La maldición del oro negro

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Un libro («Untapped: The scramble for Africa’s Oil»; John Ghazvinian, Harcourt, 2007) y un podcast («Oil, profit and peace: does business have a role in peace meaking?»; Carnegie Council Podcast) han vuelto a poner de actualidad el papel del oro negro y sus terribles consecuencias en los países productores de petróleo.

El libro –reseñado por The Economist el 21 de abril de 2007- hace un recorrido por algunos países de África, comenzando el viaje por Nigeria, donde la Shell dio comienzo a las relaciones del continente negro con la industria moderna del petróleo al descubrir las reservas en la región del Delta en 1958.

Pese al tiempo transcurrido y los miles de millones de dólares que Nigeria ha extraído del petróleo, es el séptimo productor mundial, el país sigue siendo uno de los más pobres y corruptos de la región. Ya se ve que los «recursos naturales» no son siempre una bendición. La duda es si se pueden esperar resultados diferentes de otros países productores -como Sudán, Guinea Ecuatorial y Angola- que recientemente se han incorporado a este gran mercado. La respuesta del autor no es muy optimista.

La evidencia muestra que la corrupción y la falta de transparencia en esos países no tiene nada que envidiar a Nigeria, y de momento no parece existir una clara voluntad de poner remedio a estos problemas.

El podcast del Carnegie Council, por su parte, recoge una conferencia de Jill Shankleman, que actualmente trabaja para el MIGA, una Agencia del Banco Mundial especializada en asegurar riesgos políticos.

Jill ha asesorado como consultora a diversas empresas petrolíferas en numerosos países, como la extinta Unión Soviética, Angola, Sudáfrica, China, Bolivia, Argelia e Indonesia; inicialmente se centró en temas relacionados con el medio ambiente para ampliar posteriormente su campo a cuestiones concernientes al impacto social de los proyectos y la resolución de conflictos.

«Hasta hace bien poco –en su opinión- las compañías de petróleo no prestaban mucha atención a las consecuencias socioeconómicas de sus operaciones en los países en vías de desarrollo, las consideraban fuera de su control inmediato.

Sin embargo, debido a la presión de las ONGs, la creciente preocupación por la Responsabilidad Social Empresarial y los altos costes de los conflictos en las regiones de producción, la industria está asumiendo un rol cada vez más importante en tres áreas principales: controlar cómo se realiza la extracción de petróleo y gas, qué coste tiene para las comunidades y, sobre todo, controlar dónde va el dinero».

Una prueba de ese interés lo constituyen algunas iniciativas como la Extractives Industries Transparency Iniciative (EITI), encaminada a impulsar la transparencia en el sector extractivo y de manera particular en el manejo del dinero: los términos de los contratos de extracción entre empresas y gobiernos, la transparencia en los pagos entre las partes y el destino de los flujos monetarios.

Pero Shankleman tampoco es muy activista y denuncia que la EITI corre un gran riesgo de quedarse en papel mojado.

Como es habitual en este sector, grandes declaraciones y muy buenas intenciones, pero sin acompañar unas y otras de mecanismos para forzar su cumplimiento.

Por jmcavanna@compromisoempresarial.com
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