Finanzas islámicas. Más complicado de lo que parece

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El suministro y el acceso al capital financiero democratizaron el capitalismo. Antaño, los empresarios, deseosos de trabajar duro y con una idea rentable en la cabeza, no estaban escasos de recursos. La existencia de esos mercados financió, entre otras cosas, los proyectos ferroviarios en la época isabelina. Las vías férreas no habrían visto la luz si no hubiera sido posible recaudar dinero para su construcción.

Walter Bagehot, el primer editor de The Economist, en 1873 en su libro titulado Lombard Street (un ensayo sobre los mercados monetarios en la Inglaterra del siglo XIX) comentaba que «salvo en momentos muy excepcionales, se puede obtener dinero con una base segura o con una perspectiva aceptable de ganancia. Se trata de un lujo del que ningún país había disfrutado con una igualdad comparable hasta el momento».

Hacer que el dinero funcione

Africa, siglo XXI. La facilidad para conseguir dinero no es tan sencilla. En realidad, abundan los negocios rentables. Sin embargo, la desconfianza o la ausencia de instituciones, tanto legales como financieras, impide que los negocios informales puedan acceder a créditos formales. Por el contrario, los grandes flujos de dinero que circulan dentro del sector informal se quedan fuera del sistema.

Conseguir que las finanzas funcionen en África, supone –por expresarlo de forma simplista– lograr que la gente ahorre dinero depositándolo en bancos en lugar de esconderlo debajo del colchón. Según el informe del Banco Mundial Making Finance World for África, elaborado por Patrick Honohan y Thorsten Beck en 2007, «en África el desarrollo de las finanzas formales y semiformales ha dado lugar a un sistema financiero fragmentado y dualista que todavía se empeña en persistir». No obstante, empieza a haber signos de cierto progreso financiero: diversificación de actividades, profundidad del préstamo, mayor alcance de los nuevos productos y las nuevas tecnologías (en Kenia y en Uganda el fenómeno del dinero móvil está creciendo rápidamente), además de un mercado de microfinanzas incipiente.

Pero todavía hay un largo camino por recorrer. En líneas generales, las finanzas en África son planas. Así lo sugieren el porcentaje de depósitos en el exterior, las cifras relativas al bajo crédito, los márgenes bancarios, la liquidez del mercado de capitales, los depósitos que se movilizan y los créditos concedidos.

A esto se añade que las pequeñas empresas y los hogares tienen un acceso a las finanzas formales todavía muy limitado.

Las políticas de apoyo que estimulan la profundidad y la amplitud están incrementando el acceso a los mercados financieros y contribuyendo al crecimiento. Estas políticas confieren poderes a los empresarios reduciendo las barreras de entrada, rebajando el riesgo para ahorradores y prestatarios y beneficiando a la economía en su conjunto.

Para un agricultor, por poner un ejemplo, lograr unos mayores niveles de rendimiento y productividad por el hecho de tener acceso a capital redundará en un aumento del empleo, en unos mejores precios, una mayor calidad de servicio y reducirá el poder de los monopolios establecidos. Pero eso no es todo. Mientras la economía global se va recuperando de la tormenta financiera que la ha sacudido, debemos mantener un optimismo cauto. El desempleo está creciendo en prácticamente todos los países ricos, el gasto de los consumidores se está ralentizando, el coste del capital se ha incrementado y las inversiones van repuntando muy poco a poco. Además, la inversión extranjera directa (IED), la ayuda y las remesas (por parte de los emigrantes a sus países de origen, mayoritariamente pobres) han caído en picado.

Mohamed El-Erian, consejero delegado de Pimco, el mayor fondo de bonos del mundo, ha etiquetado como «la nueva normalidad» la confluencia entre las poderosas fuerzas surgidas con la crisis financiera y las que estaban operativas antes.

Donde hay dinero

El sector de la banca moderna, tal y como lo conocemos, se está adaptando cada vez más a los valores religiosos. La increencia no es una consecuencia inevitable de la modernidad. Muy al contrario, la religión y la banca moderna son compatibles. Buen ejemplo de ello es el mundo financiero islámico.

Ya incluso antes de que se acentuara la crisis financiera global, el profesor Joseph Stillitz, co ganador del Premio Nobel de Economía en 2001, identificó dos hechos. El primero de ellos es que, «aquellos que estarían dispuestos a gastar dinero, no lo tienen; y los que tienen dinero, no se lo van a gastar». El segundo hecho es que «las reservas de dinero líquido para sacar al mundo de sus apuros económicos se encuentran en Asia y en Oriente Medio. Sin embargo, las instituciones globales no reflejan esta nueva realidad».

