Sostenibilidad... para todo

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Cada día existen más inversores preocupados por el modo en que las empresas gestionan los aspectos relacionados con el gobierno corporativo, el medio ambiente, los derechos laborales, qué contribución filantrópica hacen a la sociedad, y otros temas.

Tal es la euforia que, fíjense, hemos acuñado un concepto para denominar a este nuevo movimiento dentro de la comunidad financiera: la inversión socialmente responsable (ISR). El argumento es que las inversiones son más rentables en el largo plazo si se aplican criterios selectivos de responsabilidad.

Es de esperar, por tanto, que el movimiento en sí mismo perdurará en el tiempo, y se irá consolidando sí y sólo si tomamos conciencia de una serie de factores.

En primer lugar, aún estamos esperando a que la sociedad tome conciencia.

Entiéndase sociedad en este caso como la suma de todos lo ciudadanitos de a pie. Que se incremente el número de personas y familias que guardan sus ahorros en una de las escasísimas entidades financieras que se guían por criterios de ISR. Que las personas que ya lo hacen, no sean motivo de entrevista ni excepción planetaria. Que estemos dispuestos a ser valientes y comprometidos con nuestro propio dinero. En pocas palabras, que nos lo creamos de verdad.

En segundo lugar, podríamos confiar en que las empresas que gestionan fondos responsables se planteen la posibilidad de medirse a sí mismos con el mismo rasero que miden a los demás.

Que se apliquen al menos un poquito la autocrítica, los requisitos y procesos de escrutinio que usan con aquellos a quienes analizan. En una intervención en público, el fundador y CEO del Grupo FTSE confesaba: «cuando comenzamos a definir los criterios de selección para empresas aspirantes al FTSE 4Good, de pronto nos dimos cuenta que nosotros, como empresa, no cumplíamos muchos de los requisitos mínimos de admisión.

Esto nos llevó a repensar seriamente la manera en que se gestionaban muchos aspectos y a ser, en definitiva, muy críticos con nosotros mismos».

Sería deseable, en tercer lugar, que podamos algún día llegar a una confluencia de intereses entre los inversores socialmente responsables y los inversores tradicionales.

Sorprende ver el escasísimo interés que los ISR muestran por los resultados económicos de las compañías cotizadas, algo así como si fuera pecado aumentar los beneficios económicos, o como si el músculo financiero de una empresa fuera algo de lo que uno tuviera que avergonzarse.

Para algunos el beneficio económico de una empresa es como la ropa interior, se presupone y no se enseña. Para otros, todo indicador que no sea puramente económico simplemente es ignorado.

Finalmente, puestos a pedir y a desear, pedimos en esta tribuna no sacar las cosas de quicio. Se han conocido acusaciones a empresas por parte de inversores integristas que provocan una mezcla de indignación y risa. Por poner un ejemplo: empresa X que fabrica muebles de oficina, es acusada de estar relacionada con el tráfico de armas porque suministra sus productos a una empresa y que, a su vez, es proveedor de un organismo oficial vinculado al ejército de un país Z.

Y ahí tiene usted a un par de empleados desesperados por encontrar información dentro de la compañía, para poder demostrar lo que, en principio, se le garantiza a un individuo pero nunca a una empresa: la presunción de inocencia.

No están todas las que son.

Pero para empezar, sí serían éstas algunas de las recomendaciones para garantizar la sostenibilidad de la inversión sostenible.

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