El octavo objetivo del milenio

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Algunas personas, y por extensión algunas organizaciones, nacieron para estar en contra. «No sé de qué estáis hablando, pero me opongo» decía mi padre. Y un colega de profesión decía también: «mira, ese tipo de la cara de vinagre seguro que es de la `plataforma contra algo´».

Intento provocar una sonrisa al lector, pero seguro que, por el mismo precio, le ha venido a la cabeza alguna situación o algún nombre. Confiese: esta es la imagen que muchas veces sigue asociándose a las ONGs.

En este número se examina al examinador, se critica al crítico, se observa al observador.

Cuando nos llenamos la boca diciendo lo mucho que ha cambiado el contexto social, no deberíamos obviar que todo cambia, empresa, tercer sector, ciudadanito de a pie, incluso la administración pública puede llegar a cambiar.

Y que aunque exista un cierto movimiento hacia el progreso social por parte de todos, el tan traído «queda mucho por hacer» aplica a todos.

Queda mucho en el sector privado, donde los pocos profesionales de «lo social» se pegan con el resto de los departamentos para que aquello se entienda, y en última instancia, se haga. Existen, de hecho, foros especializados en recopilar difundir y compartir las dificultades de implantación de un sistema de gestión de ética o responsabilidad social empresarial.

Queda mucho aún para que los gestores de las áreas empresariales tradicionales dejen de pensar en la filantropía cuando oyen hablar de responsabilidad empresarial. También hay que avanzar aún mucho en la valoración que hacen los analistas de inversión y la comunidad financiera en general de las otras cuentas de resultados, la social y la medioambiental.

Queda mucho, como decíamos, también en el tercer sector. Quizá vaya siendo hora de que las ONGs se sometan a escrutinio social; que cuando hablamos de transparencia, de lucha contra la corrupción, de conciliación, de igualdad de oportunidades, no dirijamos la mirada sólo al sector privado.

Porque el crecimiento que ha experimentado el movimiento no lucrativo tendría que hacernos pensar en muchas de esas variables: al fin y al cabo muchas ONGs manejan tantos o más recursos humanos que las empresas; gestionan unos fondos económicos importantísimos, operan en un entorno multinacional, y su cadena de suministro puede equipararse con la de cualquier compañía.

En fin, que los riesgos sociales, laborales, medioambientales y económicos están ahí fuera (y ahí dentro) para todos. Y si no se gestionan, pues luego pasa lo que pasa, y luego vienen los lamentos, el llanto y el rechinar de dientes.

Y queda, como no, mucho por hacer en la administración pública. Por dar una referencia: tomemos los Objetivos de Desarrollo del Milenio, firmados por 192 estados hace siete años en la Asamblea General de Naciones Unidas, para ser cumplidos en 2015.

Parece claro, dice la propia organización de Naciones Unidas, que alguno de los Objetivos no llegará a cumplirse. Cuanto más se acerca el plazo, más se refuerzan los mensajes que dicen «esto es responsabilidad de todos». El flamante recién estrenado Secretario General recalca: sin la ayuda de las empresas los ODM nunca se cumplirán, necesitamos más colaboración entre el sector privado y el tercer sector. Es necesario, como dice el octavo objetivo, fomentar una alianza mundial para el desarrollo.

Luego aquí hacemos falta todos.

Por último, quedan muchas actitudes y prejuicios que romper; y en ello también es necesario el esfuerzo de todos.

Ni la empresa es culpable por definición, ni la ONG por el mero hecho de serlo, obtiene la presunción de inocencia.

El ser «sin ánimo de lucro» no puede ser un salvoconducto que exima de toda responsabilidad como el ánimo de lucro de las empresas no es, en sí mismo, una perversión del sistema. Y es la administración pública, quien tiene que asumir con especial valentía el reto del octavo Objetivo del Milenio y trabajar para, en efecto, fomentar una alianza mundial para el desarrollo.

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