ONGs y la fatal arrogancia

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Da la impresión de que detrás de la actitud en la que se intenta proteger con exceso de celo la prerrogativa de ser las únicas legitimadas para hablar con autoridad moral de la solidaridad, se esconde una fatal arrogancia que impide hacer un análisis desapasionado de su propia situación.

Y es que no saben o no quieren hacer justicia: no reconocen los méritos ajenos en la corrección de las diferencias sociales y económicas. No han sido ni serán la única forma institucional que a lo largo de la historia se ha utilizado y se utilizará para manifestar la preocupación y la ocupación por los que padecen.

Desde las órdenes mendicantes, hasta las labores de beneficencia de los ayuntamientos, pasando por el mecenazgo de los grandes reyes, príncipes y aristócratas de los siglos XVI y XVII, son muchos los ensayos que se han ido probando y que han dado resultados desiguales, pero que en cualquier caso, nos han permitido aprender y desarrollar un modelo de progreso humano menos paternalista y asistencial.

Las ONGs del siglo XX y parte del XXI no son, desde esta perspectiva, una excepción y no están exentas de correr los mismos riesgos que las anteriores: quedarse atascadas en una visión parcial, sesgada y sectaria. Esto en sí no es malo si permite que se reconozcan a sí mismas como un ensayo más, como un agente más que compite en el complejo mundo de cómo resolver los problemas sociales.

Tan solo se trata de asumir el rol temporal que les toca vivir y la vigencia cultural y coyuntural que efectivamente tienen en la propuesta de soluciones. Son un eslabón más de la larga cadena de pruebas que una sociedad estructurada propone para satisfacer las necesidades de los que no disfrutan del bienestar de los más favorecidos.

Esta arrogancia puede ser fatal, no tanto porque cuestione su futuro (cosa que en sí mismo no es importante: otras formas institucionales vendrán a retomar su relevo), sino porque es un lujo que la sociedad no se puede permitir. En efecto, los donantes institucionales y particulares son los verdaderos propietarios de los recursos que ellas manejan.

Las ONGs no son más que meras depositarias de unos bienes que están orientados a la consecución de un fin. Desde esta perspectiva, no se puede permitir que exista una cierta capacidad ociosa por parte de estas entidades por una autocomplacencia al recrearse en la bondad de la causa que impulsan. Hay que ser eficaz: es un imperativo ético insoslayable e ineludible, y quedarse estancado en las buenas intenciones puede ser el mayor riesgo de cara a conseguir una verdadera legitimidad.

Como bien decía T.S. Elliot, existen dos tipos de provincianismo: el espacial y el temporal «En la época actual –escribe en 1944 en un ensayo sobre Virgilio-, en que los hombres parecen más inclinados que nunca a confundir sabiduría con conocimiento y conocimiento con información, y a tratar de resolver problemas vitales en términos de ingeniería, está naciendo una nueva especie de provincianismo, que quizás merezca un nombre nuevo.

No es un provincianismo espacial sino temporal, un provincianismo cuya historia es la mera crónica de las invenciones humanas que sirvieron en su momento y fueron desechadas, un provincianismo para el cual el mundo es propiedad exclusiva de los vivos, sin participación alguna de los muertos. El peligro de este provincianismo es que todos, todos los pueblos de la tierra, podemos ser juntos provincianos; y a quienes no se contentan con serlo, sólo les queda convertirse en ermitaños».

No reconocer lo logrado por otros, fruto de la cerrazón para asumir los éxitos cosechados por formas institucionales distintas a las que ellas representan (entre las que destaca la empresa) pretéritas y actuales, es dar carta de naturaleza a ese peligroso provincianismo al que hacía referencia el genial poeta.

¿ATACAR POR ATACAR? No deja de sorprender el apasionado ataque que realizan a la empresa privada y a todos aquellos que representan, de una u otra forma, al sistema económico basado en el libre mercado, o dicho sea sin eufemismos el capitalismo.

Los ejemplos de empresas como la venezolana CVG EDELCA son referentes de cómo entienden su rol. Esta compañía cuenta entre sus activos con la segunda central hidroeléctrica más importante del mundo.

Posee una extensa red de líneas de transmisión que superan los 5.700 Km., y da suministro a Venezuela, a parte de Colombia y de Brasil. Para este último país se tuvo que construir un nuevo tendido eléctrico. La planificación de este proyecto fue meramente técnica, sin considerar si el tendido atravesaba o no alguna comunidad indígena. CVG EDELCA consideró el impacto medioambiental, pero se olvidó del problema humano.

Algunas comunidades indígenas manifestaron su malestar por el impacto negativo que ocasionaba en su hábitat, rechazando abiertamente el proyecto y saboteándolo: si por el día se construía el tendido, ellos por la noche formaban cuadrillas y echaban abajo las torres de alta tensión. Esto hizo que la compañía entendiera que era importante involucrar a las comunidades donde operaba, y desde entonces trabaja con esta premisa.

Así también, los casos de Starbucks que, ante la movilización de organizaciones activistas locales e internacionales, tuvo que desarrollar toda una estrategia de colaboración con las mismas, a fin de minimizar los efectos negativos que estaban causando sobre la marcha del negocio, e invertir el signo de su influencia trabajando de forma conjunta.

El de la petrolera americana Unocal que, cuando se proponía instalar una línea de transporte de gas en el Golfo de Bengala, cerca de la costa de Burma, fue saboteada por ONGs locales y tuvo que establecer acuerdos para pacificar la situación, o el de la empresa farmacéutica suiza Novartis, que tuvo que anticiparse a las críticas de estas entidades impulsando acciones conjuntas para evitar los problemas que estaban encontrando otras compañías del sector ante la presión que ejercían grupos tales como ACT UP, la Health GAP Coalition y la South Africa’s Treatment Access Campaign.

