¿Y si tuviera razón Milton Friedman?

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El fin principal de la empresa es crear valor para el accionista. Esa frase ha sido el lema de los defensores del capitalismo más ortodoxo, y la biblia de su ideario la representa el famoso artículo escrito por Milton Friedman para el New York Times el 13 de septiembre de 1970 con el expresivo título The social responsibility of business is to increase its profits.

El surgimiento de la RSC vino a matizar ese «manifiesto», argumentando que la empresa no debía rendir cuenta solo a los accionistas (shareholders), sino a diferentes y variados grupos de interés (stakeholders), entre los que se encuentran los empleados, los proveedores, los clientes, etc.

El espaldarazo a esta tesis la dieron Michael Porter y Mark Kramer con el texto Creating share value, publicado en enero de 2011 en la Harvard Business Review. En ese artículo los autores sostienen que la verdadera finalidad de la empresa no es la creación de valor para el accionista, sino la creación de valor compartido (shared value), que ellos definen como «el conjunto de políticas y prácticas empresariales que fortalecen la competitividad de la empresa al tiempo que mejoran las condiciones económicas y sociales del entorno donde esta desarrolla su actividad».

Hay que reconocer que la teoría del valor compartido, como todos los sincretismos, es políticamente correcta y resulta muy atractiva, pero no puede evitar la acusación de defender el status quo, pues otorga, en último término, el poder y la capacidad de iniciativa a los directivos de la empresa. Es cierto que se trata de directivos ilustrados, que tienen una visión mucho más rica de la empresa, pero no por eso deja de ser una versión más de despotismo ilustrado.

El activismo accionarial, sin embargo, tiene la enorme virtud de desplazar el peso en favor de los accionistas. El activismo sostiene que son a estos, en definitiva, a quienes debe corresponder la capacidad de decidir sobre las grandes cuestiones que atañen a la empresa. Las demandas de los activistas son variadas, como no podía ser de otro modo.

Algunos exigen a la empresa mayores compromisos sociales y medioambientales, otros, los inversores institucionales, prefieren centrar sus exigencias en las prácticas de buen gobierno y, por último, están los nuevos activistas, cuyo único interés es que la empresa esté bien gestionada y esa buena gestión se traduzca en mayores dividendos. Estos nuevos activistas, a diferencia de los protagonistas de las opas y adquisiciones hostiles de los ochenta, no persiguen trocear la empresa y hacer caja rápidamente, sino una contribución sostenida del valor de la empresa.

Algunas demandas de los activistas pueden resultar un tanto peregrinas, pero todas tienen como efecto positivo que fuerzan a los directivos a rendir unas cuentas más detalladas de su gestión y de sus resultados. Y el simple hecho de que los consejeros y la alta dirección de la empresa tengan que hacer un mayor esfuerzo por justificar su desempeño a la junta general de accionistas es una buena noticia que hay que celebrar.

Ante el auge del activismo accionarial la pregunta que debe hacerse la empresa es: ¿estamos preparados para gestionar el creciente peso del activismo accionarial? Y la respuesta es: no, no lo estamos.

Nuestras empresas, hoy por hoy, no están habituadas a mantener un diálogo fluido y transparente con sus accionistas, entre otras razones porque los directivos de la mayoría de las empresas cotizadas siguen manejando importantes paquetes de control en el capital.

Pero esto está cambiando, porque la tendencia general es que paulatinamente vayan perdiendo peso los accionistas de control e incrementándose el porcentaje del capital flotante. Existen otros problemas que impiden mantener un diálogo fluido con los accionistas, entre los que destaca la falta de transparencia actual para identificar a los accionistas extranjeros por la trasnochada práctica relacionada con la gestión de la cadena de custodia de los valores.

Pero todas estas cuestiones son problemas menores si verdaderamente existe voluntad de mantener un diálogo constructivo y sincero con los accionistas. Al final puede que a Milton Friedman no le faltase parte de razón.

@jmcavanna

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