Voluntariamente

CE9 febrero 2007
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Por suerte o por desgracia está de moda ser voluntario.

Hemos llegado a una situación curiosa: en el Metro de Madrid hay unas pegatinas que con cierto sarcasmo preguntan ¿Queda algún niño por apadrinar en el mundo…?. Cantantes, actores, políticos, famosos de todos los colores, viajan para fotografiarse en zonas devastadas con los niños más pobres del planeta, al estilo Teresa de Calcuta (con perdón de la Madre Teresa). Nos dejamos los dedos y los euros llamando a los telemaratones; nos manifestamos hasta quedar afónicos en contra de la pobreza mundial, o por cualquier otra noble causa.

Las empresas se desgañitan mostrando sus programas de acción social y compitiendo fieramente unas contra otras: si la competencia dona, yo más.

Por desgracia, nos cuesta más llevar voluntariamente al contenedor el vidrio o el papel. No somos tan solidarios con los inmigrantes que llegan a nuestras playas cuando nos parece que ya son demasiados… la solidaridad tiene un límite. A veces nos hacemos los suecos para ceder el asiento del autobús a quien pueda necesitarlo más.

Olvidamos que la solidaridad y el voluntariado empiezan por lo que tenemos más cerca, por nuestro día a día.

Por suerte, a pesar del ruido y del marketing, y a pesar de lo negligentes que somos a veces con nuestros stakeholders, algo está moviéndose en la sociedad. Es bueno, digamos, que la solidaridad esté de moda. Es deseable que se colapsen las centralitas de las ONGs tras una catástrofe humanitaria; es loable que los libros que explican cómo conseguir que el mundo sea mejor para todos se agoten en las librerías.

Y por suerte, frente al ruido y voluntarismo, el que podríamos llamar voluntariado silencioso. Una señora anónima de 82 años guisa para sí y para una vecina que no se vale por sí misma cada mediodía, sin fallar un solo día. Una persona cualquiera, vuelca todos sus esfuerzos profesionales en intentar despertar en sus clientes la inquietud por temas como la discapacidad, la integración social o la gestión responsable del negocio; y con ello implica a todos los empleados de su Pyme.

Un universitario de 21 graba sus apuntes en una aplicación informática de voz para un compañero invidente. Un empleado cualquiera de una gran empresa pelea con toda la organización para sacar adelante una propuesta diferente, generadora de ilusión; más allá de su cometido profesional.

Una madre de tres niños recibe en su casa a las 7 de la mañana a los dos hijos de una vecina inmigrante, les da el desayuno y los lleva al colegio junto con sus hijos, para que la otra madre pueda ir a trabajar.

Voluntariamente, muchas personas prestan un servicio «social» tan sólo por los valores que practican, por el cariño que son capaces de transmitir, por su capacidad de escucha.

Ninguno es voluntario de ninguna organización; y sin embargo, son más profesionales en lo que hacen y en cómo lo hacen de lo que muchos somos en nuestro trabajo remunerado.

Decía Kant que hemos de tratar a los demás como nos gustaría ser tratados.

Comencemos por ser voluntarios de los que están más cerca. Aunque sea de manera egoísta; porque, al mismo tiempo, para quienes están a nuestro lado nosotros somos los que estamos más cerca.

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