El ‘reporting’ ESG en el consejo: hacia el fin de una arriesgada sopa de letras

GRI, IIRC, SASB, TCFD, CDP o CDSB. Todas buenas en materia de gestión y 'reporting' y complementarias, pero acaban mareando a las compañías y sobre todo a los inversores que son los que tienen el dinero.
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He estado 25 años en BBVA y durante más de diez como director de sostenibilidad. Ahora y tras estar expatriado en el prestigioso IIF, Institute of International Finance, trabajo como senior advisor en LLYC y en la Asociación Española para las Relaciones con los Inversores.

Han sido muchos años al frente del reporting no financiero y los índices de sostenibilidad y el mundo ESG donde la palabra clave era integración. Ahora los asuntos extrafinancieros están de verdad entrando en el mainstream.

Integración que ha empezado en el reporting pero que es reflejo de la gestión integrada y de la consideración de variables no financieras como variables de gestión. Métricas que permiten medir y por ende tomar decisiones junto con otras más tradicionales como el deuda/EBITDA o el free cash flow.

Aparecen variables que, ahora sí, hay que reportar con transparencia y trazabilidad, como el número de mujeres en el consejo, la contribución fiscal total, las emisiones indirectas de gases de efecto invernadero, los salarios medios por categoría o la contribución de la compañía a los 17 Objetivos de Desarrollos Sostenible por poner algunos ejemplos.

Bajo la sabia premisa que lo que no se mide no se gestiona y lo que no se reporta no existe, en el año 2000 nace el ya famoso Global Reporting Initiative, GRI, que según Wikipedia es “una institución independiente que creó el primer estándar mundial de lineamientos para la elaboración de memorias de sostenibilidad de aquellas compañías que deseaban evaluar su desempeño económico, ambiental y social”.

Tiene gracia, por cierto, comprobar cómo las propias webs a veces son tan complejas que se olvidan explicar lo que son. El caso es que en España y en general en los países de América Latina tuvo y sigue teniendo enorme éxito. Yo sigo pensando con cariño que el motivo es que su primer CEO, tipazo que ahora está en el cielo, era un holandés con mujer y alma latina.

La cuestión es que en pocos años este estándar se ha convertido en el estándar para las famosas memorias de RSC, que afortunadamente fueron derivando hacia informes de sostenibilidad y que ahora, gracias a la Directiva de Información No Financiera y las correspondientes trasposiciones (en España la Ley 11) en los Estados de Información No Financiera dentro de los Informes de Gestión de las Cuentas Anuales Consolidadas, son los informes integrados. Es decir, que estos temas han pasado de ser de comunicación a ser temas de negocio y gestión.

Informes integrados

Este movimiento de mainstreaming (entrar en lo que es importante) es afortunadamente imparable, pero ahora el problema es la firma de los administradores de las sociedades que no es cosa fácil por la falta de consistencia de la información reportada.

Me refiero a que ni los consejeros ni los presidentes de las comisiones de auditoría se sienten todavía cómodos con esta información porque pese a llevar los sellos de las big four en la mayoría de los casos, la verificación (una especie de auditoría de segundo nivel) tiene un alcance de seguridad limitada y eso tiene menor rango que los métodos de auditoría financiera.

Ni los consejeros ni los presidentes de las comisiones de auditoría se sienten todavía cómodos con esta información porque pese a llevar los sellos de las 'big four' en la mayoría de los casos, la verificación (una especie de auditoría de segundo nivel) tiene un alcance de seguridad limitada.

La verdad es que siempre digo en mis clases y en mis consultorías (sí, ahora soy consultor y me quito el sombrero de lo difícil que es; no hay nada como estar en ambos lados de la barrera) que en un informe integrado o en un buen informe de gestión o incluso en un informe de sostenibilidad hay dos claves además de la carta del primer ejecutivo: el índice y la carta de verificación independiente.

Dios mío, qué poca gente lee estas tediosas cartas en lenguaje de disclaimer, pero cuando lo haces están llenas de datos muy valiosos para hacer buenos ratings extrafinancieros que complementan a los financieros.

No he comentado que el GRI o, mejor dicho, que los informes siguiendo este estándar requieren de unos 170 indicadores muy específicos sobre estrategia, códigos de conducta y corrupción, asuntos laborales, de derechos humanos, medioambientales o fiscales, por mencionar solo unos pocos.

Es un horror, pero es una maravillosa guía que te permite reportar y, lo que es mejor, gestionar en base a métricas de impacto del negocio en las sociedades donde opera.

Todo ello busca, en última instancia, transparencia y protección del consumidor y permite a las compañías ser más elegibles para todos los grupos de interés o stakeholders que cuentan ya con información mucho más concreta de lo que son y lo que implican.

