Procesos de selección que aplican ‘la ética de la virtud’ de Aristóteles

Simplemente si las compañías auditoras aplicaran la ética de la virtud el mundo empresarial sería diferente.
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Begoña Morales16 septiembre 2020
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Si a una persona que saca 100 euros de un cajero, le entregaran por error 200 (10 billetes de 20, en lugar de 10 billetes de 10 euros), ¿qué le motivaría a devolver el dinero que no le pertenece?

Planteamos tres posibles escenarios: piensa que podrían descubrirla y acusarla de robo; cree que podría crear problemas a los empleados del banco que han colocado mal los billetes, o simplemente piensa que no es correcto quedarse algo que no es suyo.

Si la motivación es el miedo a ser acusado de robo, su comportamiento estaría ligado a la ética de la obediencia. Solo se trata de cumplir la norma, sin pensar si el acto de quedarse los 100 euros está bien o mal.

Si lo que motiva a devolver el dinero es la preocupación por las consecuencias en los empleados del banco, su comportamiento habría estado guiado por la ética de la empatía, que está cercana a la filosofía del ‘consecuencialismo’ o ‘utilitarismo’. Esto significa que lo correcto (utilidad) es lo que beneficia al mayor número de personas y perjudica al menor número de ellas.

Las decisiones tomadas con esta filosofía analizan previamente las consecuencias de las diferentes opciones y se deciden por aquella en la que menos personas resultan perjudicadas o más personas resultan beneficiadas.

Finalmente, si decide devolver el dinero simplemente porque piensa que es lo correcto, sería la ética de la virtud, también denominada ética de la razón, que responde al legado de Aristóteles y está basada valores como la sabiduría o el autocontrol, que definen quiénes somos y cómo controlamos nuestros instintos primarios: “Hacemos lo correcto porque es lo que debemos hacer”.

Hagamos una reflexión de la aplicación de estas tres filosofías a la gestión de una empresa.

Una empresa guiada por la ética de la obediencia necesita un conjunto extenso de normas y códigos que regulen los comportamientos y penalicen su incumplimiento. Un comportamiento regulado en la mayoría de estos códigos es la aceptación de regalos.

Accenture, por ejemplo, lo expresa de esta manera: “Aunque las actividades ordinarias para formar relaciones –incluidos regalos, comidas y formas de entretenimiento– pueden ser apropiadas, también debemos permanecer alerta para asegurarnos de que nada que de lo hagamos pueda incluso generar la impresión de que es algo inapropiado. Los sobornos son ‘cualquier cosa de valor’ (entradas para eventos deportivos, comidas, etc.) que tiene el objetivo de pretender asegurar una ventaja inadecuada o influenciar de manera inapropiada al destinatario. Esto significa cualquier cosa que tiene valor para la persona que alguien está intentando influenciar, ya sea que tenga valor comercial o no”.

Si la cultura de la empresa estuviera guiada por la ética de la empatía, las decisiones se tomarían después de haber hecho un análisis y valoración del impacto que las mismas tienen en las personas.

Un ejemplo de estas decisiones podría ser la tomada por Facebook, tras la crisis de Cambridge Analytics, de aplicar el Reglamento de protección de datos RGPD en todos los países para cuidar la privacidad de los usuarios de la red con independencia de que la regulación local les desproteja.


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Por último, si la ética de la virtud fuera la base de la cultura de una empresa, la sabiduría de sus componentes alcanzaría el estado de los ‘principios universales’.

Una compañía cuyos empleados actuasen según esta filosofía, podría descansar todas sus decisiones en el criterio de cada uno de sus trabajadores. No necesitaría códigos con cientos de normas de conducta explicando el comportamiento adecuado para cada decisión ‘sensible’ que pudiera presentarse, ni batallones de auditores internos controlando que se cumplen esas normas, ni canales de denuncia con despachos de abogados que gestionen los incumplimientos.

Una empresa movida por la ética de la virtud necesitaría que cada uno de sus profesionales se comportase de manera buena y para ello sería crítico asegurar que se seleccionan a personas virtuosas para entrar a forman parte de la empresa. Damos por hecho, aunque es mucho dar, que los directivos de esas empresas desean esa cultura y por tanto son ejemplares en sus comportamientos y toma de decisiones. Si no fuera así estarían generando un conflicto de valores que se manifestaría continuamente y haría difícil la gestión.

Imaginemos que los directivos de Lehman Brothers se hubieran encontrado personas con valores cuando les pidieron vender activos tóxicos a cambio de un bonus millonario.

Esta secuencia de la película Margin Call, que representa el caso Lehman Brothers, escenifica de manera magistral cómo se propone esta decisión por parte de los directivos y cómo se acepta rápidamente por el equipo de comerciales recompensados por un sustancial bonus.

Por tanto, los procesos de selección son clave para construir la cultura ética deseada por la propiedad y los directivos de la empresa.

Por ello resulta curioso el caso que expuso la semana pasada un asistente a un seminario de ética que acababa de entrar a formar parte de una importante firma auditora. En el proceso de selección de esta firma le plantearon diversos casos, uno de los cuales era un dilema moral.

Se planteaba la siguiente situación: “Formas parte del equipo de trabajo de la auditoría de una empresa del sector químico. Paseando durante el fin de semana, casualmente ves a una persona que ha salido de un vehículo con la marca de la empresa química y ha vertido un contenido en el río”. Y se preguntaba al candidato cómo actuaría ante ese hecho: bien comunicándolo a la firma auditora para que averiguara con su cliente, la compañía química, acerca del vertido o bien pasando de largo dejando el tema a un lado.

Lo más sorprendente es que la respuesta del candidato, que ya durante el seminario era empleado de la firma auditora, fue: “pasaría de largo”.

Este hecho nos deja muchas cuestiones en el aire: ¿Influyó esta decisión simulada en la contratación del candidato? Si es así, ¿qué perfiles busca esa compañía de auditoría? ¿tendrán que ver esas decisiones con algunos escándalos como los de Pescanova o Bankia?

Y la cuestión más importante, ¿es sostenible este modelo de cultura ética que ha imperado en muchas auditoras en décadas pasadas? Es interesante leer el informe de independencia del auditor externo publicado por la Fundación Compromiso y Transparencia para reflexionar sobre el papel de este sector y el impacto que su ‘virtuosismo’ tendría en el sector empresarial y en la sociedad en general.

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