En el modelo clásico de los bancos de alimentos también cabe la innovación social

La crisis económica y social asociada a la pandemia del coronavirus ha incrementado de forma sustancial la inseguridad alimentaria en muchos lugares del mundo.
Javier Crespán27 noviembre 2020

Desde hace meses, la FAO y el Programa Mundial de Alimentos vienen advirtiendo de los riesgos severos que las disrupciones asociadas a la covid-19 implican para los países más vulnerables desde el punto de vista alimentario.

Países a priori mucho menos vulnerables tampoco se han librado de los efectos que la lucha contra la pandemia ha tenido sobre la seguridad alimentaria. En Estados Unidos, por ejemplo, el número de personas que necesitó recurrir a los servicios de los bancos de alimentos se disparó de forma extraordinaria durante la primera ola del coronavirus.

En julio pasado, la Red de Bancos de Alimentos de Argentina informaba que en los seis primeros meses del 2020 los bancos de alimentos que forman parte de la misma habían distribuido un 175% más de alimentos que en el primer semestre del año anterior.

Mientras, en España, los bancos de alimentos que se agrupan en Fesbal (Federación Española de Bancos de Alimentos) han visto subir la demanda de ayuda un 40% con respecto a los niveles anteriores a la pandemia.

Son solo algunos ejemplos del rápido crecimiento que la inseguridad alimentaria ha tenido en los últimos meses en muchos países. Por otra parte, son también ejemplos del importante papel que los bancos de alimentos juegan en muchos de ellos a la hora de enfrentar esa inseguridad alimentaria.

El modelo de los bancos de alimentos es relativamente sencillo: acopian alimentos procedentes de donaciones y la recepción de excedentes para su distribución a personas que los necesitan. Esa distribución la pueden hacer directamente los bancos de alimentos, o más comúnmente, otras organizaciones con fines sociales que reciben los alimentos que los bancos acumulan.

A primera vista, es un modelo de trabajo tan simple que podría pensarse, equivocadamente, que no hay mucho margen para la innovación. En la realidad, las complejidades logísticas son significativas, y las oportunidades para innovar tanto a nivel de procesos como de los servicios finales no son en absoluto desdeñables.

La sucursal de Harlem del Banco de Alimentos para la Ciudad de Nueva York, por ejemplo, se alió con Toyota para mejorar sus procesos de gestión de almacenes y reparto de comida a beneficiario final. Siguiendo los principios lean propios de la compañía japonesa, se analizaron y reajustaron los procesos de trabajos con el objetivo de mejorar su eficiencia.

Los resultados: se redujeron de forma drástica los tiempos de clasificación, empaquetado y reparto de alimentos, permitiendo que se pueda ofrecer servicio a más familias y sin ocupar el tiempo de estas en colas innecesarias.

Colaboraciones intersectoriales de este tipo, y la resultante aplicación a problemas sociales de principios y modelos desarrollados en otros ámbitos, son parte fundamental de los procesos de innovación social. En el caso del Banco de Alimentos para la Ciudad de Nueva York, la colaboración que destacamos se dio con un gigante empresarial del tamaño de Toyota, pero en otros casos los bancos de alimentos se apoyan en jóvenes startups para innovar en su gestión.

El papel de la tecnología móvil

En Argentina, los bancos de alimentos de Rosario y Mar del Plata se aliaron con la startup tecnológica Nilus para mejorar sus sistemas de rescate y distribución de alimentos perecederos, mediante una plataforma que utilizaba geolocalización, analítica de datos y aplicaciones móviles para conectar de forma eficiente a donantes de alimentos, transportistas y comedores sociales. Aunque la colaboración entre los bancos de alimentos y esta empresa social ya no continúa, es un buen ejemplo de cómo poner la tecnología al servicio de las necesidades logísticas del sector.

También en Argentina, el Banco de Alimentos de Buenos Aires cuenta con su propia aplicación móvil para facilitar que donantes de alimentos, organizaciones receptoras y voluntarios dispuestos a hacerse cargo del transporte se conecten entre sí.

La alianza entre el Banco de Alimentos de Australia y la empresa social Y Waste sigue una lógica similar, pero en este caso con un foco específico en cafeterías, restaurantes de comida rápida y otros negocios de comidas preparadas.

