proveedores de asistencia sanitaria de todo el continente para poder compartir casos complejos, solicitar consejo y así hacer frente con menores dificultades a las enfermedades poco frecuentes. España tiene representación en 17 de ellas.

“Este trabajo en red es fundamental, porque la selección de pacientes para participar en ensayos también evoluciona hacia la individualización, como la medicina personalizada. Se complica mucho, puesto que cada proceso necesitará un paciente concreto con unas características concretas, con un biomarcador concreto… que puede estar en el centro donde se va a poner en marcha el estudio o no”, puntualiza Amelia Martín.

Las Redes Europeas de Referencia (ERN) son una serie de redes virtuales que conectan a distintos proveedores de asistencia sanitaria de todo el continente para poder compartir casos complejos y solicitar consejo.

“A través de la coordinación transfronteriza, podríamos disponer de un banco documental a nivel internacional de estudios epidemiológicos, ensayos clínicos, estudios de prevalencia y análisis de seguimiento, favoreciendo un sistema de codificación y recogida de datos unificados que responda a los criterios internacionales”, explica Carrión.

Este añade que la colaboración a nivel internacional “permitirá también ampliar la muestra de pacientes y suplir la dispersión geográfica, porque ningún país tiene el conocimiento y la capacidad para tratar todas las condiciones raras y complejas”. Algo que, a su entender, servirá además para abaratar los costes de los ensayos clínicos.

Las posibilidades del big data

Como en la mayoría de sectores, las tecnologías de la información y la comunicación (TIC) están muy presentes en el campo de la salud y muy probablemente, marcarán parte de un futuro aún por descubrir. Mucho tendrá que ver en él el llamado big data que apenas está implantado en este ámbito. “Todo el mundo habla de big data, pero en realidad no se está utilizando. Casi no hay aplicaciones en el mundo de la medicina y todo lo que te podamos contar es pura especulación”, advierte Julio Mayol, director médico del Hospital Clínico San Carlos (Madrid).

El único caso que Mayol destaca es el de Savana, un proyecto empresarial que arrancó hace cuatro años de manos de Ignacio Hernández Medrano, neurólogo en el Hospital Ramón y Cajal y una de las últimas incorporaciones en la red de emprendedores de Ashoka.

“Lo que hacemos en Savana es una lectura de historias clínicas con procesamiento de lenguaje natural. Contratamos a lingüistas computacionales capaces de entrenar a la máquina para que esta sea capaz de leer e interpretar textos médicos a gran escala. Ahora nuestro sistema cuenta con más de 170 millones de casos clínicos y, que nosotros sepamos, es el que más ha leído en todo el mundo”, calcula el fundador de la compañía.

Según Medrano, en estos momentos está a punto de cerrar un acuerdo para realizar un estudio multinacional sobre cáncer en el que van a entrar hospitales de España y de otros seis países europeos: Francia, Bélgica, Irlanda, Reino Unido, Alemania y Austria, “una iniciativa que conlleva la traducción a tres idiomas más”. Por otra parte, están preparando la tecnología de Savana para aplicarla también en el campo de los ensayos clínicos.

“Todo el mundo habla de ‘big data’, pero en realidad no se está utilizando. Casi no hay aplicaciones en el mundo de la medicina y todo lo que podamos contar es pura especulación”. Julio Mayol.

“Nadie tendrá ya que rellenar un cuaderno de recogida de datos, ni monitorizarlo de cara a los estudios en fase III. Aunque para llegar a ese punto necesitaremos validar la precisión de extracción lingüística que tiene el sistema. En este sentido, Savana posee un método científico y transparente con el que los evaluadores externos que participan en las investigaciones podrán obtener esta información en el área específica en la que se esté trabajando”, explica el CEO de la compañía.

A nivel más general, Medrano cree que “lo que realmente está cambiando las reglas del juego es la capacidad de almacenar muchos datos, porque te permiten anticipar el futuro. Yo sé el tiempo que va a hacer o cuanto tráfico voy a tener con razonable probabilidad de acierto porque tengo mucho histórico de datos. En salud, y más concretamente en medicina personalizada, se busca algo parecido: saber lo que a un individuo le va a ocurrir si se le da un tratamiento u otro. Es decir, es una forma de pronosticar basada en una gran cantidad de información previa recopilada”.

En este sentido, Mayol puntualiza que para que esto funcione correctamente es necesario que los datos recogidos no sean estructurados, es decir, que no estén marcados por una pauta predefinida y que muestren las verdaderas observaciones del clínico o del investigador. “El problema es que en muchos casos, como los de las redes colaborativas, los datos que se han recogido son estructurados, con los que se está aplicando la estadística convencional”.

Desde el punto de vista del responsable del director médico, en ensayos clínicos el análisis del big data y la inteligencia artificial abre interesantes posibilidades que, por otra parte, parecen estar aún lejos del alcance. “Se podría simular una realidad virtual incluso para testar fármacos, basada en los datos existentes, que deberían ser muchos. Podríamos crear individuos digitales sobre los que simular el efecto de determinadas intervenciones. Pero es pura especulación, lo más probable es que todavía no contemos con el desarrollo computacional necesario”.

O sí. Muchas de las fuentes consultadas intuyen que los grandes gigantes tecnológicos están trabajando ya en ello. Eso sí, con el máximo secreto. Y aunque no se sepa mucho al respecto, parece bastante lógico que el futuro de la medicina pase también por el análisis de grandes volúmenes de datos. De la misma forma que estará íntimamente ligado a la personalización de los tratamientos y a las características concretas de cada paciente. Pacientes cada vez más informados y formados sobre sus dolencias que quieren participar de forma activa en ese potencial progreso del sector salud.

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