‘Reporting’ de sostenibilidad: de importante a imprescindible

La importancia de la integración de la sostenibilidad en la actividad de las empresas ha crecido exponencialmente desde el inicio del siglo.

Ganó relevancia en 2015, tras el Acuerdo de París para limitar el aumento de la temperatura entre 1,5 y 2 grados en 2100, y con la aprobación de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) como agenda mundial para reducir las desigualdades y hacer un mejor planeta en 2030.

Y se ha acelerado en los últimos años con la necesidad de que las empresas lideren y se adapten a una economía neutra en carbono como tarde en 2050, y con un aumento de la demanda de inversión con criterios ambientales, sociales y de gobernanza (ASG) que ha generado un boom de este tipo de inversiones que no ha hecho más que despegar.

La notoriedad de la gestión de la sostenibilidad en las compañías ha venido aparejada al aumento de la demanda de información no financiera, que tiene tanta relevancia como la contable, impensable hace una década.

Si echamos la vista hacia atrás, el Global Reporting Iniciative (GRI), principal estándar para la elaboración de memorias de sostenibilidad, surgió en 1997 en Boston (Estados Unidos) como respuesta a la catástrofe medioambiental del petrolero Exxon Valdez y para incentivar que las empresas empezasen a responsabilizarse de sus impactos económicos, sociales y ambientales.

Solo han pasado 21 años desde que, en 2000, GRI publicase la primera guía para la elaboración de memorias de sostenibilidad, la Guía G1, tras la que llegaron otras tres versiones hasta la Guía G4 (2013). En 2016 lanzó 36 módulos interrelacionados en materia económica, ambiental y social, que son los que emplean la mayoría de empresas para reportar sus impactos en sostenibilidad desde 2018.

Hace una década, el International Integrated Reporting Council (IIRC) empezó a impulsar el reporting integrado con la intención de equiparar la información financiera y la no financiera con gran acogida en Reino Unido, Europa y Sudáfrica.

También ha tenido sus seguidores en nuestro país, antes de que la Ley 11/2018, de 28 de diciembre en materia de información no financiera y diversidad en España, pusiera de moda los estados de información no financiera (EINF) para aquellas empresas que nunca habían medido su contribución al desarrollo sostenible.

Así, desde 2019, las empresas con más de 500 empleados, con una cifra de negocio superior a 40 millones de euros o con un total del activo superior a 20 millones, tienen que rendir cuentas de sus impactos ASG, y en 2021 se ha extendido la obligatoriedad a las empresas de más de 250 empleados.

Desde 2018, la información en sostenibilidad ha ganado importancia y las empresas se ven en la obligación de presentar su evolución y compromisos con el desarrollo sostenible, sobre todo a los inversores, pero también a sus diferentes grupos de interés. Lo que ha propiciado que los departamentos de sostenibilidad sigan creciendo en relevancia para coordinar las estrategias de negocio de las compañías.

Desde 2018, la información en sostenibilidad ha ganado importancia y las empresas se ven en la obligación de presentar su evolución y compromisos con el desarrollo sostenible, sobre todo a los inversores, pero también a sus diferentes grupos de interés.

Volviendo al reporting integrado, el IIRC y Sustainability Accounting Standards Board (SASB) – entidad no lucrativa estadounidense creada en 2011 para ayudar a las empresas a vincular los aspectos financieros y de sostenibilidad en su gestión a través de sus estándares- han anunciado el pasado mes de junio su fusión, que ha dado lugar a la Value Reporting Foundation. Su objetivo es ayudar a las empresas a gestionar sus impactos en la sociedad y a que los inversores conozcan mejor la gestión de sus riesgos ESG, impulsando el marco de informes integrados y los estándares SASB.

Desde el Foro Económico Mundial (WEF) también se quiere ganar en influencia en el reporte de la sostenibilidad. En 2017, 140 CEOs de las principales compañías mundiales impulsaron el  International Business Council (IBC), y en el Foro de Davos de 2020 se presentó la guía  Stakeholder Capitalism Metrics con la intención de catalizar la convergencia, simplificación y estandarización de la información no financiera vinculada a los ODS.

Desigualdad, cambio climático y descarbonización

Cuando hablamos de gestión de la sostenibilidad, el equilibrio de la dimensión económica, social y medioambiental sigue siendo fundamental.

Con la crisis de 2008, el buen gobierno y la ética ganaron influencia frente a la acción social, que era la manera de entender la RSC que tenían muchas compañías. Con el Acuerdo de París y los ODS, las cuestiones sociales y medioambientales han crecido en notoriedad.

La pandemia generada por la covid-19 ha acrecentado la importancia de lo social para alcanzar la salida de la crisis, mientras la transición hacia una economía descarbonizada que mitigue el impacto del cambio climático está transformando todos los sectores económicos, sobre todo los de la automoción y la movilidad, las energéticas y ‘utilities’ o el tecnológico.

The Financial Stability Board (TSB) creó en 2017 el Task Force on Climate-related Financial Disclosures (TCFD), presidido por Michael Bloomberg, para mejorar y aumentar la información financiera vinculada con el clima de las compañías.

En la pasada cumbre del G-20 de Venecia, el TCFD arrancó el compromiso de las 20 economías más desarrolladas del mundo para intentar una estandarización de los impactos relacionados con el cambio climático, con el objetivo de convertirse en el principal estándar global, previo a la COP26 de Glasgow de noviembre.

Mientras, la Comisión Europea presentó el pasado 21 de abril una propuesta de Directiva de Informes de Sostenibilidad (CSRD) que tomará el relevo a la Directiva sobre información no financiera, con la intención de aunar la información en materia de sostenibilidad de las empresas, que afectaría a cerca de 50.000 grandes empresas europeas y multiplicaría por cinco (11.000) las que se ven obligadas a presentarla.

El aumento de la demanda de información no financiera, que seguirá creciendo, ha convertido a la sostenibilidad en el eje de las estrategias de las compañías. Las demandas de los inversores y de la sociedad han impulsado que la sostenibilidad haya dejado de ser un nuevo paradigma empresarial para convertirse en indispensable si las empresas quieren mirar más allá de 10 años.

Aquellas organizaciones que llevan años apostando por los criterios ASG en su gestión cuentan con una ventaja competitiva frente a las que les ha costado más, aunque ya conocen lo que tienen que hacer. Porque sin sostenibilidad no habrá futuro ni negocio.

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