Grupos de interés: el actor necesario

“Para dialogar, preguntad primero; después... escuchad”, Antonio Machado (1875-1939), poeta y prosista perteneciente a la Generación del 98.
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Cuando uno se hace empleado público, a la hora de diseñar una determinada política pública, puede adoptar dos caminos: pensar que su conocimiento probado durante la fase de oposición es suficiente para la adopción de una concreta línea de actuación o para la elaboración de una determinada normativa o, considerar, como es mi caso, que una determinación o una concreta normativa solo logrará ser lo suficientemente inclusiva si contempla la opinión de los grupos de interés y partes interesadas, principalmente los preceptos y análisis del tercer sector.

Adoptar la primera de las posturas, en mi modesta opinión, es sinónimo de una manifiesta arrogancia alejada de lo que, en el contexto actual, garantizaría una eficaz y eficiente política pública.

Parejo símil podemos establecer con los que tienen puestos de responsabilidad en empresas u ostentan la representación política. Quienes creemos en la responsabilidad social; quienes apostamos por un modelo de crecimiento inclusivo que no piense únicamente en el necesario crecimiento económico de organizaciones, instituciones y empresas; quienes pensamos que se necesita en un contexto como el actual decisiones que procuren no dejar a nadie atrás, apostamos por este tipo de política, por este arquetipo de administración y por este modelo de gerencia.

Una gestión encaminada a la escucha de unos y otros para lograr textos regulatorios que satisfagan en gran medida las demandas de nuestra ciudadanía. Debemos generar espacios de diálogo, tenemos que preguntar y, sobre todo, escuchar, de esta manera tan sencilla es como nuestro poeta Machado, gran exponente de esa Generación del 98, lo manifestaba.

El diálogo como eje vertebrador

Los textos bíblicos nos recuerdan que tenemos dos oídos y una boca, precisamente para escuchar el doble de lo que pronunciamos. En ocasiones la inmediatez de determinas acciones nos pueden privar de tomar decisiones y medidas lo suficientemente dialogadas y consensuadas, pero nunca debemos perder de vista la esencia de este anhelo como gestores públicos.

Por parte de los grupos de interés, por parte del tercer sector, no cabe sino esperar cierta reciprocidad, una moneda de cambio necesaria. No sería sensato si no se exigiese, del otro lado, el suficiente ejercicio de responsabilidad.

Los agentes sociales deben de mantener ese discurso inconformista, una peroración de cambio, de avance, que hace remover conciencias y organizaciones. Ese diálogo es la base de nuestros modelos democráticos, pero debe ser siempre un diálogo abierto a la escucha y a la búsqueda de consensos, en ocasiones, no muy alejados del sentido común.

Siendo meros burócratas ciegos a la escucha de los grupos de interés, nos convertiremos en seres grises y haremos que poco a poco los ciudadanos, los administrados, nos conciban como aquellos entes que con lápiz y papel se viven ajenos a una realidad.

Como siempre sostengo, la sociedad civil organizada, el tercer sector, son los ojos de quienes pasamos gran parte de nuestra jornada laboral encerrados en un despacho. Conocemos que disponemos de unos recursos finitos y andamos devanándonos los sesos intentando descubrir qué fórmula logrará satisfacer en mejor medida los intereses de nuestra ciudadanía.

Siendo meros burócratas ciegos a la escucha de los grupos de interés, nos convertiremos en seres grises y haremos que poco a poco los ciudadanos, los administrados, nos conciban como aquellos entes que con lápiz y papel se viven ajenos a una realidad y a un futuro que debemos diseñar juntos.

Las alianzas como fundamento de avance compartido

Todos somos conocedores de la Agenda 2030 de Naciones Unidas, de esos 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible que todos, administraciones, gobiernos, empresas y ciudadanos deben marcarse como prioridad para hacer que nuestro planeta en 2030 sea un espacio más justo y sostenible.

De todos los objetivos, de las 169 metas que se diseñan, hay un objetivo fundamental, precisamente el último, el 17. La necesidad de construir “alianzas para lograr los objetivos”. El Estado por sí mismo ya no es suficiente para satisfacer los grandes retos de nuestros tiempos y necesita, precisamente, de esos diálogos, de esa escucha, de esas alianzas.

Hay quien entiende que los grupos de interés, que ciertas organizaciones del tercer sector, o que algunos agentes sociales conforman lobbies descorazonados que mantienen intereses oscuros. Soy de los que apuestan por la ‘luz y taquígrafos’, aquella expresión que popularizó Antonio Maura, presidente del Consejo de Ministros de España a inicios del siglo XX.

Aboguemos por un registro de lobbies, hagamos público con quién y cómo nos reunimos. Dialoguemos con todos los agentes sociales y diseñemos, entre todos, un futuro mejor. Se lo debemos a quienes nos precedieron; se lo merecen nuestras futuras generaciones.

Hoy, los medios tecnológicos nos ofrecen una ocasión única, la era pos-COVID-19, que supone una apuesta por las nuevas tecnologías nos brinda una oportunidad impar para tener, si cabe, más en cuenta estas nuevas perspectivas, unas telecomunicaciones que no nos obligan a desplazamientos y que nos permiten embebernos de ricos conocimientos sin importar las distancias y los territorios.

Será responsabilidad compartida, de administración, gobiernos, empresas y sociedad civil, tomar buena nota de la oportunidad que tenemos y sacar el mejor de los partidos a unos diálogos que, cada vez, dada la complejidad de nuestro entorno, son más necesarios.

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