Vender periodismo, y nada más, funciona

En un ensayo de 2017, la directora del ‘The Guardian’, Kath Viner, declaró que, aunque solo solicitaba contribuciones de lectores digitales en lugar de exigir suscripciones, su periódico se “financia hoy más por nuestros lectores que por nuestros anunciantes”. Ella interpretaba este hecho no solo como “un nuevo modelo de negocio”, sino también como “una oportunidad” para centrarse en “lo que los lectores valoran”, es decir, “el periodismo”.
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El director del The Economist, John Micklethwait, había comentado algo similar en una entrevista en el 2014, señalando que su revista siempre había dependido de las suscripciones y, por lo tanto, ya tenía un modelo de negocio más parecido a HBO que al de los periódicos tradicionales o a los nativos digitales, más dependientes de la publicidad: “Lo fundamental es saber que estás produciendo algo que tiene valor. Los ingresos por publicidad están bien, pero son un complemento”.

Estas dos cabeceras, aparentemente muy diferentes, se sitúan entre los pocos “ganadores” de los medios tradicionales (o legacy, por ser los herederos del papel) en la era digital, y los comentarios de sus directores nos explican las razones. Su único producto real es el periodismo, y es más fácil de ofrecer si se atiende a un solo cliente, el lector. Con demasiada frecuencia en el mercado del periodismo esto no suele ser así.

Antes de continuar, debo declarar que he pasado gran parte de mi carrera profesional como periodista escribiendo para The Guardian y The Economist. Todavía lo hago esporádicamente.

Eso justifica que también pueda dar fe del hecho de que es el periodismo y solo el periodismo lo que impulsa su negocio. Y dado que su único producto es el periodismo (más que la influencia política, los intereses económicos de sus propietarios o las subvenciones de políticos que pueden usar dinero público para apoyarlos o aplastarlos), los periodistas de The Guardian y The Economist trabajan en libertad.

Esto no quiere decir que los dos grupos no tengan su propia línea editorial o preferencias políticas.

Pero vender periodismo, y nada más, funciona. Funciona para The Economist, que sobrevive gracias al aumento continuo de las ventas. Funciona para The Guardian, porque es una empresa sin ánimo de lucro que no paga dividendos, invierte las ganancias en el periódico y, como consecuencia, ha crecido enormemente en lectores durante los días más difíciles de la digitalización y los constantes cambios del modelo de negocio.

The Guardian ha podido hacer esto porque dispone de una gran cantidad de efectivo ahorrado durante décadas de ganancias. Los competidores se quejan de que esto supone no operar “en el mercado”.

Otra forma de verlo es que opera exactamente en el mismo mercado que todos los demás, pero simplemente tiene una visión a largo plazo. Visto así, The Guardian es bastante similar a The Economist (y al The New York Times) y otros que han sobrevivido perfectamente “en el mercado”.

De hecho, los medios de comunicación que realmente operan fuera del mercado, más allá de los que son propiedad del Estado, son aquellos cuyos modelos de negocio no se basan en la misión central del periodismo, el verdadero “producto”.

Se dividen en varias categorías; en primer lugar, aquellos que se financian indirectamente con dinero público a través de publicidad u otros medios y se abstienen de ejercer la función crítica y vigilante del periodismo, o son directamente chantajeados por los políticos que controlan las fuentes de ingresos; segundo, aquellos que son proyectos de inversión que generan pérdidas para los propietarios y cuya verdadera motivación es recuperar las pérdidas influyendo en los políticos y cambiando las leyes; en tercer lugar, los que actúan como equipos de propaganda de partidos políticos u otros intereses y, como compensación, reciben dinero público a través de contratos institucionales para sus otros negocios; en cuarto lugar, los financiados directamente por actores políticos, que produjeron lo que el Financial Times ha llamado “fango rosa” y el The New York Times denomina “pagar por jugar” durante la campaña presidencial de Estados Unidos, y, finalmente, aquellos que actúan en interés de determinados anunciantes, acreedores o accionistas como forma de “pagar” deudas, o son chantajeados por estos últimos con amenazas de retirar su apoyo financiero.

