Enrique de Sendagorta

CE28 agosto 2007

Ya en el primer y bellísimo escrito que nos conserva fragmentariamente la historia de la filosofía- el Poema de Parménides- se recalca que «el camino es abundante en signos». El camino es el de la vida, el que se debe recorrer, pero siempre es alguien el que debe transitarlo.

Por eso, lo mejor es encontrar una persona que viva su «caminar el camino», de tal manera que sus descubrimiento de los signos sirva de espejo para los demás.

Ahí- en la síntesis de signo y espejo- se encuentra lo que ahora se suele llamar, con palabra transliterada del inglés, el líder, palabra poco afortunada, a mi entender, pues tiene connotaciones excesivamente escénicas. A Enrique de Sendagorta no le ha preocupado nunca «la escena» sino actuar según verdad: la mirada siempre atenta a la verdad de las personas, de las cosas, de las acciones.

Las personas que obran así –que se esfuerzan por actuar con ese espíritu- , a pesar de los defectos y debilidades connaturales al ser humano, son las que con propiedad reciben el calificativo de íntegras.

La intuición, la genialidad, la simpatía, la capacidad de comunicación, la habilidad negociadora, la valentía, la solidaridad misma, y un largo etcétera, son virtudes espléndidas y que se encuadran bien en la figura del «líder». Pero la suma de todas ellas, sin integridad, no hace un líder, sino un fuego fatuo.

Eso es lo primero y fundamental, por lo tanto, que se debe resaltar en la figura de Enrique de Sendagorta: su enorme respeto por la verdad, su integridad. Sólo la verdad da plenitud. La verdad es aquello que no está disponible a nuestro arbitrio, es decir, aquello de lo que no podemos servirnos –en el mal sentido de esa expresión- sino a lo que debemos servir. Es un ritornello en los escritos de Enrique de Sendagorta, y más aun en su vida, que la clave de todo, y particularmente la clave del gobierno, está en el servicio.

Un gran amigo, filósofo francés, estuvo a punto de morir en un accidente. En ese momento, en el que viene a la cabeza la propia vida entera, experimentó –según me dijo- que no llevaba consigo más que lo que había dado. Sólo la verdadera generosidad nos enriquece, añade algo a nuestro ser, mientras que el puro deseo de enriquecimiento nos vacía; es un señuelo.

Me impresionó leer una entrevista con una vieja y famosa actriz americana.

¿Qué tiene usted? Le preguntaban. Debería haberse dedicado a la filosofía, pues su respuesta era profunda: «sólo tengo dinero, o sea, no tengo nada».

Estas ideas son connaturales a Enrique de Sendagorta. El dinero es necesario, pero como medio, no como fin. Una lógica tan simple parece ser desconocida por muchos famosos economistas y empresarios, pero no por él. Tal vez por ello, lo primero que percibí, al empezar a conocer a Sendagorta, es que era un señor.

Fue para mí una carta de confianza definitiva; también una sorpresa, en los tiempos que vivimos. El señor no es el rico o el pobre, el gobernante o el gobernado, el inteligente o el menos dotado: es el que tiene claridad en la distinción entre los medios y los fines, y sabe incorporar esa claridad a su vida.

Ni siquiera entre la gente de buena voluntad es hoy fácil encontrar personas así. El señorío es la verdadera aristocracia, pero vivimos en una sociedad repleta de pequeñez de espíritu.

Hay una aristocracia «exterior» y otra «interior». El «líder» empresarial normalmente ha de poseer ambas. La aristocracia «exterior» es el título y el cargo: antiguamente duque o marqués; ahora presidente o director general. Si ella no va unida a la «interior» surgen todas las disfunciones. En el Antiguo Régimen, los aristócratas fueron guillotinados –muchas veces, desde luego, injustamente- por tener un título y no cumplir su función, su servicio.

En el Nuevo Régimen, democrático, los obreros quisieron «guillotinar» con frecuencia a los patronos –la nueva aristocracia- , muchas veces, también injustamente, pero no siempre.

