Ética y empresa

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Los recientes escándalos financieros, la situación de burbuja en algunos sectores económicos, unidos en un mismo frente al proceso de mundialización, están provocando la necesidad de incorporar principios y valores éticos a un sistema jurídico insuficiente, que, sin lugar a dudas, marcha por detrás de la realidad empresarial o de la capacidad de emprendimiento o de innovación en las sociedades complejas del capitalismo tardío; y, por supuesto, por detrás de los propios problemas derivados de la intensificación y de una mayor movilidad de los flujos de los factores productivos.

LOS REMONTES TEÓRICOS en torno al origen de la vinculación de la ética con la empresa, o, en general, con los negocios, son muy diversos. Algunos analistas del fenómeno encuentran sus raíces en la escolástica tardía española, vinculada a las ciudades de Salamanca y Alcalá: Vitoria, Soto, Molina… Otros, por su parte, encuentran su origen en los propios inicios de la Economía política como ciencia, es decir, en los economistas políticos clásicos: Smith, Malthus, Ricardo…

De hecho, no hay que olvidar en este caso que el que es considerado el padre de la Economía política, ante todo, era un moralista.

EL ORIGEN MÁS INMEDIATO E INDISCUTIDO DE LA RSC y de la vinculación entre ética y actividad empresarial, en su concepción actual, es más reciente. En concreto arraiga en los años sesenta del siglo pasado, especialmente vinculado con el desastre de la guerra de Vietnam y el papel de las empresas estadounidenses. De hecho, el debate contemporáneo de la RSC se genera en EEUU.

Estas grandes corporaciones, generalmente con intereses transfronterizos, es decir, empresas transnacionales, se caracterizarían por contar con grandes estructuras empresariales, con elevados costes de agencia, y en las que se produce una separación radical entre la propiedad y la gestión empresarial.

En definitiva, estamos hablando de lo que Galbraith consideró como el mal del siglo en su testamento intelectual: la economía del fraude inocente.

La generalización de importantes costes de agencia en las grandes corporaciones empresariales originó la necesidad de la elaboración de códigos de buen gobierno corporativo y otros códigos éticos en el seno de la firma.

LA RSC EN SU CONCEPCIÓN ACTUAL, indiscutiblemente, proviene de una exigencia de los consumidores y de las sociedades modernas. Pero, a mi juicio, éste no ha sido el detonante definitivo que ha motivado la eclosión del debate en torno a la ética y su relación con la actividad empresarial. Las empresas han visto en esta relación un beneficio inequívoco para sus intereses y para sus objetivos estrictamente empresariales.

El trabajar o desempeñar su actividad en un entorno ético, que vaya más allá del ordenamiento jurídico, permite a las empresas reducir de forma espectacular los costes de transacción (inexhaustividad de los contratos, información asimétrica, azar moral, etcétera). El desempeño de la actividad empresarial basado en principios y valores de naturaleza ética contribuye de forma inequívoca a la mejora de la eficiencia económica.

Con esto queremos decir que la ética es rentable. Y el apoyo a la RSC no se haya tanto en la demanda como en la oferta, y en los costes de agencia como en los costes de transacción.

Por Francisco Joaquín Cortés García
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