Es posible combinar varios de estos “modelos”, que no solo “rompen el mercado”, sino que son moralmente (y a veces criminalmente) corruptos, al tiempo que destruyen la confianza ciudadana en los medios de comunicación en su conjunto.

Es posible combinar varios de estos “modelos”, que no solo “rompen el mercado”, sino que son moralmente (y a veces criminalmente) corruptos, al tiempo que destruyen la confianza ciudadana en los medios de comunicación en su conjunto.

En su función, tal vez involuntaria, de servicio público, el periodismo inspecciona nuestras áreas de dolor, investigando los lugares y los temas que provocan problemas y sufrimiento al arrojar luz sobre asuntos que la mayoría de las personas evitarían voluntariamente, ya sea la guerra, el extremismo o pidiendo rendición de cuentas al poder.

En asuntos internacionales, el periodismo se sumerge directamente en las áreas de confusión y ayuda a suavizar la confrontación (hay excepciones, como la campaña de difamación bélica de Randolph Hearst antes de la guerra hispanoamericana de 1898). En inglés coloquial, somos “the squeaky Wheel” (la rueda que chirría), que hace un ruido cuando algo va mal con la máquina, que ofrece a otras personas la oportunidad de aplicar aceite o reparar la máquina antes de que se rompa. Eso solo se puede hacer cuando una organización de noticias es debidamente independiente y honesta en su línea editorial.

Ya hemos entrado en un período de profunda desconfianza y bunkerización de los lectores, que ven a algunos grupos de medios como “veraces” y a otros como “falaces”. Estas opiniones a menudo se basan o están respaldadas por rumores, falsedades y mentiras sobre la propiedad. Los opositores afirman que ciertos medios de comunicación operan como “organizaciones de fachada” para los intereses personales o políticos de individuos o grupos que pueden, o no, ser los verdaderos dueños, ya sean Trump o Soros. A menudo se equivocan. A veces tienen razón.

¿Cómo pueden los nuevos lectores, los jóvenes que interactúan con los medios de comunicación por primera vez, o los lectores mayores que desean conocer si pueden confiar o no en una fuente que encuentran por primera vez, decidir si esto es cierto o no? La respuesta es tan antigua como el propio periodismo: deben poder verificar los hechos. Solo pueden hacer eso si los grupos de medios de comunicación, que con frecuencia exigen transparencia al gobierno y otras empresas, se aplican esa misma regla.

La presente edición del informe Primera Plana, de la Fundación Compromiso y Transparencia, afirma que la confianza en las organizaciones de medios se asienta en tres patas, de las cuales solo una, los estándares editoriales, tiene una visibilidad obvia para los lectores (aunque esto también puede ser confuso). Las otras dos –“financiación” y “propiedad y gobernanza”– no son en absoluto obvias y están menos sujetas a un escrutinio externo.


Deficiencias en la configuración de la propiedad y el gobierno de los medios españoles

Reflexión inexcusable en tiempos de ‘fake news’ y los efectos de la posverdad


Como señala Elena Herrero-Beaumont en la introducción del Media Integrity Report, las palabras clave en el negocio de las noticias ahora son “desinformación” y “suscripción”. En un mundo perfecto, donde el cliente sabe mejor y vende su confianza a un precio alto, estos funcionarían como opuestos.

De hecho, a medida que la suscripción se convierte en el modelo de negocio, se nos presenta

un círculo potencialmente virtuoso. Aquellos que difunden desinformación perderán suscriptores. Aquellos que no lo hagan, ganarán. Esto proporcionaría un mecanismo de autocorrección para las “normas editoriales”.

Sin embargo, la propiedad, la gobernanza y la financiación son más complejas y opacas, pero sin duda forman parte de la misma ecuación. Por esa razón, los medios de comunicación deben estar sujetos al mismo grado de escrutinio que los políticos o las empresas públicas.

En otras palabras, los medios de comunicación no solo necesitan mirar, sino también ser observados. Debemos hacer brillar la luz, mostrar la verdad y dejar que los lectores (ahora “suscriptores”) decidan por sí mismos.

Incluso aunque solo sea por interés propio, los grupos de medios deben volverse transparentes sobre sí mismos, su propiedad y sus fuentes de ingresos. De lo contrario, los suscriptores deberían ir a otra parte, y con suerte lo harán.

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