Pericles o las peleas de gallos

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El discurso fúnebre de Pericles, pronunciado en el año 431 aC, es una de las mejores piezas de oratoria política legadas por nuestros antepasados. Nadie ha conseguido condensar en un texto de un modo tan profundo y poético el espíritu de la democracia y la cultura cívica de una ciudad: Atenas. No es casual que Pericles comience su discurso poniendo de manifiesto la limitación de la palabra frente a las obras, cuando se trata de honrar las acciones de los caídos en combate.

Francamente, no creo que nuestros representantes políticos se sientan muy cómodos con la reflexión sobre la pobreza de las promesas cuando no van confirmadas con resultados. La conducta de los políticos se encuentra muy alejada de la figura del estadista virtuoso, representada por Pericles. De él comenta Plutarco que «abandonó las invitaciones a los banquetes y todo tipo de amistades y relaciones semejantes, de modo que en el tiempo que estuvo dedicado a la política, que fue largo, no acudió a casa de ningún amigo para un banquete». En la actualidad, los cargos políticos se han convertido, más bien, en una tarjeta de visita para participar en todo tipo de banquetes y conseguir toda clase de favores.

Si tuviese que elegir un texto que, como el de antaño, reflejase la naturaleza de la actividad política hoy en día, creo que me quedaría con la pelea de gallos descrita por William J. Kennedy en su novela Roscoe, negocios de amor y guerra. «Las aves, criadas para el combate, no luchaban ni por Dios ni por la gloria, ni por alimento ni por amor. Luchaban para conquistar al otro, para imponer la muerte antes de que se la impusieran.

Roscoe pensaba que era igual que en la política, pero sin la sangre». Por supuesto, nos recuerda Roscoe, para ganar la pelea de gallos es lícito acudir a cualquier medio. Un buen «soltador» de gallos puede llegar a dominar 25 maneras de amañar una pelea: desde romperle en secreto al gallo el muslo con el pulgar o causarle dolor por medio de presión en los riñones, hasta restregarle los ojos para cegarlo. También se puede adiestrar a un gallo para que pierda la pelea, quitándole las proteínas o el agua, causándole diarrea con sales o drogándole con cocaína. El grado de sofisticación de los «soltadores» con experiencia no tiene límites. Algunos han llegado a alimentar a un gallo cobarde con zumo de tomate para que esté bronceado como los gallos ganadores y apostar en contra de él. En fin, las posibilidades son infinitas para un «soltador» (político) con imaginación.

Pues bien, cabe preguntarse ¿qué hemos perdido en el camino que va desde el discurso fúnebre de Pericles a las peleas de gallos de William J. Kennedy? Seguramente muchas cosas, pero hay una que me interesa subrayar de manera particular: la institución de la euthyna, que podemos traducir por la rendición de cuentas. En la Grecia clásica era incomprensible que un cargo político no rindiese cuentas antes, durante y después de su mandato. Previamente a ocupar un puesto se examinaban sus condiciones, durante el ejercicio de su mandato era sometido a varios escrutinios y, al finalizar, debía pasar con éxito el examen de su gestión de los fondos públicos y, además, respondía de su conducta y de las posibles infracciones cometidas. La institución de la rendición de cuentas era consustancial a la democracia griega y, como es natural, se llevaba a cabo por instancias ciudadanas independientes.

Con nuestro primer informe Transparencia, el mejor eslogan, y los sucesivos, queremos resucitar esa praxis de la rendición de cuentas tan necesaria para fortalecer las virtudes democráticas y que, por alguna razón desconocida, hemos perdido en algún momento de nuestra historia. La web será nuestra instancia ciudadana independiente. ¡Algo positivo nos tenía que traer el progreso! Hay otra institución clásica que nos gustaría sacar del olvido. Se trata de la pena del ostracismo, un castigo que condenaba al destierro por un cierto número de años a todos aquellos que podían poner en peligro el bien común de la polis. «Una medida común a la democracia, a la oligarquía y a todo régimen –nos recuerda Aristóteles–, es que nadie crezca excesiva y desproporcionadamente […]. Y especialmente se debe intentar precisar por medio de leyes hasta el punto de que nadie llegue a sobrepasar mucho en poder, ya por los amigos, ya por las riquezas; o si no es así, que se les haga establecer su residencia en el extranjero» (Política, 1308b).

Aunque se trata de una institución muy sugerente, vamos a concedernos un cierto margen, pues si siguiéramos al pie de la letra la recomendación de Aristóteles y aplicásemos en nuestro país la pena del destierro (ostracismo) a todos los políticos que ambicionan el poder en exceso, muy probablemente los escaños de nuestro parlamento se quedarían completamente vacíos. Tentador, ¿no les parece?

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