"A Dios le gustan las bromas": [Meditación para tiempos de crisis]

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CE1 noviembre 2008

La baronesa Karen Blixen nunca tuvo el propósito de convertirse en escritora. Comenzó a escribir en un año de sequía: «Un año las grandes lluvias no llegaron. Era como si el Universo te hubiera dado la espalda. Comenzó a refrescar, algunos días hacía frío, pero no había ninguna sensación de humedad en el ambiente. Todo empezó a tornarse más seco y duro, como si la fuerza y la gracia se hubiesen retirado de repente del mundo».

Obligada a suspender los trabajos de su granja, decidió comenzar a escribir para ocupar las largas horas de tedio. Al comienzo sólo dedicaba las tardes. Se sentaba en el comedor de su casa, desde donde podía contemplar el río que dividía sus tierras de las de los masai. Desde allí, dirigía de vez en cuando una mirada expectante al horizonte, en busca de señales que anunciasen la llegada de las grandes lluvias, pero el cielo permanecía callado, y el silencio se fue extendiendo lentamente entre los pobladores de las tierras altas.

Poco después comenzó a dedicar también las mañanas a la escritura. Ya de vuelta en Dinamarca, a los 46 años, tras el fracaso de su aventura africana, recuperó el hábito de escribir, en esta ocasión para llenar las frías mañanas de su casa familiar de Rungstedlund y acallar la pena por la pérdida de su granja al pie de las colinas de Ngong.

No recuerdo cuándo leí por primera vez Memorias de África. Desde entonces no he dejado de leerlo. Creo que hasta puedo presumir de cierta amistad con la escritora. Memorias de África es un texto escrito con ternura, con la nostalgia de alguien que se ha visto forzado a abandonar su lugar en el mundo: «En las tierras altas te levantas por las mañanas y piensas: Aquí estoy yo, donde debo estar».

Karen Blixen no nació ni se crió en África, pero llegó a identificarse con ese continente y su gente con una intensidad mayor que muchos colonos que llevaban más de dos generaciones en esas tierras. Siempre sintió su marcha de África como un exilio. El título original en inglés, Out of África, expresa mejor esa sensación de añoranza por un paraíso perdido.

Si su libro ha cautivado a tanta gente ha sido, entre otras razones, por su capacidad de adentrarse en el alma de un pueblo con una profundidad y sabiduría poco común. Alguien lo definió, en cierta ocasión, como un conjunto de cartas de amor, y no andaba descaminado. Quizá Kapucinsky, en alguno de sus libros, nos haya permitido experimentar algo similar.

Ambos son escritores acostumbrados a mirar a las cosas con pasión, los dos nos enseñan a dirigir la mirada a lo verdaderamente importante, que habitualmente no se encuentra en los libros de viajes ni en las guías, sino en encuentros y conversaciones imprevistas, en determinados gestos o en detalles insignificantes, que suelen pasar desapercibidos para la mayoría. La diferencia es que ellos los captan, los recogen, les dan la vuelta y nos los muestran bajo una luz nueva. Más que viajeros son peregrinos.

Algunos han criticado a Karen Blixen por representar la imagen de los colonos de la clase alta. La hermosa película de Sydney Pollack quizá haya hecho mucho por difundir el nombre de la escritora, pero la caracterización del personaje no ha sido muy fiel a su verdadera biografía. La historia de una terrateniente que repartía su tiempo entre grandes cacerías y veladas de lectura al calor de la chimenea puede ser muy atractiva cinematográficamente, pero no se ajusta a la realidad.

Karen, la doctora de Vilaya, como la llamaban sus nativos kikuyus, no se limitó a rozarse superficialmente con los pobladores de las tierras africanas. Trato de conocerlos a fondo y fruto de ese conocimiento terminó amándolos. Siempre le sorprendió la enorme ceguera de los colonos para descubrir los valores y la riqueza espiritual de esas tierras. Karen, sin embargo, no era una mujer ingenua. Acusarla de poseer una imagen romántica e irreal de las tribus y pueblos de África no sería justo.

A lo largo de su vida, Dinesen adoptó diversos lemas, como esas grandes familias que junto al blasón tenían acuñada una frase que recordaba su origen y señalaba el destino a las futuras generaciones. Karen fue cambiando y adaptando el lema a las distintas etapas de su vida. Al final de ésta llegó al convencimiento de que la verdadera sabiduría consistía en saber aceptar el propio destino. Esa convicción la llevó de la mano a escoger el lema que la acompañaría los últimos años de su vida, como un frasco que contuviera concentrada la esencia de la vida. El lema escogido decía: «A Dios le gustan las bromas».

