La lección de Sissi Jupe

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Tiempos difíciles de Dickens constituye una de las críticas más acertadas y radicales a la filosofía utilitarista. Recordemos el argumento: Sissi Jupe, una niña crecida en el ambiente del circo, es acogida por Mr. Gradgrind, un ferviente partidario de las ideas utilitaristas que sólo cree en los números y desprecia los sentimientos. Sissi es enviada a la escuela de Coketown con la intención de educarla en la verdadera filosofía y eliminar de su cabeza cualquier atisbo de sentimentalismo.

El maestro Mr. Choakumchild, fiel seguidor de las ideas de Gradgrind, comienza la lección afirmando: «En una inmensa ciudad de un millón de habitantes, sólo veinticinco mueren de hambre en las calles», para después preguntar a Sissi, «la alumna número veinte», qué piensa de este dato, esperando una respuesta que exprese satisfacción por un número tan bajo. Sin embargo, Sissi le contesta que desconoce si el dato es bueno «pues debe ser igualmente duro para quienes mueren de hambre, aunque los demás sean un millón o un millón de millones».

El profesor ante tan desconcertante respuesta no se da por vencido y le plantea otra cuestión: «Y nos dijo –le cuenta Sissi a Luisa, la hija de Mr. Gradgring– Mirad: suponed que esta escuela es la nación y que en esta nación hay cincuenta millones en riqueza. ¿Es una nación próspera esta, y estáis o no estáis vos nadando en la prosperidad? –¿Y qué contestaste? –le preguntó Luisa. –Señorita Luisa, le contesté que no lo sabía. Me pareció que no estaba en condiciones de afirmar si la nación era o no era próspera y si yo estaba nadando en la prosperidad, mientras no supiera en qué manos estaba el dinero y si me correspondía a mí una parte. Pero esto era salirse de la cuestión. Al parecer no podía representarse con números –dijo Sissi, enjugándose las lágrimas. –Cometiste un gran error– afirmó Luisa.

Pese a los avances de la ciencia estadística, medir la eficacia de la ayuda sigue siendo una tarea ardua y compleja. Aunque se ha progresado mucho en elaborar herramientas de medición, todavía estamos muy lejos de compartir los resultados. Al escuchar a algunas ONG y organismos de ayuda humanitaria uno tiene la impresión de que las cosas no pueden ir a peor; en lugar de avanzar retrocedemos.

La desigualdad entre ricos y pobres parece aumentar con el tiempo, y todos los esfuerzos por luchar contra las desigualdades e impulsar la eficacia dan la impresión de resultar baldíos. Todo esto, con independencia de que responda o no a la verdad, contribuye a generar un clima de desconfianza hacia la ayuda y hacia quienes tratan de canalizarla.

Ahora bien, si consultamos los informes más fiables no es esa la conclusión que se extrae. El PIB mundial se ha multiplicado por diez en los últimos cincuenta años, mientras la renta per cápita se ha triplicado. Sin lugar a dudas, las últimas cuatro décadas han sido un periodo de progreso sustancial para el desarrollo humano en el conjunto del planeta, en las que el Índice de Desarrollo Humano (IDH) medio ha crecido un 29% a nivel mundial. Desde 1970 sólo uno de los 111 países analizados ha sufrido un descenso en el IDH, según las Naciones Unidas. Estas mejoras, que se han producido en el campo del desarrollo, también son extensibles a los programas de ayuda humanitaria.

Es mucho lo que se ha avanzado en los últimos años en eficacia, compromiso y buenas prácticas. ¿Por qué entonces ese lamento constante? En mi opinión hay varios motivos que lo explican. En primer lugar, hoy en día existe una conciencia social más acusada respecto a la desigualdad y la injusticia. La sociedad actual no está dispuesta a aceptar determinadas situaciones que antes asumía con más complacencia. ¿Realmente estamos peor o, simplemente, ahora tenemos la piel más fina? En segundo lugar, disponemos de más información a través de los medios de comunicación y eso aumenta nuestra sensación de interdependencia.

¿Hoy en día hay más terremotos o sencillamente tenemos información en tiempo real de todas las catástrofes que ocurren? En tercer lugar, el debate sobre la eficacia de la ayuda es muy reciente. Hemos pasado de cuestionarnos si hay que ayudar a cómo hay que hacerlo. Y esto constituye un avance muy notable.

Todas las discusiones y debates sobre la eficacia de la ayuda humanitaria son necesarios y, sin duda, contribuirán a avanzar en la tarea de medir algo tan complejo como la ayuda a los demás.

Pero por mucho que se avance en la precisión de las herramientas y la fiabilidad de los datos, las perplejidades de Sissi Jupe, «la alumna número veinte», nunca desaparecerán. Sissi nos recuerda que por mucho que crezca la eficacia, ésta nunca podrá justificar la situación de pobreza e indigencia de una sola persona. Sissi nos imparte una lección que nunca se puede olvidar, el carácter insustituible de la persona humana y la imposibilidad de expresar la riqueza de ese concepto en una cifra. Por eso las lágrimas de Sissi resultarán siempre más convincentes que la frialdad de Luisa.

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