Según el Instituto McKinsey Global, «los países ricos en petróleo y los bancos centrales de Asia constituyen actualmente una de las fuentes más importantes de capital». En 2006, McKinsey se refirió a dichas fuentes como «los nuevos agentes del poder» junto con los hedge funds y los fondos de capital privado (private equity).

Los petrodólares están en pleno auge: en la década de los setenta, en la de los noventa y en los últimos cinco años hay que guardarlos a buen recaudo. Y pocas inversiones de las tradicionales acatan la llamada sharia o ley musulmana.

Hacia finales de 2006, «los estados miembros del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG) –Baréin, Kuwait, Omán, Qatar, Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos (UAE)– tenían activos en el exterior por un valor de entre 1,6 y 2 billones de dólares. En este mismo periodo, los países exportadores de petróleo (incluyendo a Nigeria) poseían todos juntos entre 3,4 billones y 3,8 billones de dólares en activos financieros en el extranjero. Sin embargo, en la última versión del citado informe, el Instituto McKinsey calcula que la crisis de 2008 ha modificado las fortunas de estos poderosos agentes y sus caminos se han bifurcado.

Aunque todos ellos obtienen mejor nota que otros inversores. «El petrodólar y los inversores soberanos de Asia son más influyentes que nunca, mientras el rápido crecimiento de los hedge funds y los private equity se han detenido de golpe». El documento explica más adelante «que los activos extranjeros de los inversores del petrodólar se mantendrán más fuertes en los próximos cinco años que los activos de los otros dos agentes del poder».

El sistema bancario de la sharia

De esto se han percatado los virtuosos de las finanzas occidentales, los bancos multinacionales de la City de Londres y los de Wall Street, en Nueva York. Muchas de las innovaciones introducidas para ofrecer instrumentos financieros compatibles con la ley islámica han llegado de la mano de inversores occidentales no musulmanes. Bancos como Deutsche Bank, HSBC y Citygroup disponen de «servicios conformes con la sharia» que están logrando acuerdos destinados a financiar lucrativos proyectos de infraestructuras en la región del Golfo.

Sin ir más lejos, algunos países occidentales están haciendo esfuerzos para atraer inversiones extranjeras de los estados pertenecientes al Consejo de Cooperación del Golfo. El Fondo Stichting Sachsen-Anhalt, una filial financiera del land alemán de Sajonia-Anhalt, emitió en 2004 sukuk (bonos respaldados por activos en conformidad con la ley islámica) a cinco años por valor de cien millones de euros. Christopher Watts, en un sondeo acerca del mundo financiero islámico, afirma que «el primer banco autónomo en Reino Unido conforme con la sharia» abrió sus puertas en 2004; dos bancos más siguieron sus pasos y otro está a punto de hacerlo. Todos ellos cuentan con el respaldo de instituciones de Oriente Medio. Y en abril del 2008, la Bolsa de Londres incluyó su sukuk inaugural, confiriendo al mercado una profundidad y una liquidez muy necesarias».

Estamos asistiendo actualmente a una carrera muy reñida por convertirse en la capital global de las finanzas islámicas. El Reino Unido y Francia están elaborando legislaciones para allanarle el camino fiscal y legal al sector bancario islámico. Una de las repercusiones de la crisis: el fuerte estímulo a aquellas inversiones canalizadas hacia el sector de las infraestructuras, que han dado lugar a una industria de 700.000 millones de dólares (y en alza) muy atractiva para estas economías desarrolladas. Es más, el mundo financiero islámico no fomenta los productos de crédito y débito, al contrario que las finanzas al estilo occidental en los prometedores años previos a la crisis. Los productos financieros acordes a la ley islámica se basan más bien en el concepto de ingreso compartido. Nada que ver con el gran apalancamiento y los extravagantes incentivos, tan representativos de Wall Street y la City de Londres antes de la desaceleración global.

El sector financiero islámico presenta un paradigma alternativo al sistema bancario que conocemos. El requisito de que las transacciones estén garantizadas por activos crea mayores vínculos con la economía real. La financiación de infraestructuras, por ejemplo carreteras y puentes, fomenta el desarrollo social. Esta forma de banca también es considerada como «viable y ética», es decir, basada en principios similares a la inversión ética. Está prohibido comerciar con sectores moral o socialmente dañinos.

Lo cierto es que el sistema bancario islámico ya no es un negocio que funciona al margen del mundo global de las finanzas. Ha pasado de ser un nicho de mercado a convertirse en una parte predominante dentro del conjunto del sistema bancario.

