Una nueva esclavitud. A propósito de las cuotas

CE9 febrero 2007
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En sus «Memorias», Simone de Beauvoir recuerda su encuentro con Simone Weil. «China acababa de ser devastada por el hambre; me habían contado que, al conocer esta noticia, ella había llorado. No sé como se entabló la conversación: Simone Weil declaró con un tono tajante que sólo una cosa era importante en la tierra: la Revolución, que daría de comer a todo el mundo. Yo contesté de forma no menos terminante que el problema no consistía en proporcionar a los hombres esta suerte, sino en encontrar un sentido a su existencia. Ella me miró de arriba abajo y me dijo: se nota que no has pasado nunca hambre».

ESTA ANÉCDOTA PUEDE SERVIR DE EJEMPLO PARA ILUSTRAR DOS MENTALIDADES. La primera, propia del feminismo radical de los 50, se identifica con valores tradicionalmente masculinos, como el cálculo o la mayor facilidad para teorizar o formular pensamientos abstractos.

Que Simone de Beauvoir encarne esta mentalidad masculina no puede extrañar en quien defendió la total equiparación entre los sexos. ¿Varón? ¿Mujer? Para ella son preguntas ya superadas. El sexo no es más que una función que puede intercambiarse a voluntad. Las diferencias son categorías puramente culturales.

LA SEGUNDA MENTALIDAD, más cercana al llamado neofeminismo, viene a acentuar aspectos considerados desde siempre específicamente femeninos. Es una mentalidad que no conoce de conceptos ni principios generales. Atenta a lo concreto, tiene cierta tendencia que la inclina a ser escéptica ante cualquier especulación teórica que olvide a la persona singular y concreta.

FEMINISMO IGUALITARIO Y FEMINISMO DE LA DIFERENCIa guardan entre sí alguna semejanza. En muchas ocasiones ese deseo de igualdad radical está condicionado por una especie de complejo de inferioridad que lleva a fenómenos de mimetismo, por virtud de los cuales la mujer renuncia a su propio perfil, tomando como ideal de vida el ideal masculino.

Este Papa lo ha detectado muy bien: «Se convence a la mujer de que se la quiere ‘liberar’ y ‘emancipar’, induciéndola a masculinizarse y haciéndola así homogénea a la cultura de la producción, sometiéndola al control de la sociedad masculina de los técnicos, de los vendedores y de los políticos que buscan el beneficio y poder, y todo lo organizan, todo lo venden y todo lo instrumentalizan para sus fines».

PERO NO MENOS ESCLAVIZANTE RESULTA ESA PRETENSIÓN DE ABSOLUTIZAR LA «DIFERENCIA». La defensa de un estilo de vida femenino intimista, intuitivo y atento a lo concreto parece cuestionar la capacidad de la mujer de trascenderse y asumir responsabilidades públicas. Conviene recordar que el término esclavo designa en la Antigüedad precisamente a aquel hombre a quien sólo se le permite dedicarse a su bien particular y privado. El peligro aquí está en excluir a la mujer del ámbito del escenario público.

EN EL RECIENTE ANTEPROYECTO DE LEY ORGÁNICA DE IGUALDAD hay, como era de esperar en un gobierno socialista, más de la primera mentalidad que de la segunda. El asunto que ha atraído más la atención es la apuesta clara de esta administración por sancionar medidas que favorezcan la discriminación positiva y, más concretamente, la «imposición» de una cuota femenina en la composición de los Consejos de Administración.

Es evidente que los 73 artículos y 26 Disposiciones adicionales no se reducen al tema de la «cuota», pero también es verdad que la «cuota» es la medida que mejor refleja la filosofía de esta iniciativa legal.

SOBRE LA «DISCRIMINACIÓN POSITIVA» SE HABLA MUCHO. Sin embargo, son pocos los estudios serios y rigurosos sobre los resultados y beneficios de estas «políticas». Entre los contados estudios se encuentra el de Tomas Sowell sobre «La discriminación positiva en el mundo».

Sowell, profesor de la Universidad de Standford, ha dedicado 30 años de su vida a estudiar los supuestos beneficios de las «políticas de discriminación positiva» en países como la India, Malasia, Sri Lanka, Nigeria y Estados Unidos. Sus conclusiones no pueden ser más claras.

Ninguno de los programas de discriminación positiva a favor de los afroamericanos en Estados Unidos, las castas de parias en la India, los «hijos de la tierra» en Malasia, los grupos étnicos en Sri Lanka o los «grupos que reflejen el carácter federal del país» en Nigeria han conseguido los objetivos previstos. Muy por el contrario, el remedio ha sido peor que la enfermedad.

El estudio demuestra que esa protección ha beneficiado más a los más afortunados de entre los discriminados en detrimento de los menos afortunados, ha reducido los incentivos tanto de los favorecidos como de los no favorecidos y ha engendrado rechazo entre los no protegidos.

UN CLARÍSIMO EJEMPLO DE LOS FRACASOS DE LAS «POLÍTICAS PÚBLICAS» cuando caminan en dirección contraria al sentido común. Aplicar cuotas y beneficios a determinados colectivos implica tratarlos como menores de edad, no como sujetos capaces y responsables sino como damnificados con derecho a la ayuda.

Yo me pregunto, ¿quién podrá negarnos el derecho a cuestionar a partir de ahora la capacidad de las mujeres para ocupar determinados puestos de gobierno? Nadie. Ah, por cierto, se me olvidaba, Tomas Sowell es negro, negro como el carbón.

Por Javier Martín Cavanna
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