Conciliación: un cambio de modelo social

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La conciliación de la vida laboral y personal es un título enormemente citado en los tiempos actuales. A tenor de la enumeración que se hace del mismo, y de los espacios donde se coloca la noticia, podrían pensarse diversas cosas: que se trata de un tema de moda, que es algo que afecta a las mujeres y que está relacionado con las políticas de igualdad, que incumbe a las administraciones públicas y que, aunque sea de pasada, se relaciona con las empresas.

TODAS ESTAS CONSIDERACIONES tienen algo o mucho de cierto, pero son incompletas. Cada una de ellas revela aspectos parciales del problema que, justo por ser parciales, dificultan la visión de conjunto y pueden conducir a errar en la búsqueda de las necesarias soluciones.

PARA COMENZAR LA REFLEXIÓN, diremos que la citada conciliación ha salido a la luz por dos factores fundamentales: por una parte, por el crecimiento masivo de la incorporación de las mujeres a la actividad productiva y, por otro, por las limitaciones establecidas en el diseño del modelo del Estado de Bienestar, puesto en marcha en toda Europa Occidental, al finalizar las dos grandes guerras del siglo pasado.

EN EL PRIMER APARTADO es obvio lo que está sucediendo en concreto en nuestro país. Aunque con retraso en relación al resto de Europa, las tasas de actividad femenina han crecido en los últimos treinta años desde el modesto 28,5% del año 1976 al cerca del 50% en el presente. Este proceso es imparable, no solo por su justicia, al significar un proceso de igualdad entre los sexos, sino por su necesidad, si se quiere elevar la capacidad productiva de nuestra sociedad.

PERO ESTA INCORPORACIÓN MASIVA de la mujer pone de manifiesto los límites de nuestro estado de bienestar. Diseñado, tras el período de las grandes guerras y convulsiones revolucionarias de principios del siglo XX, como un mecanismo de protección social del trabajador varón, olvidó atender de manera completa el problema de los cuidados de las personas.

Se contempló la cobertura de la educación, la salud y la protección cuando acaba la vida laboral, pero la atención al cuidado de las personas, sobre todo cuando éstas están más necesitadas, por edad o por discapacidad, fueron dejadas en manos de la familia, es decir de las mujeres.

ÉSTE ES EL PROBLEMA que ahora se coloca encima de la mesa. La sociedad ya no puede atender el cuidado de las personas tan sólo con los recursos de la familia, de las mujeres, madres, hijas o hermanas. Hacerlo así significaría un retroceso brutal en la conformación de las sociedades modernas, amén de un derroche de inversión en educación y capacidad de trabajo del conjunto de la sociedad.

ESTA CONSIDERACIÓN GLOBAL del problema obliga a introducir cambios sociales, cambios que van desde la creación de una atención social a las personas dependientes, hasta una nueva conformación en las empresas de los procesos productivos y de los horarios de trabajo.

SIGNIFICA UN CAMBIO GLOBAL de mentalidad de todos, hombres y mujeres, poderes públicos y sociedad civil, trabajadores y empresas. Seguramente el cambio es más fácil ahora, dado que está ya agotado el modelo “fordista” de las grandes empresas, con masivas concentraciones de trabajadores y rígidos horarios de turnos. Sin embargo, no deja de ser una responsabilidad de los empresarios y de las empresas, responsabilidad que deben atender de la misma forma que intentan respetar el medio ambiente o la salud laboral de los trabajadores.

PERO TAMBIÉN DEBE SIGNIFICAR un cambio en las prioridades del gasto público con unas reservas presupuestarias muy notables para afrontar estas tareas. Y, por último y no menos importante, un cambio de papeles dentro y fuera del hogar entre hombres y mujeres. Cada vez más, el mundo exterior, de la actividad productiva y el interior de la atención a las personas de la familia debe recaer por igual, sobre los hombros masculinos y los femeninos, aunque este peso deba ser menor en su conjunto.

DE LA ADECUADA FORMA DE AFRONTAR estos retos surgirá una sociedad no sólo más justa, sino más equilibrada y rica, donde el esfuerzo de todos, hombres y mujeres, trabajadores y empresarios, ayude a la creación de riqueza y bienestar para toda la población.

Por Teresa Nevado Bueno
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