Una apuesta con historia

CE13 diciembre 2006
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En el año 1980 se público un libro que tenía por título «The Ultimate Resource«. Escrito por un conocido geógrafo de nombre Julian Simon, el libro se abría con una ingeniosa dedicatoria: «A nuestros hijos –de Rita y míos- y a los de ustedes». En el libro Simon arremetía sin piedad contra los defensores del control de la población, acusándoles de falsear a sabiendas la realidad.

Tratándose de un libro en favor de los nacimientos, resultaba coherente empezar con una dedicatoria a los hijos.

SIMON, DE ORIGEN JUDÍO, profesor de Geografía de la Universidad de Maryland, vino a Madrid en el año 1986 a presentar su libro, y tuve el privilegio de conocerlo y saludarlo personalmente. «The ultimate Resource» constituye, sin ningún género de dudas, el alegato más y mejor documentado contra los partidarios de las tesis malthusianas, un grupo muy activo que cada lustro nos recuerda lo cerca que estamos del fin del mundo.

EN SU LIBRO Julian Simon hizo públicamente una apuesta a los profetas de la escasez de recursos. «Si, como defienden ustedes, los recursos en la próxima década serán cada vez más limitados, la consecuencia lógica será que aumentarán los precios. Pues bien, yo afirmo que los recursos minerales no van a experimentar ningún alza en los precios y estoy dispuesto a apostar con ustedes 10.000 dólares. Les dejo escoger el mineral que quieran».

HASTA SUS ADVERSARIOS INTELECTUALES reconocieron que «el judío» tenía bemoles. Hablar lo que se dice hablar lo hacemos todos.

Cuando escribimos, sin embargo, solemos tomarnos alguna precaución más, por eso de que «lo escrito, escrito está». Pero, ¡Dios mío a quién se le ocurre apostar 10.000 dólares! ¡Esto no es una partida de póquer! ¡Estamos hablando de cosas serias! ¡Somos científicos! Pues por esa misma razón –contestó Simon– tienen ustedes que poner dinero encima de la mesa. Si sus afirmaciones son serias y tienen una base sólida no deben tener ningún temor, ganarán la apuesta.

LOS ECOLOGISTAS EHRLICH, HARTE Y HOLDREN, de la Universidad de Stanford, aceptaron la apuesta afirmando que la tentación del dinero fácil resultaba irresistible. Los ecologistas eligieron para la apuesta el cromo, el cobre, el níquel, el estaño y el tungsteno, fijando como plazo un período de diez años. La apuesta debía comprobarse pasado ese tiempo, determinando si los precios reales (con la corrección correspondiente a la inflación) habían subido o bajado.

En septiembre de 1990, no sólo el total de todas las materias primas, sino cada una de las apostadas, habían bajado de precio. El cromo había bajado un 5% y el estaño un increíble 74%. Habrían perdido también si hubiesen apostado por el petróleo, el café, el azúcar, el algodón, la lana, los minerales o los fosfatos. En realidad, sus predicciones catastrofistas no se habían cumplido nunca, pero eso no parecía afectar a la venta de sus libros ni a la aceptación de sus eslóganes.

DIECISIETE AÑOS MÁS TARDE, en 1997, Bjorn Lomborg, un ecologista danés, miembro activo de Greenpeace, ojeaba en Los Ángeles una entrevista a Julian Simon, publicada en la revista Wired. En la entrevista Simon repetía su tradicional argumento: hay recursos más que suficientes para las generaciones futuras, las afirmaciones sobre la escasez de los recursos no tienen base científica alguna, las estadísticas en las que se basan para realizar estas declaraciones están a disposición de todo aquel que quiera utilizarlas. Lomborg se sintió provocado por Simon. Tenía sus razones, y además una preparación excelente para demostrar al mundo que Julian Simon era un científico vendido a la gran industria.

En efecto, Lomborg no sólo era un conocido activista de izquierdas perteneciente a Greenpeace sino que además era profesor de estadística de la Universidad de Aarhus.

Nada más fácil para él que acudir a las fuentes y probar cuán equivocado estaba Simon. Lo haría, además, con la ayuda de sus alumnos más brillantes. Seleccionó a diez y les encomendó examinar las afirmaciones de Simon. Los alumnos hicieron bien su trabajo, pero las conclusiones apuntaban que el equivocado no era Simon sino Lomborg. Como él mismo comenta: «no es cierto que estemos agotando los recursos naturales, el hambre y la pobreza disminuyen constantemente, cada vez disfrutamos de una vida más larga y saludable, y tanto el agua como el aire que nos rodean están menos contaminados y no al contrario».

LAS CONCLUSIONES DE SU TRABAJO dieron lugar a cuatro artículos y a uno de los debates más intensos sobre temas medioambientales.

Los artículos dieron lugar, más tarde, a un libro: «El ecologista escéptico». Según The Economist, «uno de los libros más valiosos sobre políticas públicas». Ahora que resuenan las voces de los «viejos agoreros» amenazándonos de nuevo con la falta de recursos –el petróleo sube, el níquel se dispara, el agua escasea, etc.- quizá sea el momento de repetir la apuesta de Simon.

¿Alguien se atreve?

Por Javier Martín Cavanna
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