Europa, el regulador

En un ambiente de creciente regulación europea en materia de sostenibilidad y reporting no tardó mucho el surgir el IIRC -International Integrated Reporting Council-, que es una coalición global de reguladores, inversores, empresas, emisores de normas, la profesión contable, el mundo académico y las ONG y que promueve la comunicación sobre la creación de valor como el siguiente paso en la evolución de los informes corporativos.

Cuanto trabajaba en Washington me molestaba mucho escuchar tantas veces lo de “USA inventa, China copia y Europa regula”, pero el devenir de los acontecimientos en los últimos años me temo que les está dando la razón. Ahora, por ejemplo, con el Plan de Finanzas Sostenibles de la Comisión Europea estamos viendo cada semana una nueva regulación con enormes implicaciones para el sector financiero como canalizador de flujos financieros hacia actividades sostenibles. Y esto afecta por ende a todos los sectores que tienen que pasar por Vicaría tarde o temprano. Es muy inteligente, la verdad.

El mundo de la ESG empezó con la famosa y olvidada RSC y que por ser abusada desde la perspectiva reputacional se transformó en sostenibilidad ESG, que tiene una connotación mucho más de negocio y de gestión de riesgos que la primera.

Los riesgos de las sopas de letras

En fin, que quiero hablar de la sopa de letras del mundo de la ESG (acrónimo de medioambiental, social y de gobierno corporativo), mundo que empezó con la famosa y olvidada RSC y que por ser abusada desde la perspectiva reputacional se transformó en sostenibilidad ESG, que tiene una connotación mucho más de negocio y de gestión de riesgos que la primera.

Bien, pues además del GRI y del IIRC al poco tiempo salió un gran competidor, pero muy gringo en principio y afortunadamente muy centrado en lo importante desde la perspectiva financiera para la empresa -yo siempre digo que es la clave porque es esta la auténtica materialidad y además la social o la medioambiental acaban siendo financieras en última instancia- el SASB, Sustainability Accounting Standards Board.

Ellos mismos dicen que lo que distingue a los estándares SASB es un enfoque en la información financiera material que cubre una variedad de áreas de sostenibilidad específicas de la industria (son 77 industrias), incluidos los temas ambientales y sociales y la gobernanza.

“SASB se centra en cuestiones de importancia financiera porque nuestra misión es ayudar a las empresas de todo el mundo a informar sobre los temas de sostenibilidad que más importan a los inversores”, explican.

Pues no contentos con esto en el año 2017 el Financial Stability Board lanza el TCFD, Taskfore on Climate Related Financial Disclusore, con Michael Bloomberg y Mark Carney, por entonces gobernador del Banco de Inglaterra, a la cabeza.

El objetivo era desarrollar recomendaciones para reporting relacionadas con el clima que podrían promover decisiones más informadas de inversión, crédito y suscripción de seguros y, a su vez, permitir que las partes interesadas comprendan mejor las concentraciones de activos relacionados con el carbono en el sector financiero, así como las exposiciones del sector y del sistema financiero a los riesgos relacionados con el clima.

Además de las cuatro mencionadas hasta ahora, GRI, IIRC, SASB y TCFD, otras tantas habían conseguido estándares y frameworks muy solventes también, como es el caso del CDP (Carbon Disclosure Project) o el CDSB (Climate Disclosure Standards Board).

Y lo peor de todo es que estas seis eran todas buenas en materia de gestión y reporting y complementarias, pero acabaron mareando a las compañías y sobre todo a los inversores que son los que tienen los dineros.

Primero fue Larry Fink, CEO de BlackRock, la mayor gestora del mundo (ocho veces el PIB de España en activos bajo gestión), quien en su carta a los principales CEO de las compañías más grandes del mundo dio un golpe en la mesa y les dijo que usaran SASB y TCFD y así será.

Como principal dueño de las 35 del Ibex nadie se lo va a cuestionar. Usarán ambos estándares y a correr.

A esto se suma el reciente y alentador anuncio de hace unos días de fusión entre el SASB y el IIRC (este sí que es sinérgico en ingresos y costes y complementario y crea valor desde el momento cero).

Se trata de simplificar la comunicación y el reporting sobre la capacidad de creación de valor en el medio y largo plazo de las compañías y de simplificar el uso de esta información para los inversores y para el resto de stakeholders o grupos de interés.

Esta simplificación derivada de la fusión nos deja ya un mapa de herramientas mucho más sencillo para contar la historia -con minúsculas- de la compañía, lo que es y quiere ser y sobre cómo gestiona sus impactos económicos, ambientales, y sociales allí donde opera.

Transparencia, seguridad, claridad y simplicidad para crear confianza en los mercados. ¡Y a los consejeros!

Artículo original publicado en Consejeros.

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