Fuera de áfrica siempre hay algo nuevo

Fr. Joseph Kenny, un religioso dominico, profesor de Estudios Árabes e Islámicos, que vivió en Nigeria durante 45 años, residente en Ibadan, observa que el sector bancario islámico es otra opción, una forma más de inversión. Un tipo de banca sin intereses que te permite participar de ciertos beneficios, o pérdidas, de una inversión».

Las transacciones de crédito al estilo islámico están estructuradas como sociedades colectivas en las que se comparte el riesgo y la ganancia. Los tipos de interés del mercado se toman como base de los márgenes de beneficio. Y lo que es mejor aún, se emite un sukuk.

Emitiendo un sukuk, el sistema bancario islámico logra lo mejor de los dos mundos: atraer depósitos a más largo plazo para financiar proyectos relativos a las infraestructuras. Esto es más compatible con ese concepto de compartir el riesgo y el beneficio: los instrumentos financieros en el sistema islámico han de estar garantizados por activos sólidos.

Además, los estados miembros del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG) y del Sureste de Asia conforman dos de las regiones del mundo con el crecimiento más rápido. Estas dos regiones juntas poseen una población musulmana de 410 millones de personas. A medida que sus economías vayan creciendo, el aumento del ahorro detectará inversiones rentables en el extranjero. Está claro que dicho capital será invertido exclusivamente en proyectos de infraestructura financiados por el llamado sukuk.

Los bancos islámicos establecidos a nivel local ya están buscando la forma de entrar en este juego, tanto en su país como fuera. Por ejemplo, las compañías de Emiratos Árabes Unidos Sharjah Electricity y Water Authority (SEWA) recaudaron 350 millones de dólares –el primer sukuk de la región– que fueron destinados a construir una planta generadora de energía y de desalinización. A escala mundial, África resulta un destino seductor.

En un artículo titulado «Turning towards Mecca (Volverse hacia la Meca)», el semanario The Economist comentaba que «la agencia Moody’s, que estudia la solvencia crediticia, calcula que, a pesar de que las finanzas islámicas alcanzaban el pobre valor de 18.000 millones de dólares a finales del año 2008, su potencial se aproxima a los 235.000 millones, es decir, un valor cercano a la mitad del estimado para el Producto Interior Bruto de la población musulmana en África».

Un mercado que fuera mediocre otrora, ahora está floreciendo gracias al apoyo de los estados ricos del Golfo, en busca de inversiones rentables.

El primer sukuk africano fue emitido por una firma cementera sudanesa. «Según las informaciones divulgadas, el gobierno aprovechó el mercado en el mes de enero, vendiendo bonos a inversores procedentes del Golfo para escapar a las sanciones económicas americanas por las masacres de Darfur».

Albaraka, el único banco islámico de Sudáfrica, se creó en 1989. Kenia autorizó en 2008 dos bancos islámicos: Gulf African Bank y First Community Bank.

Barclays fue el primer banco que ofreció un tipo de cuenta bancaria islámica bajo el nombre de La Riba, que significa «cero interés». ABSA, un banco sudafricano, abrió una división bancaria islámica en 2006. Lo hizo con todos los avances modernos del sector bancario: teléfono, Internet y banca de sucursales o branch banking. El Banco Central de Nigeria (BCN) tiene proyectado hacer de las finanzas islámicas un aspecto significativo del panorama financiero del país. Algo más de una cuarta parte de la población nigeriana «rentable», desde el punto de vista de la banca, maneja una cuenta bancaria; son también musulmanes en un alto porcentaje.

No obstante, existen importantes retos. El sector financiero islámico está vinculado a la sharia y, por tanto, las inversiones deben adaptarse a los principios del islam. Tres normas destacan en el panorama financiero islámico.

La primera: invertir en juego, alcohol, armamento, pornografía, tabaco e industrias cárnicas porcinas está prohibido. La segunda: las inversiones no pueden devengar intereses. Y en tercer lugar, se debe evitar la incertidumbre y los riesgos excesivos. Estas cuestiones no siempre son sencillas de resolver, pues no todos los países musulmanes coinciden en la interpretación de qué debe considerarse un producto financiero respetuoso con la sharia. Pero sin perjuicio de estas cuestiones «escolásticas», todos coinciden en que se está abriendo un nuevo mercado y que nadie quiere quedarse atrás esperando en el camino.

Por Tayo Fagbule, corresponsal en The Africa Report (Nigeria)
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