En realidad, para cumplir bien un servicio lo que se precisa es simplemente saber cómo hacerlo prácticamente. Pero sólo sabe de verdad –aprende de verdad- el que le gusta lo que estudia y lo que hace.

Por eso, otro rasgo precioso que deja ver el «líder» que Sendagorta lleva dentro es cómo goza con todo lo que hace y vive. En sus escritos –y ahora pienso particularmente en el titulado «Ingenieros y empresarios», pero está en todos –se trasluce su continua mirada atenta, agradecida, de profundo «aficionado» que está lleno de entusiasmo y amor por todo. ¡Con qué agradecimiento y vivo entusiasmo habla de las personas todas con las que ha trabajado, de su familia, de sus estudios, de su profesión!

El verdadero «líder», como él, arrastra siempre, suavemente, sin forzar, con respeto a la libertad, sin demagogias, positivamente, con naturalidad y espíritu creativo.

Hay dos formas antitéticas –a mi juicio- de equivocarse con respecto a lo social. Una burda y no infrecuente, que consiste en buscar lo propio y pensar en los demás sólo en la medida imprescindible.

Otra, cada vez más de moda ahora, que se expresa en las «acciones sociales» que una empresa realiza: lo «social» es un añadido.

Frente a esas formas está la conocida tesis de Friedman, según la cual la empresa cumple su función social cuando rinde bien en sus resultados económicos.

Es más inteligente que las dos anteriores, pero adolece de falta de distinción sufi- ciente entre medios y fines. No escapa a la bajeza característica de esa indistinción.

Sendagorta, como ya queda dicho, no es «escénico». No se le verá presumir de qué bien hace «lo social», ni de qué bien retribuye a sus accionistas. Él es social, porque ama su trabajo profesional, porque tiene extraordinario afecto por sus colaboradores, porque tiene la mirada atenta al mundo que nos rodea. Con su ejemplo, con su acción diaria justa y ponderada, está construyendo sociedad con toda naturalidad.

Louis de Bonald decía que todo ser humano, lo quiera o no, se dé cuenta de ello o no, está continuamente, con cada acción, construyendo o destruyendo sociedad.

Muy bien están los beneficios pecuniarios, y son necesarios, e importantes para la sociedad. Muy bien también están las obras de ayuda, que son precisas, y a las que Enrique de Sendagorta dedica capital y trabajo, desde su empresa y desde su Fundación.

Pero la sociedad no se construye principalmente ni con la entrega correcta de beneficios dinerarios ni con las obras de ayuda, sino con la acertada orientación de la propia vida y de las propias acciones.

Sener, la «niña de los ojos» de Sendagorta, es social porque allí se trabaja con afición y con rigor para innovar en beneficio de todos, porque el ambiente humano de respeto y afecto entre sus miembros es grande, porque hay una gran atención al «todo social», porque hay claridad en los medios y los fines, porque se toma en serio el bien común.

Uno de los capítulos más bonitos de la vida de Enrique de Sendagorta es el de su entrada como joven ingeniero en el mundo de los talleres de la Naval: cómo aprende a apreciar esos trabajos y, sobre todo, a las personas que los realizan. Se puede seguir luego toda su riquísima carrera, en la que va pasando por los diversos escalones de la ideación y la dirección, y en todos ellos aplica el mismo espíritu.

En el diseño y dirección de la construcción de un barco, al frente de una empresa, del Comercio Exterior del Gobierno de España, como Consejero Delegado de un gran Banco, como creador de una nueva empresa petrolera… en todos los momentos aparece la personalidad a la vez prudente y audaz, con sentido histórico y de innovación, con el imperturbable deseo de respetar, aprender, mejorar. Eso es ser «líder». No es por ello, ninguna casualidad el que haya escrito un libro lleno de sabiduría, al que tituló «El afecto a la empresa».

Pocos habían hablado de ello en los últimos cincuenta años en España y fuera de España. Sólo el que tiene ese afecto arrastra de verdad a los que en ella entran y participan.

Por Rafael Alvira
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