Adopem. Un sueño loco

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Todas las organizaciones son fruto del esfuerzo de un equipo. Adopem, como también muchas organizaciones, tiene un apellido muy asociado a sus orígenes y a su desarrollo. Ese apellido es Canalda, la doctora y la licenciada Canalda, presidenta y vicepresidenta ejecutiva, madre e hija, Mercedes y Merceditas o, mejor, Meki. Es muy difícil separar la historia de Adopem de esta pareja, de las Canalda. Son muy diferentes y, al mismo tiempo, tan complementarias que uno se pregunta qué pasará cuando falte una de las dos. Probablemente nada, pero ya no será lo mismo.

Adopem, una de las instituciones microfinancieras más eficaces del mundo, inició sus operaciones en el año 1982 como una ONG dedicada a apoyar con microcréditos a las mujeres dominicanas que se mostraban dispuestas a emprender una vida económicamente productiva. Tras 25 años de operaciones, otorgando préstamos individuales y de grupo, se convirtió en el Banco de Ahorro y Crédito Adopem. Su origen está vinculado al establecimiento de las maquilas en la República Dominicana.

«En noviembre de 1982 –comenta la Dra. Canalda– me invitaron a la inauguración del primer Banco de la Mujer en Cali (Colombia). La iniciativa del Banco de la Mujer surgió de la Conferencia sobre la Mujer de Naciones Unidas en México. Ahí nació la idea de crear una institución que facilitase el acceso de la mujer a los servicios financieros para ayudarle a poner en marcha sus negocios. Yo trabajaba entonces en una Fundación que trataba de ayudar a las mujeres dominicanas que trabajaban en las maquilas y fui designada para asistir a esa reunión porque formaba parte del consejo de un banco y tenía ciertos conocimientos financieros».

«Me entusiasmó el proyecto, y al regresar propuse la idea de crear una organización en la República Dominicana que se inspirase en el Banco de la Mujer. Era el año 82, y aunque era una época difícil, pues la salida del presidente Balaguer produjo una gran inestabilidad política, la idea fue bien acogida. El grupo de dieciséis mujeres que formábamos parte de la fundación decidió constituir Adopem y me eligieron su presidenta».

«Durante los tres primeros años trabajamos sin secretaria, sin apenas ayuda, éramos todas voluntarias. El primer capital para otorgar préstamos lo recaudamos organizando tómbolas, rifas y diferentes eventos. Conseguimos recaudar 25.000 dólares y comenzamos a prestar con esa cantidad. Al principio no otorgábamos los préstamos nosotras directamente, simplemente analizábamos las solicitudes y, después de aprobarlas, se las pasábamos a un banco para que éste otorgara los préstamos con nuestro aval. El primer paquete de 22 préstamos fue de 100.000 pesos. Poco a poco, la institución fue creciendo, con la ayuda externa y la cooperación técnica de algunas instituciones».

«Ahora somos un banco formal, el Banco de Ahorro y Crédito Adopem, que ofrece múltiples servicios financieros a los más pobres. Tenemos cerca de 70.000 clientes, preferentemente mujeres, aunque no exclusivamente. Estamos atendiendo al 2% de las mujeres económicamente activas de la República Dominicana, y nuestro objetivo es seguir creciendo, aumentar la cantidad y calidad de nuestros servicios, pero siempre con la vista puesta en los más pobres, por eso nuestro promedio de préstamo es el más bajo entre todos los bancos del país, unos 350 dólares».

La doctora resume muy rápido la historia de Adopem, se demora más al recordar su infancia, los orígenes. Su cabeza está siempre en ebullición, pensando en nuevos retos, nuevos objetivos, identificando oportunidades. Comparte la presidencia de Adopem con la de la Junta Directiva Internacional del Banco Mundial de la Mujer, una de las redes microfinancieras más importantes del mundo, con sede en Nueva York, que agrupa a 22 organizaciones en Asía, Europa, África y América Latina. ¿Cuándo descansa? Es un secreto, nadie lo sabe. Siempre va dos pasos por delante de los demás. No es muy habladora, le gusta escuchar y cuando interviene, eso sí, va al grano, sin rodeos.

Meki, su hija, es muy diferente. Con gran don de gentes y excelente comunicadora es, sin embargo, igual de resolutiva que su madre, aunque nadie alcanza a ir a la velocidad de la doctora. Cuando madre e hija discuten sobre Adopem, la doctora se dirige a su hija llamándola Merceditas. Discuten cuando están solas, si hay gente presente –señala Eva Carvajal, la vicepresidenta financiera–, Meki siempre apoya a la «doctora», como ella misma le llama. Es muy difícil que algo se les escape a las Canalda. Si no lo ve la madre lo ve la hija. Llevan trabajando juntas desde hace tanto tiempo que se adivinan el pensamiento.

