A propósito del filantrocapitalismo

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Recientemente, ha surgido un interesante debate sobre el rol y utilidad de la empresa en la lucha contra la pobreza después de la publicación de ¿Just Another Emperor? por Michael Edwards, director de gobernabilidad y sociedad civil de la Fundación Ford, donde se hace una crítica a un fenómeno relativamente nuevo: el uso de herramientas y modelos empresariales para aliviar problemas de pobreza. Dicha publicación se puede descargar gratis en su página web www.justanotheremperor.org.

PARA EDWARDS, que ha trabajado en Oxfam, Save the Children y el Banco Mundial, en la lucha contra la pobreza hay que distinguir tres grupos: los gobiernos, la sociedad civil y lo que él bautiza como los «filantrocapitalistas». Este último grupo está formado por agentes de mercado que afirman ser capaces de solucionar problemas sociales únicamente utilizando un enfoque empresarial. Edwards afirma que, aunque este enfoque es útil, es muy difícil conseguir su escalabilidad operativa y a menudo dichas empresas deben escoger entre objetivos financieros y sociales. Además, en algunos casos la sociedad civil está siendo perjudicada por una deriva a favor de los filantrocapitalistas.

ES CIERTO QUE LAS EMPRESAS OPERANDO en mercados de la base de la pirámide (BdP) no son una panacea y que a veces pueden ser incluso perjudiciales para las comunidades en que operan (véase Shell en Nigeria o Nestlé en Sudáfrica). Las soluciones ofrecidas por dichas empresas deben ser coordinadas con otros agentes (comerciales y no comerciales) para maximizar los beneficios financieros y sociales. Es necesario evolucionar hacia un proceso de cocreación con dichas comunidades. Esto es algo que Stuart Hart y Erik Simanis, de la Universidad de Cornell, ya han postulado en su «Protocolo de la BdP 2.0». La pobreza no tiene una solución sencilla porque no es un problema sencillo.

SIN EMBARGO, EDWARDS SIMPLIFICA SU ANÁLISIS en exceso al agrupar los distintos agentes en tres grupos y, también, por defecto al definir las relaciones entre los mismos como de competencia. Un filantrocapitalista puede ser cualquier entidad entre Grameen Bank y Wal-Mart. Además hay una amplia zona gris entre lo que es la sociedad civil y los filantrocapitalistas, tanto a nivel estratégico como de individuos que la componen. Una empresa es en último término una entidad ficticia. Son las personas las que construyen este tipo de entidades siendo además miembros activos en sus propias comunidades. Son ellos los que deciden dedicarse a estas empresas, en vez de escoger opciones más lucrativas, como hacen las personas que deciden trabajar en una ONG. Por lo tanto, cuando hablamos de agentes comerciales, debemos evitar confundir el mapa (la empresa) con el terreno que representa (las personas que trabajan en ella).

ADICIONALMENTE, EDWARDS AFIRMA que la transformación propiciada por las empresas es nociva para el desarrollo social. Pero la verdad es que eso dependerá de las operaciones de cada una de las empresas. Por ejemplo: ¿Río Tinto en Papua Occidental? Perjudicial. ¿Kickstart en África? Beneficiosa. ¿Compartamos en México? El debate continúa. Lo mismo ocurre en países desarrollados. No es lo mismo Exxon Mobile que The Body Shop. No es lo mismo Google que Renault. En su análisis, Edwards simplifi ca en exceso la variedad del rol y servicios que ofrecen las empresas en la BdP.

EL AUTOR TAMBIÉN CAE EN LA TENTACIÓN de definir los negocios en la BdP como «vender a los pobres», cuando la razón de ser de este tipo de negocios reside en involucrar a la comunidad en el proceso de creación de valor del producto y mejorar su conexión con los mercados. Los negocios en la BdP se basan en generar riqueza a nivel social y financiero. Cuando se generan conexiones entre agentes de mercado, cuando se crea empleo o cuando se transfi eren conocimientos técnicos y de gestión empresarial se genera riqueza social y financiera, lo mismo que cuando se ofrece un producto a una mejor relación calidad-precio y que antes era inaccesible.

ADEMÁS, EN EL LIBRO ADOPTA UNA VISIÓN excesivamente estrecha sobre el funcionamiento de la empresa y de los mercados. Los mercados son una expresión de las relaciones sociales y de poder de una sociedad. La inclusión en un mercado es una señal de empoderamiento social. Los mercados funcionan porque generan (y dependen de) la confi anza que hay entre sus miembros y por ello requieren tanto de cooperación como de competencia. Esto significa que las instituciones públicas, la sociedad civil y los agentes comerciales están íntimamente conectados y tienden a nadar en una misma dirección. No suelen competir por unos recursos limitados, sino que se dedican a construir sobre los mismos para generar la riqueza que posteriormente comparten.

LO ÚNICO CIERTO ES QUE LA SOCIEDAD CIVIL no es capaz de enfrentarse por sí sola al problema de la pobreza y que si bien los negocios en la BdP son necesarios en dicha lucha, por sí solos tampoco pueden solucionar todos los problemas relacionados con la misma.

Manuel BuenoDoctorado en Empresariales en la universidad de Tilburg

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