Nuestro mundo está enfermo

El 11 de febrero es el Día del Enfermo, una figura que en España ha perdido ‘calidad de vida’ con la crisis. Partidas como las de Sanidad, Dependencia o I+D+i se han visto recortadas en los últimos años para reducir el déficit con medidas que, gracias a la insistencia de muchos españoles, han terminado diluyéndose.
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El día 11 de febrero se conmemora el Día Mundial del Enfermo, una fecha que, por desgracia, casi todos deberíamos recordar. Prácticamente todos tenemos una persona que padece algún tipo de patología más o menos grave en nuestro entorno más cercano (eso si no somos nosotros mismos los afectados). Males que pueden ser también más o menos llevaderos dependiendo del sistema de salud en el que caiga el enfermo.

En España, el entorno sanitario de carácter público ha sufrido en los últimos años una serie de altibajos bastante diferenciados por comunidades (las competencias sanitarias no pasan en su totalidad por el Gobierno central), provocados por la falta de liquidez y por nuestras obligaciones de reducir déficit.

Se han llegado a plantear y, en ocasiones, a llevar a cabo, opciones polémicas como privatizar parte del servicio público; a dejar sin servicio a personas sin recursos, como son los inmigrantes que residen en nuestro país de forma ilegal; a reducir plantillas y sueldos del personal sanitario, o a rebajar el número de camas disponibles en los hospitales mientras se empleaban recursos públicos para construir otros nuevos (que tampoco estarían al 100%) como reclamo político en época electoral.

A recortar la inversión en Dependencia y en I+D+i, un ítem clave para el desarrollo de nuevas técnicas, tecnologías y fármacos al servicio del paciente; a instaurar el copago de fármacos recetados; a cobrar uno, dos, tres, cuatro y hasta cinco céntimos ‘sanitarios’ por litro de carburante consumido para mantener a flote el sistema público de salud…

Una larga lista de impuestos y normativas que surgieron de la desesperación de los políticos por sacar dinero de debajo de las piedras y que, en muchos casos, han sido revocados por la justicia después de que millones de españoles les plantasen cara saliendo a la calle y acudiendo ante los jueces para recuperar la dignidad arrebatada.

Fueron medidas que tuvieron su función, la de ahorrar bastantes euros en una época en la que hacía falta contentar a organismos como el Fondo Monetario Internacional (FMI) o el Consejo de Asuntos Económicos y Financieros (Ecofin). Eso sí, a costa de los enfermos con menos recursos porque, no nos engañemos, la sanidad pública no es cosa de ricos.

Hemos permitido que nuestros sanitarios sean unos de los más desmotivados de Europa. Muchas personas con patologías leves han caído enfermas de gravedad por evitar el pago de determinadas medicinas, con su consecuente gasto hospitalario, mucho mayor que el de los fármacos que se le podrían haber subvencionado. Las listas de espera para una operación superan en ocasiones los 100 días. Además hemos conseguido que la UE nos dé un tirón de orejas por ese céntimo sanitario que, desde su punto de vista, era poco legítimo.

Sanidad internacional

Mucho peores son las cosas cuando miramos hacia afuera y vemos a millones de personas sin acceso a sanidad. Naciones de mayor riqueza que la nuestra que no garantizan los servicios sanitarios a nadie que no pague su seguro. O países que se defienden a duras penas en materia sanitaria con la ayuda de diferentes ONG, aquellos en los que día tras día mueren niños y mayores por patologías que hace tiempo se erradicaron en España gracias a las vacunas.

Y no olvidemos cómo crece el número de enfermos entre los que viven el horror de la guerra, tanto los que están bajo las bombas y la metralla como los refugiados que van de acá para allá, sobreviviendo en campamentos con pocas garantías de salubridad. Una larga lista de desigualdades que, lejos de irse reduciendo, cada vez son mayores y que demuestran, una vez más, que el mayor enfermo que existe es el mundo en el que vivimos.

Lo bueno es que su cura está en nuestra mano: la mejor vacuna para aliviar su malestar pasa por ponernos todos en la piel de quien sufre. Lo malo es que quienes deben inyectarla son aquellos que están al mando de forma directa o indirecta.

A todos ellos les pedimos, hoy y siempre, que antes de legislar o recortar consulten previamente con las asociaciones de pacientes; que antes de invertir en ladrillo, sopesen las diferentes alternativas que el mercado de la I+D+i sanitaria les ofrece; que no conviertan una vacuna en un artículo de lujo; que antes de asignar ‘lotes’ de refugiados piensen en las personas que enferman porque sí en los campamentos; o que antes de empezar una guerra piensen en las víctimas que van a generar.

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