Hanna Arendt, otra mujer sabia, señalaría más tarde que este lema aparecerá transversalmente en todos sus libros: «El pecado de hacer que una historia se vuelva realidad, de intervenir en la vida según un esquema preconcebido, en vez de esperar pacientemente a que la historia emerja, en vez de repetir en la imaginación, cosa distinta de crear una ficción y tratar entonces de vivir según ella».

La sabiduría consiste en resistir la tentación de manipular la vida, la nuestra y la de los demás, para convertirla en una obra de arte, para tratar de conseguir que la existencia se amolde a nuestros propios designios, a los planes de una artista que se erige en Creador, pero se trata de un Dios hecho a nuestra medida, que no quiere correr el riesgo de la libertad, que no tolera los fracasos y mucho menos las bromas.

A Karen siempre le gustó contar cuentos. Al caer la tarde, con cierta frecuencia, se sentaba en el porche de su casa y comenzaba a contar en voz alta alguno de los cuentos clásicos, a veces alterándolos, de la literatura nórdica o de otras regiones. Le fascinaba la capacidad de atención de los nativos y su extraordinaria imaginación: «Entre las cualidades que buscan en un amo, en un médico o en Dios, la imaginación, me parece, ocupa uno de los primeros lugares. Quizá sea esta inclinación la que haga que el califa Harum el Rachid conserve en los corazones de África y de Arabia su posición de gobernante ideal; con él nadie sabía nunca lo que iba a hacer ni qué pensaba. Cuando los africanos hablan de la personalidad de Dios, hablan como Las mil y una noches o como los últimos capítulos del libro de Job; lo que les impresiona es esa misma cualidad, el poder infinito de la imaginación».

Sherezade era la figura que mejor representaba para ella la capacidad de narrar y el enorme poder de la imaginación. Sherezade, la concubina que supo engañar a la muerte contándole un cuento cada noche al sultán, que dejaba inconcluso para el día siguiente. El sultán, intrigado por conocer el desenlace, posponía siempre su sentencia un día más. Nosotros también somos como el sultán, siempre queremos saber qué viene después, en los proyectos, en los cuentos y en nuestra propia vida.

Para Karen los cuentos, las historias eran también muy importantes porque sólo la narración podía dar cuenta de la riqueza de una vida. Las historias, para ella, eran el único medio de alumbrar el carácter único e irrepetible de las personas. Las «cosas» pueden describirse por sus categorías universales, pero la pregunta de quién soy sólo es posible responderla contando una historia, y aun así esa historia hay que repetirla una y otra vez porque nunca termina de revelar completamente al personaje. La baronesa era una gran contadora de historias y por eso fue capaz de tener un conocimiento tan «personal» de los habitantes del continente africano.

En sus Memorias de África, Dinesen, nos dejó algunas de las páginas más profundas y hermosas sobre esa tierra, sus habitantes y su dignidad para enfrentarse con confianza al futuro. Si los kikuyus valoraban algo era la capacidad de sorprender. Esa misma cualidad es la que contribuyó al prestigio como médico de Isak Dinesen entre sus pacientes kikuyus.

Si éstos detestaban algo era la rutina, todo lo que significara regularidad y monotonía. Dinesen no tenía especiales conocimientos médicos, pero unos cuantos aciertos y algunos fracasos contribuyeron a forjar su leyenda. La «gran doctora blanca» era de fiar porque repartía la suerte a manos desiguales. Nadie podía anticipar el resultado de sus acciones: «Si hubiera sido capaz de garantizar la curación de mis pacientes en todos los casos, ¿quién sabe si su círculo hubiera disminuido? Hubiera adquirido prestigio profesional –he aquí una doctora muy eficiente de Volaia–, ¿pero estarían seguros de que el Señor seguía conmigo? Porque conocían al Señor por los largos años de sequía, por los leones que por la noche vagaban por la llanura, por los leopardos que merodeaban las cabañas cuando los niños estaban solos en ellas y por los enjambres de langostas que descendían sobre el suelo, nadie sabía de dónde, sin dejar una brizna de hierba a su paso. Lo conocían por las horas de increíble felicidad cuando los enjambres pasaban sobre los campos de maíz sin detenerse, o en primavera, cuando las lluvias llegaban temprano y en abundancia, haciendo que prados y llanuras florecieran y dieran buenas cosechas».

Sí, porque en el campo, como en la vida, hay épocas de sequía, de aparente esterilidad. A veces lo que ocurre es simplemente que no llueve y parece que Dios nos da la espalda. Pero fue precisamente durante una de esas largas sequías cuando Karen comenzó a escribir. Y más tarde, ya de vuelta en la fría y brumosa Dinamarca, en el calor de su casa familiar, a los 46 años, cuando la esperanza parecía ya perdida, alumbró su primer libro de relatos y junto con él dio comienzo a una fecunda carrera literaria. Y es que «A Dios le gustan las bromas».

Por Javier Martín Cavanna, editor de Compromiso Empresarial. @jmcavanna
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