Las organizaciones sociales registradas con el Banco de Alimentos de Australia entregan a sus usuarios un código personal para crear su perfil en la app de Y Waste. Los negocios, por su parte, suben a la aplicación las comidas que ofrecen, en muchos casos excedentes que terminarían en la basura. El círculo se cierra con los beneficiarios reservando en la app ofertas de comida que por sus características y ubicación se ajusten a sus necesidades, y yendo a recogerlas al negocio en cuestión.

Con mayor o menor éxito, son muchos los bancos de alimentos alrededor del mundo que han recurrido a aplicaciones móviles para simplificar una variedad de aspectos relacionados con su labor, como la gestión de donaciones, la organización de voluntarios, o la difusión de información sobre los servicios que ofrecen.

Los bancos de alimentos del Reino Unido, por ejemplo, se han beneficiado en tiempos recientes de la creciente popularidad del app Foodbank, que permite realizar de forma sencilla donaciones de comida que se adapten a las necesidades que el banco elegido tiene en esos momentos.

Sin embargo, el artículo destaca de forma particular los casos mencionados en Argentina y Australia porque el uso que hacen de la tecnología permite incidir de forma simultánea en dos problemas importantes: el desperdicio de comida y la inseguridad alimentaria. A partir de innovaciones en la logística del rescate de alimentos, apuntan a ofrecer soluciones conjuntas en lo micro a estos dos problemas que están ligados en lo macro.

Una alternativa distinta para atacar ambos problemas al mismo tiempo es mediante innovaciones en el marco legal regulatorio. Esa es la ruta que ha seguido Francia, que desde el año 2016 prohíbe que los supermercados tiren comida y les obliga en su lugar a donarla a bancos de alimentos y otras organizaciones con propósito social, siendo el primer país del mundo en hacer algo similar.

Francia prohíbe desde 2016 que los supermercados tiren comida y les obliga en su lugar a donarla a bancos de alimentos y otras organizaciones con propósito social, siendo el primer país del mundo en hacer algo similar.

La colaboración que Nilus y los bancos de alimentos de Rosario y Mar del Plata desarrollaron en Argentina, con su énfasis en el rescate de frutas, verduras y otros productos perecederos, es también paradigmática de otra tendencia que ha tomado fuerza en los bancos de alimentos de gran parte del mundo. Ya no se trata solo de ayudar a alimentar a los beneficiarios finales, sino de hacerlo además con alimentos de un perfil nutricional más saludable, en particular aumentando la oferta de productos frescos.

Los retos logísticos de gestionar un alto volumen de alimentos frescos de corta vida útil no son menores, pero han surgido soluciones imaginativas en los bancos de alimentos y su entorno. En el sur de California, por ejemplo, la ONG Impact the Change ha desarrollado grandes contenedores refrigerados con energía solar que facilitan que organizaciones sociales dedicadas al acopio y reparto de comida puedan almacenar productos perecederos de forma adecuada. Impact the Change colabora, entre otros, con el Banco de alimentos de San Diego y sus organizaciones asociadas.

En Canadá, el Banco de Alimentos de Mississauga, en el área metropolitana de Toronto, creó su propia granja urbana acuapónica, AquaGrow Farms. La acuaponía combina agricultura hidropónica y acuicultura, lo que permite a este banco de alimentos producir directamente al menos una pequeña parte de las verduras y pescados que suministra a las organizaciones con las que trabaja.

Los bancos de alimentos son en sí mismos una importante innovación social que desde sus orígenes en Estados Unidos en los años 60 se ha difundido a lo largo del mundo. Su éxito no significa que el modelo haya dejado de evolucionar. Más bien al contrario, con su difusión se amplían las oportunidades para innovar y adaptarlo.

Esa capacidad de adaptación es fundamental cuando llegan shocks sociales de la profundidad del que se está viviendo en los últimos meses. En España, los bancos de alimentos agrupados en Fesbal se adaptan, entre otras formas, transformando su tradicional Gran Recogida de Alimentos de un formato en el que abundaban las donaciones físicas de comida a uno centrado en donaciones económicas.

Con este nuevo formato, la Gran Recogida ha recaudado 28 millones de euros entre el 16 y el 23 de noviembre, en un proceso que continuará abierto online hasta el próximo 13 de diciembre.

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