Meki tiene todavía muy vivo el recuerdo de cuando dejó un excelente puesto en el Banco Central de su país para venirse a trabajar con su madre a Adopem.

«Mi madre contrató a Eva Carvajal, la actual directora financiera, una persona con mucho tesón y capacidad de trabajo. Eva vino a verme y me dijo: «Meki, tienes que venirte para Adopem, te necesitamos». Pero yo me sentía tan cómoda en el Banco Central. En Adopem trabajaban en una mesa llena de comején y se sentában en una caja llena de papeles; yo, sin embargo, estaba en una bonita oficina con vistas al mar Caribe en la planta número diez. ¿Por qué iba a dejar todo eso por un sueño loco?».

LOS SERVICIOS FINANCIEROS A LOS POBRES. Las microfinanzas surgieron simultáneamente en Asía y América Latina a mediados de los setenta. Sin duda, la experiencia más conocida es la del Grameen Bank en Bangladesh, más por las energías que ha dedicado Mohamed Yunus en difundirla que por el hecho de que haya sido la primera experiencia en este campo. En todo caso, el nacimiento de las microfinanzas está asociado en Asia al Grameen Bank y en América Latina a diversos programas de microcrédito impulsados en Colombia, Brasil, República Dominicana y El Salvador. En ambos continentes las organizaciones que impulsaron los primeros proyectos compartieron la creencia de que la pobreza no era sinónimo de insolvencia, y que la principal barrera para resolver la falta de acceso de los pobres a los servicios financieros era un problema de innovación tecnológica. La tecnología de la banca convencional, sencillamente, no se ajustaba a las necesidades de esta población, mejor, de estos clientes potenciales.

Uno de los principales problemas de las economías de los países en desarrollo (PED) es que una gran parte de la población vive y trabaja fuera de la cobertura y protección legal. En efecto, la mayoría de la población económicamente activa en esos países suele buscar formas variadas de generación de ingresos a través de pequeños negocios (colmados, talleres de reparación, salones de belleza, talleres de confección, transporte de viajeros, etc.) que se insertan en el tejido informal de la economía. Sus actividades de pequeño tamaño, denominadas convencionalmente con el nombre de «microempresas», se caracterizan por estar gestionadas por una persona o por un grupo familiar con poca formación gerencial, tener un bajo nivel de activos y operar fuera de los marcos regulados de la economía.

Todas estas pequeñas unidades productivas, fuera del marco legal, se encuentran, consecuentemente, excluidas de las coberturas sociales tradicionales, y por ende de la oferta de los servicios financieros de la banca convencional. Ante la imposibilidad de acudir a la banca tradicional en solicitud de un préstamo, bien por no disponer de garantías (personales o reales), o porque la banca convencional no ha conseguido diseñar productos rentables para este segmento de bajos recursos, los pobres acuden tradicionalmente a sistemas «informales» de financiamiento para manejar su liquidez. Cuando se trata de préstamos, la única vía es acudir a los usureros (agiotistas, «chupasangres», etc.), que es la alternativa que tienen de obtener financiación, pero la contrapartida es que pagan un interés altísimo, debido a la prima de riesgo que deben satisfacer al usurero.

CLUB DE AHORRO. En cuanto al ahorro, existe un prejuicio muy arraigado, que consiste en pensar que los pobres no ahorran, como no tienen recursos pues aparentemente no tienen nada que ahorrar. Pero lo cierto es que los pobres ahorran y ahorran mucho. Precisamente, como no disponen de líneas de crédito suelen ahorrar periódicamente pequeñas cantidades para hacer frente a los grandes desembolsos relacionados con la enfermedad, la boda de los hijos, los gastos del funeral, etc. Como señala Cecilia, la responsable de captar ahorros en Adopem: «Los pobres ahorran de muchas maneras: en una cajita o latita, debajo del colchón, en el saco del esposo –lo esconden en los bolsillos del traje viejo que no se ponen ya–. Ahorran de mil maneras, la diferencia está en la forma y en el monto».

