Spencer Tracy y el premio Pulitzer

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Siempre recordaré la primera vez que vi la película de Stanley Kramer Vencedores y vencidos. La trama arranca en 1948, en la ciudad de Nuremberg. Después de la derrota nazi, se lleva a cabo un juicio en el Tribunal Internacional, presidido por el estadounidense Dan Haywood (Spencer Tracy), con el propósito de impartir justicia por los actos criminales llevados a cabo durante la guerra. Entre los acusados se encuentra un juez alemán, interpretado por Burt Lancaster. Se trata de un respetado jurista, cuya fama ha traspasado las fronteras de su país y al que Spencer Tracy, un sencillo juez de provincias, profesa una gran admiración.

La película arranca con la declaración del implacable fiscal, protagonizado por Richard Widmark, que presenta al acusado como un delincuente común. Al terminar su alegato no pude evitar emitir interiormente un veredicto de condena. Pero, a continuación tomó la palabra el abogado defensor, un jovencísimo Maximilian Shell, que paso a paso fue deshaciendo las alegaciones del fiscal y mostrando la cara más humana del juez alemán. Hay una escena especialmente significativa en la que Burt Lancaster se levanta de su asiento y recrimina a su abogado por excederse en su papel y someter a una testigo del fiscal (Judy Garland) a un cruel interrogatorio. Con esta escena el director consigue que nuestra simpatía se decante por el acusado. Las intervenciones del fiscal y del abogado se van sucediendo a lo largo de las casi tres horas de duración de la película.

Al escucharles, uno tiene la impresión de asistir a uno de esos interminables intercambios de golpes en un partido de tenis en los que va siguiendo la «pelota» con el mentón de un lado al otro lado de la pista sin saber quién ganará finalmente el punto. ¿Quién ganará el punto? ¿Cuál sería la sentencia? Spencer Tracy no puede ocultar su admiración por el acusado. Además, las autoridades americanas y la bella Marlene Dietrich le han venido presionando sutilmente para que emita una sentencia absolutoria, ya que en esos momentos una condena podría dificultar las futuras relaciones políticas de EEUU con Alemania. El juez no esconde sus luchas interiores, pero finalmente decide condenar al acusado. Creo que ese día, al escuchar a Spencer Tracy, decidí estudiar la carrera de derecho.

El proceso judicial tiene enormes ventajas: es un sistema en el que sí alguien acusa o reclama un derecho, la otra parte siempre tiene la oportunidad de contestar y rebatir. El principio de contradicción no asegura que lleguemos a conocer la verdad, pero sí establece las garantías mínimas para intentar alcanzarla.

Lo cierto es que, al lado del sistema judicial, la pretensión de veracidad de la prensa descansa en unos fundamentos bastante débiles. Alguien lanza una piedra, pero inmediatamente después parece esconder la mano. No quiero decir con esto que los periódicos y los periodistas no rectifiquen. Ahora bien, cuando lo hacen, y no es práctica habitual, suele obedecer a una reclamación judicial y no a una exigencia del propio oficio. La posibilidad de errar y el consiguiente deber de corregir no forma parte de la naturaleza del proceso de producción editorial ni de su quehacer diario.

Quizá, por esa razón al mítico editor de The Guardian, C. P. Scott, le gustaba recordar que: «Un periódico es algo muy parecido a un monopolio y su primera obligación es evitar la tentación del monopolio [verdad]». Ciertamente, si la principal obligación de un periódico es evitar el monopolio entonces su responsabilidad social más importante consiste en ser riguroso y veraz sobre todo lo que se escribe en sus páginas. Consiguientemente, es deber de sus editores impulsar y desarrollar todo un conjunto de políticas y procesos internos que proporcionen una señal de alerta cuando se haga algo incorrecto con el fin de corregirlo o aclararlo, teniendo en cuenta que los errores son inevitables en el periodismo.

Sin embargo, estamos muy lejos de que esas políticas y procesos (códigos éticos y editoriales, defensor del lector, conflictos de intereses con anunciantes, etc.) constituyan una práctica habitual en nuestros diarios, como pone de manifiesto el informe Esporas de helechos y elefantes.

En este sentido, no vendría mal recordar con frecuencia las palabras de David Broder, columnista del Washington Post y ganador del premio Pulitzer: «Me gustaría que nos repitiésemos una y otra vez, hasta la saciedad, que el periódico, que dejan todos los días en el portal de nuestras casas, es algo parcial, apresurado, incompleto, inevitablemente defectuoso e inexacto que interpreta algunas de las cosas que hemos escuchado en las últimas 24 horas [ ] siempre será algo distorsionado, a pesar de nuestros mejores esfuerzos por evitar la parcialidad en el proceso de comprensión que hace posible que usted [ ] pueda leerlo en aproximadamente una hora. Y si tituláramos el diario correctamente, entonces tendríamos que añadir inmediatamente: Es lo mejor que hemos podido conseguir dadas las circunstancias, y mañana volveremos con una versión corregida y puesta al día». Creo que el día que leí estas palabras decidí hacerme periodista.

@jmcavanna
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