Esta última empresa, estableció un dialogo abierto con las ONGs, impulsando la puesta en marcha de un programa de responsabilidad social y constituyendo una fundación que diera cobertura a las distintas iniciativas que se emprendieron (como el caso de la ayuda a los huérfanos de padres victimas del SIDA en Tanzania, el apoyo a organizaciones de lucha contra la lepra en Sri Lanka o la entrega a precio de coste de Coartem, un medicamento anti-malaria para los pacientes de países en vías de desarrollo), y aun así, y debido a las crecientes presiones de las ONGs, el gobierno español está considerando la posibilidad de sacar una propuesta no de ley para denunciar a la compañía por su decisión de demandar al gobierno de la India.

Y estos son sólo algunos ejemplos de una, cada vez más, amplia nómina de acciones.

Hay que ser sensible a las demandas del entorno, pero sin someterse. El exceso de la presión social puede llegar a pervertirla, como de hecho ha pasado.

Un abuso de la misma para conseguir niveles crecientes de gasto social o para establecer un proceso de diálogo, no justifica el «chantaje».

LAS COSAS NO ESTÁN PEOR. Pero es que, además, el sistema que se cuestiona ha hecho más por solucionar el problema que los esfuerzos, meritorios pero poco fructíferos, que ellas han realizado. Los datos son contundentes. En 1.820, en torno a un 85% de la población mundial sobrevivía con menos del equivalente a un dólar diario.

En 1950, esa cifra había caído a poco más del 50%, para en 1980 situarse en un 31%. Según el Banco Mundial, la pobreza absoluta ha decrecido desde 1980 hasta situarse en el 20%. Pese al incremento de la población en 1.500 millones de ciudadanos, en estas dos últimas décadas, se ha reducido en casi 200 millones el número de personas que subsisten bajo la pobreza absoluta. La mejora de los niveles de prosperidad se percibe, entre otros aspectos, en el rápido aumento de la esperanza de vida en todo el mundo.

A principios del siglo XX, la esperanza de vida media en los países en vías de desarrollo era inferior a 30 años; en 1.960 subió a 46 años para situarse en 1.998 en los 65 años. En la actualidad, la esperanza de vida en los países en vías de desarrollo es casi 15 años superior a la de Inglaterra del siglo pasado, país que por entonces era la principal economía del planeta.

Hace 30 años, casi un 37% de los habitantes de los países en desarrollo padecían hambre. Hoy son menos de un 18%. En los años 90 disminuyó en 6 millones al año de promedio la cantidad de personas que padecían hambre al tiempo que, durante ese mismo periodo, la población del planeta se incrementaba en 800 millones. La evolución más rápida tuvo como escenario el este y el sudeste de Asia, donde la proporción de personas desnutridas ha caído del 43 al 13% desde 1970.

En Latinoamérica ha pasado del 19 al 11%, del 25 al 9% en el norte de África y Oriente Medio y del 38 al 23% en el sur de Asia.

MÁS CAPITALISMO. Para algunas ONGs estos datos no son en sí significativos, ya que detrás está un aumento de la desigualdad entre grupos sociales. Se ha crecido, sí, pero unos mucho más que otros y la brecha que nos separa ha aumentado. Pero a este frágil argumento contra la globalización del sistema del libre mercado se le pueden objetar dos razonamientos, prestados ambos por Johan Norberg, autor del libro «En defensa del capitalismo Global». De ser cierto que se aumenta la brecha, esto no debería tener mayor importancia.

Si todos mejoran sus condiciones ¿qué tiene de malo que unos prosperen más rápido que otros? ¿Acaso lo importante no es poder disfrutar de las mejores condiciones posibles y no que otros no gocen de un mayor bienestar que uno mismo? Sólo aquel para el que la riqueza sea un problema mayor que la pobreza puede contrariarle que ciertas personas se hagan millonarias mientras que otras mejoren con respecto a su anterior nivel de vida. Además, y este es el segundo argumento, afirmar que las desigualdades han aumentado es erróneo.

Esta idea se basa fundamentalmente en las cifras publicadas por el PNUD (Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo) y, en especial, en su informe sobre desarrollo humano. Pero el problema con estas cifras es que no han sido ajustadas conforme al poder adquisitivo. Para un pobre es mucho más relevante saber si con su dinero puede comprar más comida y ropa que el valor que su moneda tiene en el mercado internacional.

Hay que hacer uso del coeficiente de Gini, muy utilizado entre los economistas para medir la desigualdad, a fin de tener una visión real y exacta del problema. Pues bien, éste ha pasado de 0,6 en 1968 a 0,52 en 1997, lo que supone una disminución real de la desigualdad superior al 10%. Nótese que un coeficiente igual a 1 quiere decir desigualdad total y 0 igualdad absoluta.

Y todo esto se ha conseguido gracias a la expansión de un sistema económico que fija sus raíces en el libre comercio y en la libre empresa. La democracia y el capitalismo han contribuido a reducir la pobreza. Allí donde se ha aplicado una política liberal durante más tiempo, la indigencia y la precariedad han pasado ha ser una excepción. Así no sorprende leer la afirmación de Norberg: «yo quiero este tipo de libertad en abundancia…y para todo el mundo.

Si los detractores del capitalismo argumentan que ya, hoy en día, tenemos muchísima, yo quiero aun más, hipermuchísima, si es posible.

En especial para los más desfavorecidos del planeta, cuya capacidad de decisión sobre su trabajo y nivel de consumo en la actualidad es bastante reducida». Después de tan contundentes argumentos, se entiende mejor por qué la arrogancia de la que hacen gala las ONGs más combativas e ideologizadas es fatal para ellas y para la sociedad en su conjunto.

Por Juan Luis Martínez
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