El arte de la retórica

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Grabadas en mi memoria quedaron las lecciones de Comunicación Política que durante la carrera de periodismo me impartieron en la universidad: «Los políticos tienen una sola cara que dar y cada vez que ven un nuevo piloto rojo encendido entre los medios de comunicación, la muestran una y otra vez». Ese día no hizo más que reforzar mis ganas de estudiar una carrera donde la verdad prima sobre la fachada pintona de los personajes públicos.

Hablar sin decir nada es la constante sensación que me inunda cuando escucho, que no oigo, a los políticos en los multitudinarios mítines. Parece que el popular dicho de «En el amor y en la guerra, todo vale» pudiera ampliarse con la coletilla: «y en la política también».

Los dirigentes han tomado las palabras de Aristóteles a pies juntillas y utilizan todas sus artimañas para desarmar la capacidad de raciocinio de los ciudadanos: «Sea la retórica la facultad de hallar en cada caso lo adecuado para producir persuasión». Los diferentes estudios de confianza en la política que realizan instituciones tanto nacionales como internacionales desprenden que hace solo unos años los ciudadanos cedían en las urnas con su voto prácticamente el alma.

El partido de su color contaba con su apoyo casi ante cualquier actuación, no hay más que pensar en los distintos regímenes dictatoriales que sumaban y siguen sumando por millones sus fieles defensores. Por suerte, esos mismos estudios confirman que la actitud de los ciudadanos está virando hacia el lado opuesto. Ya no basta con sentir la bandera si sus gestores no la ondean bajo unos mínimos de eficacia.

Recuperada pues el alma vendida ante palabrería barata, resulta más factible comportarse como ciudadanos responsables, aquellos que no solo acuden a las urnas cada cuatro años sino que preparan su voto cada día en un rincón de su raciocinio al ver la noticias, escuchar los informativos radiofónicos o leer la prensa matutina. Escuchando en vez de oyendo a los políticos. Y es aquí donde toma un papel muy relevante la participación ciudadana, que debe exigir a sus dirigentes información de calidad, digna de su atención; una rendición de cuentas clara y transparente, sin halos de color que los tiñan de sentimientos, sin pilotos rojos que se enciendan para que puedan vender su eslogan y sin retórica en la que todo vale para ganar. Bienvenido sea el Open Government o «gobierno abierto» si despierta el interés de los ciudadanos por conocer y despedazar las informaciones vertidas por sus políticos en el medio universal en que se ha convertido hoy Internet.

Pero lo cierto es que no basta con la actitud activa de una de las partes implicadas, que lo único que pueden encontrar es continente sin contenido. Así se presentan las páginas webs de los partidos políticos analizadas en el informe elaborado por la Fundación Compromiso Empresarial, Transparencia, el mejor eslogan.

Todos los partidos analizados, aquellos que formaron grupo parlamentario en la décima legislatura del Congreso de los Diputados, se abren a los ciudadanos con sus correspondientes web y diferentes perfiles y páginas en las redes sociales más populares, Facebook y Twitter. Pero ciegos ante el nuevo paradigma y con su, parece, única intención de subirse al carro de los social media encuentran un magnífico escenario para sus mítines online.

Así lo demuestra el informe, cuyos únicos resultados positivos en el análisis de la información contenida han correspondido a aquella que hace referencia a la cara más amable de los partidos: la historia, sus ideas y valores, su posicionamiento ante los temas que más preocupan a la sociedad o sus canales de comunicación, porque «está claro» que los ciudadanos son su eje. Pero los partidos se olvidan que ya, solo con eso, afortunadamente, no van a ninguna parte.

Nada se sabe de sus cuentas, de los gastos que tienen y de los ingresos, de los préstamos que han pedido y de aquellos que han sido condonados. Ni rastro del informe del Tribunal de Cuentas, ni de auditorías externas que supervisen la gestión. Nada, porque el poder se lo ha dado todo sin exigir algo a cambio. Es aquí donde los ciudadanos tienen que ejercer su derecho a la información y pedir a los gobiernos sinceridad, respuestas, justificaciones de las medidas tomadas y resultados obtenidos. Una rendición de cuentas que bien podría sanear las malversaciones de fondos, prevaricaciones y especulaciones indebidas que salpican la geografía española. Una transparencia que tendrá que ser convertida en ley para que, junto con la presión ciudadana, pongan sobre la mesa todas las cartas de la gestión política.

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