La responsabilidad social... compartida

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Se estima que para el año 2050 la población mundial habrá aumentado de tal manera –9.000 millones de habitantes– que serán precisos los recursos naturales de dos planetas y medio para satisfacer las necesidades de los consumidores (Vid. Consume con cabeza, por el planeta). Parece ineludible e improrrogable acometer un cambio en nuestra manera de producir, de consumir y, en términos globales, de vivir.

Como si de un círculo vicioso se tratase, las marcas de ropa y complementos producen atendiendo a los gustos y necesidades de los clientes, que a su vez consumen por inercia y sin mucha opción un tipo de producto elaborado de una determinada manera. Y se cae como siempre en el dilema del huevo y la gallina: ¿Qué fue antes? ¿Quién es el responsable? En el ciclo de la moda estamos inmersos todos, de manera que en el reparto de responsabilidades también tenemos nuestro propio espacio.

No es la primera vez que hago referencia a la responsabilidad que tenemos como consumidores, la que bauticé como responsabilidad social propia. Aproximadamente el 30% del impacto medioambiental que tiene una prenda se produce ya estando en nuestras manos, en las del cliente, atendiendo a su manera de ser lavadas, secadas, desechadas o recicladas.

Y no solo eso; vestimos, calzamos y lucimos complementos con el total desconocimiento de la historia que traen consigo. Y es que como a menudo exclama mi abuela cuando le enseño una nueva adquisición y le confieso el precio: «¡Ni la tela sola vale tan poco!». Ellas, que cosechaban algodón y lino a golpe de riñones o compraban telas a los tenderos ambulantes y confeccionaban el vestido de los domingos y fiestas de guardar a mano, no logran concebir que una prenda de 30 euros como precio medio pueda ser beneficiosa para nadie.

Y en parte tienen razón. Buscamos los mejores productos en relación calidad precio para nosotros, sin tener en cuenta las condiciones en las que se habrá fabricado, el agua que se consumirá en su elaboración o la cantidad de CO2 que habrá producido su transporte hasta nuestra tienda más cercana.

Pero la responsabilidad no debe recaer solo en los consumidores. La industria debe seguir dando pasos para asegurar una producción en unas condiciones dignas, atendiendo al aspecto más delicado de su responsabilidad social: la cadena de proveedores. El trabajo forzado, la mano de obra infantil, la salubridad en las fábricas, los derechos laborales, la capacidad de unión y negociación de los trabajadores, etc., son solo algunos de los aspectos que deben abordar los responsables de las multinacionales.

Y no son pocas las iniciativas que la industria textil y de la confección están realizando para virar su producción hacia una moda más responsable y sostenible como veremos en «El punto de mira» de este número, pero queda mucho por mejorar.

Hasta aquí, las responsabilidades de unos y otros, pero en un mundo tan conectado como en el que vivimos, la carga debe ser compartida. Es hora de empezar a comunicar.

Son muchas las empresas que optan por no contar lo que hacen más allá de lo legalmente exigido por miedo a ser tachados de utilizar la RSC como estrategia de imagen, reputación y marketing, pero si el consumidor carece de información para la toma de decisiones será complicado que los esfuerzos empresariales vayan acompañados de un cambio de actitud en los consumidores.

Recuerdo cómo hace dos años asistí a las clases de RSC del MBA impartido por el IE. Uno de los casos que discutimos fue el de Inditex: cómo iniciaron su estrategia de RSC y cómo implicaron a la comunidad en un proyecto piloto en Tánger para mejorar sus condiciones de vida y de trabajo, su sistema sanitario y educativo y el tejido sindical, inexistente en aquella época.

Recuerdo que quedé impactada al conocer todo lo que Inditex, el primer grupo textil mundial por facturación y sede de todas mis compras, hacía no solo para controlar su cadena de proveedores sino ir más allá en una comunidad que para otras multinacionales quedaba al margen.

Más cuando a mis oídos llegaban otras informaciones que creaban una imagen lejana a la realidad que aquel caso planteaba; cuestiones tan enfrentadas que solo la total transparencia podría solventar.

Ha llegado el momento de contar lo complejo que es el mundo de la moda, lo difícil que es controlar a los proveedores, pero los esfuerzos que se están realizando por asegurarse de que los talleres cumplen unos requisitos mínimos; contar que los vaqueros desgastados que están de moda ponen en peligro la salud de los operarios para que los consumidores valoren la necesidad o no de vestir uno de ellos, o que el algodón orgánico, aunque más saludable para el organismo que las fibras sintéticas, lleva consigo un gasto inmenso de agua, dejando en manos del cliente la construcción de su escala de prioridades.

Es absolutamente necesario ser sinceros en temas tan peliagudos porque si no, industria y consumidores, oferta y demanda, nunca se encauzarán en una moda mucho más responsable, ética y ecológica.

@Esther_Bame

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