Uno de los mecanismos más tradicionales en la República Dominicana es el SAN. También se conoce en otros países con el nombre de ROSCA o ASCA; el concepto, sin embargo, es el mismo. Se trata de «clubes de ahorro». Un grupo de personas se comprometen a reunirse en periodos fijos y ahorrar una cantidad determinada, las cantidades se depositan y se entregan a los ahorristas en las cuotas prefijadas de acuerdo con un orden previamente acordado o sorteado.

Normalmente, las cantidades permanecen en propiedad exclusiva de los depositantes, las reuniones de grupo constituyen un mecanismo para facilitar la disciplina de ahorro. Es mucho más fácil entregar pequeñas cantidades y obligarse a no retirarlas si el acuerdo compromete a todos los miembros de la comunidad que han asumido las mismas obligaciones. La gente suele sentir más vergüenza a fallar y a perder la reputación con sus vecinos.

El gran acierto de las instituciones microfinancieras fue creer que los pobres podían ser excelentes clientes. Esa convicción les hizo desarrollar una tecnología crediticia no basada en las garantías monetarias sino en la información del «negocio» del microempresario, información que es «levantada» por los «oficiales de crédito» mediante visitas al lugar de trabajo de los clientes y, posteriormente, analizada en «comités de crédito» en los que se examina la voluntad y capacidad de pago de los prestatarios. Uno de los secretos de las microfinanzas es, precisamente, no sobreendeudar a los clientes, por eso se analiza exhaustivamente su capacidad de pago y se va incrementando la cuota progresivamente. Importante también de cara a la sostenibilidad de las instituciones es conseguir escala, un volumen de clientes importante.

A finales de los años noventa una serie de organizaciones decidió «regularizarse», es decir convertirse en bancos formales, como fue el caso de Adopem. Dos motivos impulsaron esta decisión. El primero, la necesidad de acceder a los grandes mercados de capitales, deseo que sólo se podía hacer efectivo si estas instituciones se sometían a un marco legal –adaptado a las condiciones y necesidades de sus clientes– y a la supervisión de las autoridades monetarias. El segundo, la posibilidad de captar depósitos del público (ahorro), tanto para ampliar la oferta de sus productos como para financiar su crecimiento. En estos años surgieron los primeros bancos y empresas financieras creadas como sociedades anónimas con fines de lucro, constituidas por socios que buscaban en sus inversiones el doble propósito de conciliar la rentabilidad con el compromiso social.

LA INDUSTRIA DE LAS MICROFINANZAS. En la actualidad ya se puede hablar de una auténtica «industria de las microfinanzas», con multitud de instituciones operando a diversa escala y con la banca tradicional que empieza a mirar con mucho interés este mercado. En América Latina existen cientos de instituciones de microfinanzas.

Se estima que las 80 instituciones más grandes atienden a una clientela de más de cuatro millones de microempresas, las cuales mantienen un saldo vigente agregado de unos 4.000 millones de dólares. Aunque resulta difícil calcular con exactitud la demanda potencial, las estimaciones más conservadoras apuntan a que existe una demanda no atendida de 18 millones de personas (otros señalan a 60 millones de microempresas) en América Latina, frente a los cuatro millones que acceden en la actualidad a los servicios microfinancieros. A nivel mundial, unos 3.000 millones de personas aún carecen de acceso básico a servicios financieros para enviar remesas, ahorrar u obtener un microcrédito para financiar proyectos productivos o hacer frente a una emergencia.

OTRO SUEÑO LOCO. Meki no se arrepiente de haber dejado el Banco Central para venirse a Adopem, un «sueño loco».

Mercedes Canalda, Meki.

«Me alegro mucho de haber tomado la decisión de venir a Adopem, pero no fue una decisión fácil. Este es un proyecto muy ilusionante, pero desgasta mucho. Te absorbe tu capacidad, no sólo intelectual sino emocional. Cuando tomé la decisión de venir nadie me apoyó. A todos, amigos y conocidos, les parecía una locura. Tenía cierto temor de no entenderme con mi madre, pero al final nos complementamos muy bien. Ella es muy exigente consigo misma y con los demás, clara en sus ideales y con mucha visión. Yo soy más operativa, afectuosa, tengo más facilidad en el trato con la gente y para comunicarme. Hacemos un buen equipo, aunque si Adopem ha crecido es gracias a todo el equipo de personas que trabaja aquí. No se debe a una sola persona ni a dos».

