Innovación ¿el tamaño importa?

Innovación es una palabra que provoca al menos dos sentimientos simultáneos: curiosidad y respeto. Curiosidad, porque implica necesariamente alguna novedad.
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 Aunque no siempre estemos hablando de nuevos inventos, esa transformación a menudo está relacionada con mejoras, enfoques o aplicaciones diferentes de objetos o procesos que nos resultan muy familiares. Cuando sucede, casi siempre nos preguntamos ¿por qué no se hizo antes?

El segundo sentimiento es respeto. Normalmente la innovación pone en tela de juicio la forma tradicional de hacer o usar las cosas, y cuando el beneficio no resulta tan evidente de manera inicial, surge el consabido miedo al cambio que se produce no sólo en las personas, sino también en las organizaciones.

Asociamos la innovación a grandes presupuestos, y a menudo esto es lógico. Las grandes compañías dedican presupuestos importantes a líneas de investigación y desarrollo con el fin de crean valor y aportar diferenciación. Sus esfuerzos permiten progresos relevantes que impactando en la técnica o en el método se traducen en mejoras sustanciales… y hasta, muchas veces, en la transformación disruptiva y total de industrias.

Estos procesos de adopción de la innovación se ven favorecidos por la repercusión y el impacto que les brinda su fuerte estructura y su reconocimiento social. Con una campaña de comunicación las corporaciones facilitan el acceso de otras empresas y de ciudadanos en múltiples geografías y canales.

Sin embargo, los cambios más disruptivos a menudo tienen como origen pequeños equipos de trabajo que crean propuestas innovadoras desde empresas de reducido tamaño.

Estructuras livianas, flexibilidad para la toma de decisiones y una mayor predisposición para asumir riesgos y aceptar fracasos hacen de las pequeñas empresas (e incluso emprendedores en solitario) agentes que adquieren una gran relevancia en los procesos de innovación. Y los resultados suelen conducir no sólo a mejorar de manera sustancial bienes o servicios, sino también a una menor huella medioambiental y a una mayor conciencia del impacto social.

En la era digital queda por mencionar la innovación abierta. Los ciclos, antes cerrados e internos se abren a la participación de empresas externas a la organización principal y a la involucración de dos actores adicionales de los que hablo de manera recurrente en esta revista: el gobierno y el ciudadano.

Muchos de los cambios, gran parte del progreso, se deben a un intercambio directo de información, a un brainstorming colectivo, y a una involucración abierta y colaborativa entre estas diferentes figuras que aportan a la organización que lidera el cambio, una visión fresca y ajena a los condicionantes internos. Muchas veces sin grandes presupuestos.

Surgen así los conceptos de cocreación y codiseño que enriquecen de manera sustancial el proceso de innovación.

En la práctica

Seguramente la primera empresa en la que pensamos cuando se habla de innovación es Apple.

Lo que se desconoce es que los proyectos de innovación son, en gran parte, desarrollados por pequeñas empresas con grandes ideas que, una vez demuestran su utilidad y solvencia, son adquiridas por grandes compañías.

La buena noticia es que hay vida más allá del sector tecnológico donde encontramos multitud de ejemplos de innovación para el desarrollo de productos y servicios.

En el sector ecológico que es en el que trabajo, la apuesta por la innovación en producto y en método de fabricación que han realizado pequeñas empresas para ofrecer artículos más sanos, responsables desde una perspectiva social (favorecen el desarrollo económico local y regional), y sobre todo, más seguros desde una perspectiva de consumo a largo plazo, ha marcado una línea de actuación que se ve claramente favorecida por la elección del ciudadano. El informe 2013 Consumidores europeos en modo alternativo de Cetelem habla del consumo responsable como una realidad afianzada, mucho más que una tendencia.

Progresivamente, se van adhiriendo a estos compromisos de sostenibilidad y responsabilidad una mayor cantidad de empresas. Los pequeños pasos a la larga se traducirán en la asimilación de los compromisos que el ciudadano requiere, y que determinarán el nuevo status quo democratizando el acceso del ciudadano, de la sociedad entera, a la innovación responsable.

Creo que este tipo de innovación es cosa de pequeñas y grandes empresas. Prefiero que la sociedad en su conjunto avance lentamente gracias a la visión de unos pocos que señalan la dirección, antes que una porción reducida de la sociedad se vea beneficiada. Sobre todo si esta mejora impacta en la salud o en los derechos sociales de aquellos que intervienen en la elaboración de los productos.

En mi opinión no se trata de rivalizar entre pequeñas y grandes empresas, entre el ámbito público y el privado. Abogo por la colaboración, por la convergencia en valores y objetivos de una organización informal matricial, puesto que cada actor aporta virtudes y roles diferentes, marcos de actuación divergentes que son a la vez complementarios.

Hoy en día me doy cuenta de que dicho proceso es beneficioso a la vez que complejo. Sin el apoyo de grandes corporaciones se hace muy difícil para pequeñas empresas que han demostrado la viabilidad de su propuesta hacerla crecer. En el lado opuesto quedan sin la visibilidad adecuada muchas mejoras que se ahogan en el tintero por una simple falta de acceso a lo que doy en denominar “las cuatro c”: capital + conciencia + conocimiento + comunicación.

La conclusión a la que llego es que el cambio, la innovación (ambos con mayúsculas) sólo se producen de la mano de personas que, independientemente de dónde estén ubicadas en el mapa de la nueva economía que comentamos en otro artículo (Vid. Economía colaborativa, el poder de compartir), sepan que son agentes indispensables para facilitar dicho cambio. Y, por encima de todo, que el progreso sólo se produce en un marco de colaboración.

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