JuventudeS, divino tesoro. Cuando el plural sí importa

“La juventud necesita creerse, a priori, superior. Claro que se equivoca, pero este es precisamente el gran derecho de la juventud”. José Ortega Y Gasset (1883-1955).

Tendemos a singularizar y quizá sea el momento de pluralizar. ¿Es la juventud uniforme? ¿Son similares los desafíos para los jóvenes del ámbito rural y del urbano? ¿Clases medias y familias en riesgo de exclusión social mantienen mismas prioridades? ¿Pueden tener los mismos objetivos quienes vienen de culturas diversas o manejan distintos idiomas? ¿Comparten anhelos los jóvenes con determinadas capacidades limitadas o de desigual capacidad formativa?

Probablemente que sea feliz y buena persona es el principal deseo de todo padre y de toda madre para con sus descendientes. Quizá ese sea el objetivo de toda vida plena, pero el punto de partida no es similar para todos los jóvenes y las jóvenes de nuestra sociedad.

Por todo ello, siguiendo la sencilla pero siempre inspiradora reflexión de mi profesor de secundaria, y amigo, Juan Carlos Ferré, comparto que las estrategias y las líneas de acción a llevar a cabo con las juventudes no pueden, ni deben, ser similares.

Una concepción uniforme podría conducirnos a privar a parte de la misma de sus legítimas aspiraciones. Quizá sea la edad el único criterio verdaderamente uniforme que comparte la juventud.

Y es la administración pública la que primero debería pensarlo, hablamos del Instituto de la Juventud (Injuve) y de los múltiples institutos de la juventud de las comunidades autónomas, pero quizá su nombre debería ser el de juventudes.

Juventudes como presente y con presupuesto

La juventud no es uniforme, hablemos de juventudes y escuchemos sus demandas, sus reivindicaciones y sus propuestas de futuro. Como ya nos anticipase Ortega y Gasset, se equivocarán, pero ese es, precisamente, su gran derecho. Todos nos hemos equivocado, todos hemos cometido errores, pero como dijesen nuestros clásicos, todo pasa por levantarse una vez más. Somos juventudes, no juventud, no hay uniformidad y esa es la verdadera riqueza. Debemos aprovechar dichas potencialidades.

Soy de los que piensan que la juventud no es futuro sino presente. Las nuevas tecnologías, los grandes avances informáticos, hacen que vivamos en un mundo acelerado. Lo que hoy nos parece novedoso pasa por ser obsoleto en menos de una semana. Las juventudes tienen mucho que decir, mucho que aportar, no para el mañana sino para el hoy que ya estamos construyendo entre todos.

En ocasiones se me pregunta qué necesita hacer la Administración pública para afrontar con garantías los retos a los que se enfrentan nuestras juventudes. Mi respuesta es la misma que tendía a dar cuando como vocal asesor en materia de Igualdad se me preguntaba por dicho precepto, ¿cómo trabajar para la igualdad? ¿Cómo trabajar para la juventud?: con presupuesto.

Es cierto que tanto igualdad como juventud son elementos transversales de toda acción política, pero no cometamos el error de que fruto de la transversalidad acabemos por marginar dichas políticas públicas.

Transformemos la transversalidad en oportunidad. El presupuesto es la mejor de las garantías para una acción concreta, clara, definida y sostenible en el tiempo.

Quizá esta crisis nos ayude a desarrollar una política para los jóvenes con los jóvenes, compartiendo responsabilidades y generando respuestas conjuntas.

Crisis y oportunidades

Con la crisis de la covid-19 muchos criticaron y critican a la juventud por incumplir, en ocasiones, las distancias de seguridad y los requisitos normativos generados al efecto. Estas actitudes son ya no solo criticables sino constitutivas de delito.

Vaya por adelantado mi condena para esos reducidos grupos, pero, al mismo tiempo, vaya mi agradecimiento a todos esos miles de jóvenes que no solo cumplieron la normativa sino que con sus acciones voluntarias y desinteresadas apoyaron la labor de sanitarios, de acompañamiento, educativas, formativas y constitutivas de una sociedad comprometida.

Hay cosas que podrán ser criticables o matizables, pero pocos podrán poner en entredicho el compromiso de nuestras juventudes para con el cambio climático, la igualdad, la igualdad de oportunidades o la reducción de las desigualdades.

Nos debemos sentir orgullosos de un país como España, siempre a la vanguardia de proyectos solidarios y comprometidos y, por ende, debemos sentirnos orgullosos de nuestras juventudes.

En ocasiones se nos olvida que, si bien es cierto que nuestros mayores padecieron una guerra civil y las severas consecuencias económicas de la postguerra, nuestros jóvenes están padeciendo una doble crisis financiera, la de 2008 que privó a muchos de ellos de un trabajado desarrollo profesional y la que nos está llegando en este 2020 una vez que nos recuperemos de la sanitaria que, afortunadamente, ya parece que estamos sobrellevando.

Salgamos más fuertes

Debemos poner todos los instrumentos necesarios para que esta no sea la generación covid, sino una generación fuerte. Quizá esta crisis nos ayude a cambiar el enfoque. Quizá esta crisis nos ayude a desarrollar una política para los jóvenes con los jóvenes, compartiendo responsabilidades y generando respuestas conjuntas. Hablar de los derechos de los jóvenes no implica simplemente contar con su opinión, sino que sean también ellos los que decidan.

Parafraseando a mi actual directora general en el Injuve, María Teresa Pérez, tres deben ser los derechos fundamentales para nuestra juventud, el derecho universal a optar por una educación pública, gratuita y de calidad, el derecho a crear no ya solo más empleos sino a que estos sean dignos y el derecho a la vivienda. Solo sobre la base de esos derechos lograremos que nuestros jóvenes sean autónomos y logren emanciparse.

En España consideramos joven a las personas menores de 30 años (salvo en el sector agrario que se toma como referencia los 35), en Italia es hasta los 35 y su futura ley parece que podría ampliar la edad hasta los 40.

Es cierto que somos más longevos, que las edades de jubilación se alargan y que parecería tener cierto sentido prolongar la edad por la que uno se considera joven pero, como me advirtiese mi directora, debemos tener cuidado de no convertir esa prolongación de edad en una trampa que oculte el fracaso de un sistema incapaz de procurar la emancipación efectiva de nuestros jóvenes antes de los 30 años.

Finalmente, formemos en lo sustantivo. Eduquemos en lo no formal. Instruyamos en valores, en principios. Enseñemos en aquello que nos ha hecho ser siempre reconocidos como un gran país: solidaridad, constancia, perseverancia, empatía, ayuda… diferenciemos lo sustantivo y avancemos hacia una sociedad de valores.

Pensemos en la música. Somos diversos, somos diferentes y es precisamente partiendo de esa diversidad, de esas diferentes voces, de esos sopranos, bajos, contrabajos y tenores como han salido las grandes creaciones musicales. Contemos con buenos directores de orquesta, quizá sea esa la mejor garantía de éxito.

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