¿Son tan malas las farmacéuticas?

La reciente decisión del Presidente Lula da Silva de ignorar la patente del fármaco del tratamiento del sida, fabricado por la empresa MSD, sin duda tendrá consecuencias –todavía no sabemos si buenas o malas- en el desarrollo de la industria farmacéutica.
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De momento, algunos guardianes de los valores post-modernos, encabezados por el diario El País y la ONG Intermón-Oxfam, ya han desplegado toda su retórica anticapitalista contra la «insaciable» industria farmacéutica, celebrando la desaparición de la protección de las patentes.

El hilo argumental de sus denuncias es sencillo, y, sobre todo, llega directo al corazón: los países pobres no pueden pagar el coste de esos medicamentos, lo que está en juego son vidas humanas, «ergo» en este caso es perfectamente legítimo no pagar por los medicamentos. ¿Quién se va a negar a administrar un fármaco a una persona que se está muriendo por el hecho de que no pueda pagarlo? Quien lo haga debe ser un monstruo despiadado.

No resulta sencillo defenderse con argumentos de este tipo; máxime cuando todavía tenemos muy fresca en la memoria la película de El Jardinero fiel. Es la historia de David contra Goliat, un combate desigual. Como expresa uno de los personajes de la película, es la lucha de unos cuantos voluntarios que trabajan en organizaciones con ordenadores donados, frente a empresas que tienen millones para gastar en relaciones públicas.

Todos sabemos que algunas ONG activistas son algo más «que un grupo de voluntarios con ordenadores donados», pero más allá de los inmensos recursos que manejan ONG como Intermón-Oxfam y la complicidad de algunos medios como El País, lo cierto es que el problema del acceso de los medicamentos para el tratamiento de las enfermedades infecciosas en los países menos desarrollados no es un dilema sencillo de solucionar.

Cada año las enfermedades infecciosas matan a 14 millones de personas en los países menos desarrollados, lo que equivale a 30.000 muertes diarias. De los 14 millones de muertes (alrededor de 1.600 cada hora) causadas por enfermedades infecciosas y parasitarias, que se estima tuvieron lugar en 1999, la mayoría fueron de personas pobres en países en desarrollo, incluyendo 6,3 millones en África y 4,4 en el sudeste de Asia. Más de la mitad fueron muertes de niños que no habían cumplido cinco años.

Ante la crudeza de estas cifras, no es de extrañar que las miradas se vuelvan airadas hacia las empresas farmacéuticas, acusándolas de ser las principales responsables de esta situación. ¿Pero qué hay de cierto en estas acusaciones? ¿Acaso el problema de las altas tasas de mortalidad se resuelve simplemente bajando los precios, o renunciando a la protección de las patentes, como reclama Intermón-Oxfam y los editorialistas de El País? No lo parece.

La contribución total de la industria, de acuerdo con un reciente estudio realizado por la Federación Internacional de la Industria Farmacéutica (IFPMA) muestra que en los últimos cinco años, desde que se lanzó por Naciones Unidas la campaña para la consecución de los Objetivos del Milenio, las 126 alianzas creadas por los departamentos de I+D de las principales empresas farmacéuticas han prestado asistencia sanitaria a 539 millones de personas.

En este periodo la industria ha proporcionado medicinas, vacunas, equipos, educación en salud y mano de obra por un valor estimado de 4,3 mil millones de dólares. Esta cifra supera a toda la Ayuda Oficial al Desarrollo de Canadá durante el año 2004 o la de Holanda, y es tres veces mayor que la AOD de Suiza.

Otra de las magnitudes de comparación es contrastarla con la suma de las ayudas durante el año 2005 de Oxfam, Médicos sin Fronteras y Save the Children que juntas arrojan la cifra de 650 millones de dólares. No parece justo, por tanto, afirmar que la industria farmacéutica se cruce de brazos.

No es el único problema

Como ha denunciado Transparency International en su informe de 2006, uno de los problemas más graves que existen en relación con los medicamentos donados a los países en vías de desarrollo es la corrupción de los sistemas públicos de salud. Existen muchos testimonios que confirman que los retrovirales para el tratamiento del sida terminan vendiéndose en el mercado negro o simplemente no llegan a sus destinatarios por la defectuosa red de salud de esos países.

De nada sirve donar los medicamentos si no se ataca también el problema de la corrupción en los países afectados, y se realizan esfuerzos por mejorar los precarios sistemas de salud pública.

Algunos representantes del sector farmacéutico manifiestan que otro de los problemas es que no se conocen bien los enormes gastos que implica el desarrollo de un nuevo medicamento. Las empresas farmacéuticas dedicadas a la investigación invierten una media del 15% de su facturación en el desarrollo de nuevos medicamentos. Pero si desaparece la protección jurídica de las patentes, ¿qué incentivos tendrán las empresas para innovar?

Después de todas estas consideraciones no parece fácil emitir un veredicto de culpabilidad contra la industria farmacéutica; no parece fácil, claro está, a menos que seas El País o Intermón-Oxfam.

Por Javier Martín Cavanna
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