Cuando piensa en su futuro Meki no deja de soñar. «Cuando deje el cargo, cuando me vaya, quiero hacer realidad un sueño que tengo desde que era niña. Mi sueño es dar clases en una escuela pública para trabajar con los niños de la calle, tan maltratados. Darles clases de economía, en la peor escuelita, la que nadie quiera. Ese es un sueño que tengo. Me gusta enseñar, me gusta ver cómo aprenden, su atención, su interés. La vida de esos chicos es dura y me gustaría ayudarles, aunque sea un granito de arena, aunque sea un chin (un poquito)».

No se para a pensar la respuesta, se ve que la viene rumiando desde hace tiempo. Contesta con los ojos medio cerrados, como su madre, sonriendo e imaginando ese «otro sueño loco». Comenzar otra vez desde cero, dejarlo todo, iniciar una nueva aventura, un nuevo proyecto social, aunque haya que empezar «con una mesa con comején y sillas de cartón», el caso es ayudar, aunque sea un chin.

María Luisa Santos: cliente de Adopem

Adopem, como otras instituciones de microcrédito similares, ha desarrollado una metodología crediticia propia para poder prestar a sus clientes, que se basa en métodos cuantitativos y cualitativos de análisis. Los oficiales de crédito son los responsables de visitar a los clientes y «levantar la información» mediante una serie de preguntas que les proporcionarán datos para analizar la capacidad y voluntad de pago del solicitante del crédito.

El cliente típico de Adopem suele ser una mujer de bajos recursos, entre los treinta y los cincuenta años, que sólo ha alcanzado los estudios de secundaria en la escuela; posee un pequeño negocio, frecuentemente en su casa, que le sirve para obtener unos ingresos adicionales. No es infrecuente que se trate de madres solteras o abandonadas por sus maridos, que tienen la responsabilidad de sacar adelante a sus hijos. Los préstamos pueden ser individuales o de grupos, integrados por un número de dos a cinco miembros. Aunque existen diferentes tipos de préstamos, lo habitual es que éste se utilice para capital de trabajo. El promedio medio de los préstamos en Adopem es de 300 euros.

Acompañado de Giovanni Dolores, uno de los oficiales de crédito de Adopem, fuimos a visitar a María Luisa Santos, una cliente de Adopem que deseaba renovar su préstamo. María nos recibió en su «salón de belleza», situado en la planta baja de su casa. Hablamos con ella mientras peina a un cliente.

El proceso de solicitar la información que llevan a cabo los oficiales de crédito de Adopem se realiza habitualmente mientras el microempresario atiende a sus clientes. No se puede interrumpir al microempresario en su actividad mientas se le pregunta, pues eso afectaría al negocio. Además, las visitas procuran hacerse en horario de negocio precisamente para tener un conocimiento directo de cómo marcha la microempresa.

Un buen oficial de crédito aprovechará la visita para captar información sobre el manejo del negocio, el trato con el cliente, el orden, etc., que le será después de gran utilidad para evaluar la solicitud.

Giovanni se presenta y me presenta, y sin perder tiempo comienza el «interrogatorio». María lleva quince años trabajando como peluquera. Sus clientes proceden de diferentes sectores del barrio. Ahora mismo tiene ochocientos pesos disponibles. Habitualmente fía a sus clientes y en este momento le deben unos tres mil pesos. De inventario tiene unos quince mil pesos.

-¿Usted lo que más hace son «arreglos» (un arreglo consiste en lavar, secar y peinar)?

-Sí.

-¿Cuánto le sale un arreglo?

-Depende del tipo de pelo, largo, corto, medio.

-¿Un promedio?

-Unos ciento cincuenta pesos.

-¿Cuánto hace en un fin de semana bueno?

-Unos siete mil pesos.

-¿El resto de la semana?

-Muchos días en blanco.

-¿Pero cómo cuánto de promedio? ¿Tres mil? ¿Dos mil?

-Unos dos mil.

¿Viene saliendo entonces por unos nueve mil o diez mil por semana?

-Sí.

-¿Cuánto paga de alquiler?

-Trescientos pesos.

-¿Cuánto paga de teléfono?

-Mil pesos.

-¿Cuánto gasta de transporte diario?

-Veinticinco pesos.

-¿Cuánto debe en productos?

-Unos mil seiscientos pesos.

-Veo aquí en el local siete butacas y dos sillones. ¿Cuántos secadores tiene?

-Dos aquí y otro en casa.

El interrogatorio continúa con preguntas similares dirigidas a evaluar el «negocio» de la microempresa y hacer un cálculo del «flujo de caja» que le permitirá al oficial de crédito, junto con otra información, calcular la cuota que el cliente puede asumir sin sobreendeudarse.

Por Javier Martín Cavanna
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