La responsabilidad corporativa de las empresas y la cadena de suministro

Foto de CE
CE2 septiembre 2005

Sin duda, en los últimos tiempos hablar de responsabilidad corporativa, responsabilidad social, ciudadanía corporativa, desarrollo sostenible, etc. está en el candelero.

Sin embargo, no está claro a qué nos referimos con dichos términos ni, mucho menos, que todos los usemos en un mismo sentido. Por ello, parece adecuado comenzar este breve artículo explicando qué es lo que entiendo por responsabilidad corporativa.

En mi opinión la primera responsabilidad de una empresa es ser consciente de su relación con el entorno físico-social en el que opera, lo que implica conocer cuál es el estado de dicho entorno; es decir, no cabe sustraerse a dicha responsabilidad alegando, consciente o inconscientemente, que el mundo de la empresa y el mundo en general son dos realidades distintas.

En segundo lugar, implica que las empresas acepten su papel en la mejora de dicho entorno, su cuota de responsabilidad; es decir, no vale afirmar que pagando impuestos y cumpliendo las leyes es suficiente.

En tercer lugar, las empresas están compuestas por personas y, en este sentido, la responsabilidad corporativa supone que dichas personas mejoren a todos los niveles gracias a la relación con su empresa; es decir, las declaraciones, tan frecuentes hoy en día, sobre la importancia estratégica de las personas han de plasmarse en hechos.

Finalmente y a modo de colofón, la responsabilidad fundamental de una empresa es innovar, de forma que el estado del entorno físico-social mejore gracias a su actividad como empresa.

SENTADAS LAS BASES, pasemos al tema central del artículo: la responsabilidad corporativa y la cadena de suministro. Como es bien sabido, factores tan diversos como la necesidad de especializarse, de conseguir economías de escala o la competitividad relativa de los salarios, hacen que en la producción de un bien o en la realización de un servicio intervengan numerosas empresas.

Esto puede llevar a que algunos consideren que la responsabilidad de su empresa queda circunscrita a las actividades que directamente lleva a cabo.

Sin embargo, desde un punto de vista ético, este planteamiento es claramente cuestionable. En primer lugar, porque puede dar lugar a abusos, de forma que la subcontratación no sea sino una mera tapadera y, en realidad, la empresa subcontratista dependa totalmente de la subcontratadora.

Asimismo, porque la globalización, entre otras causas, ha conllevado un aumento del poder de las empresas, especialmente de las grandes multinacionales.

En este sentido, cabe afirmar que, a más poder, más responsabilidad.

A LA HORA DE CONSIDERAR qué acciones concretas pueden llevar a cabo las empresas, es oportuno observar qué es lo que están haciendo las empresas líderes. En un reciente trabajo1 en el que analizamos en diferentes aspectos a las empresas líderes de los dieciocho sectores del Índice Dow Jones de Sostenibilidad, vimos que diecisiete han incorporado aspectos sociales, éticos y medioambientales en sus políticas de selección y evaluación de proveedores, y que doce están realizando auditorías sobre estos temas.

UNA ÚLTIMA CONSIDERACIÓN. Hemos de evitar una exigencia o una aplicación ciega de los baremos a los que estamos acostumbrados en los países desarrollados a la hora de promover la responsabilidad de los proveedores de los países en desarrollo.

Pongamos, como ejemplo, un tema de actualidad: el trabajo infantil. Sin duda, hemos de evitar que los niños tengan que desempeñar actividades peligrosas para su integridad (p. ej., la minería o la prostitución).

Sin embargo, ¿hasta qué punto podemos proscribir el que los niños dediquen unas horas a otro tipo de trabajos o ayuden a sus padres en actividades laborales realizadas en el hogar?

Si lo hacemos, quizá estemos cayendo en un cierto y miope imperialismo cultural mental, y estemos poniendo palos a las ruedas del desarrollo de estos países. ¿Acaso nuestros niños no siguen ayudando a sus padres en determinadas actividades agrícolas?

Un criterio lógico podría ser el que las empresas, como parte de su responsabilidad corporativa, se aseguraran de que los niños, además de trabajar unas horas, recibieran una educación que permitiera su progreso personal. De esta forma, los países en desarrollo mejorarían su situación presente al tiempo que pondrían las bases para construir un futuro mejor.

Por Miguel Ángel Rodríguez