Escuelas de mayordomos

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Uno de los rasgos más acusados de nuestra época es el acelerado proceso de fragmentación de la realidad. El problema no es que la realidad se fragmente sino que ya no sabemos cómo reunir las piezas en una unidad de sentido, cómo integrar en una única historia los distintos papeles que nos vemos obligados a representar. Los elementos inconexos de la vida sólo adquieren sentido si se cuenta una historia. El que piensa que su vida no tiene sentido es porque no es capaz de contar una historia inteligible sobre la misma.

Los proyectos morales contemporáneos ignoran la consideración de la vida como un todo. Al faltar la visión unitaria, la vida humana se quiebra en compartimentos estancos, cada uno de los cuales cabe vivirlo de acuerdo con normas diferentes según la esfera en que estemos situados. Como políticos nos vemos «forzados» a tomar decisiones basadas en la «razón de Estado», que en cualquier otro ámbito resultarían inconsistentes desde el punto de vista moral. Como empresarios sostenemos que no nos queda más remedio que pagar comisiones ilegales, porque esa actividad ha adquirido tal carta de naturaleza que de no hacerlo nos situaríamos en una posición desventajosa.

Cada profesión tiene así sus propias reglas del juego, que dan lugar a una oferta múltiple de éticas. Hay éticas para médicos, para ingenieros, para abogados, para enfermeras… En realidad, la proliferación hoy en día de las llamadas «éticas aplicadas» no es consecuencia de una mayor preocupación por las cuestiones que se refieren a la «vida humana lograda», sino una manifestación de nuestra desorientación ante una realidad cada vez más astillada que no sabemos cómo ensamblar.

Este proceso de fracturación vital tiene su caldo de cultivo en el mundo de la empresa, en donde ya ni siquiera se habla de ética empresarial, pues la actividad empresarial ha sido descompuesta en multitud de áreas funcionales dando lugar a una ética comercial, una ética financiera, una ética para la producción, etc. El resultado es la creencia de que hay una ética para cada caso y, consecuentemente, se pierde de vista con frecuencia que el interés de la ética es el ser humano como ser humano.

Kazuo Ishiguro, el novelista japonés afincado en Londres, ha retratado de manera magistral en su conocida obra Los restos del día los peligros de la especialización de los oficios cuando pierden de vista el referente de la ética. Su protagonista, Stevens, necesita contarnos su historia, emprender un viaje a través del cual sus acciones adquieran sentido.

UN VIAJE A WEYMOUTH. «¿Qué significa ser un gran mayordomo?» Con estas palabras da comienzo la novela de Ishiguro. Stevens ha sido durante treinta años mayordomo de una gran casa señorial, Darlington Hall. El propietario de la misma, lord Darlington, murió tres años atrás y la propiedad pertenece ahora a un americano. El mayordomo hará un viaje por primera vez en su vida. Durante seis días cruzará Inglaterra rumbo a Weymouth, para encontrarse allí con miss Kenton, antigua ama de llaves de Darlington Hall. Durante el trayecto aprovechará para meditar sobre su vida y preguntarse si ésta ha tenido algún sentido.

Cuando nos representamos en la imaginación la figura de un «mayordomo inglés», ésta suele estar dibujada por una serie de notas como la discreción, el control de sí mismo, sus formas exquisitas. Suponemos en él al perfecto representante de la famosa flema británica, que se caracteriza por una cierta actitud de distanciamiento o desapego respecto de las cosas: «A veces –nos confirma a este respecto el protagonista de Ishiguro– se dice que, en realidad, sólo existen mayordomos en Inglaterra. En otros países no hay más que criados, sea cual sea el título que se les ponga. Cada vez más me inclino a pensar que es cierto. En el continente no puede haber mayordomos porque son una raza incapaz de reprimir sus emociones del modo que es propio del pueblo inglés».

No es que Stevens no tenga sentimientos: a lo largo de su viaje asistimos a su lucha interior con ellos, sino que los ha reprimido cuando lo que le aconseja la naturaleza era manifestarlos al exterior. La disolución de la persona puede producirse por una falta de pudor, cuando comparecen en la escena pública comportamientos que deberían quedar reservados a la esfera privada, o bien por un exceso del mismo sentimiento, cuando esos comportamientos no se muestran en absoluto.

En su camino a Weymouth, mientras los paisajes y aldeas se van sucediendo, Stevens irá rememorando paulatinamente todos aquellos episodios de su vida en los que tuvo que enfrentarse al dilema de representar «fielmente» su papel hasta el final o ceder a las tentaciones del sentimentalismo o la debilidad. Así, por ejemplo, cuando optó por no acompañar a su padre moribundo para servir una importante cena en el comedor de Darlington Hall, en la que se «decidían» los destinos de Europa. «Miss Kenton –le comentó en aquella ocasión– no me juzgue mal si no subo a ver a mi padre en el estado en que se encuentra, se lo ruego. Estoy seguro que a él le gustaría que siguiera con mi trabajo».

O aquella otra en la que, fiel a su papel de mayordomo, no acude a consolar a miss Kenton, volcándose una vez más sobre los deberes de su oficio: «Al llegar a la puerta de miss Kenton, deduje, por la luz que se filtraba a través de los contornos, que aún seguía despierta, y ese fue el momento en que me detuve en la oscuridad más absoluta del pasillo, con la bandeja en las manos, y la convicción cada vez más certera de que sólo a unos metros al otro lado de la puerta miss Kenton estaba llorando. […] No sé hasta cuando permanecí allí de pie. En aquel momento me pareció mucho tiempo, aunque en realidad supongo que sólo fue cuestión de segundos, ya que, naturalmente debí apresurarme a subir de nuevo para servir a algunos de los más eminentes caballeros del país y es imposible, por tanto, que me demorara demasiado».

Especialmente significativa es la escena en que miss Kenton sorprende a Stevens leyendo en sus ratos de ocio novelas sentimentales. Stevens, que se niega a manifestar sus sentimientos, llena su soledad leyendo historias de damas y caballeros que se enamoran y declaran mutuamente sus sentimientos. Pero no puede aceptar que miss Kenton comparta su secreto y reacciona bruscamente: «En aquel momento en que miss Kenton irrumpió tan resueltamente en mi despensa, yo me encontraba fuera de servicio […] Sólo en un caso, en un único caso, puede un mayordomo a quien su dignidad le importe desembarazarse de su función. Ese único caso es cuando está completamente sólo. Entenderán, por tanto, que un hecho como que miss Kenton se metiera en mi despensa en un momento en que yo, por sobradas razones, estimaba que debía estar solo, era una cuestión de principios, de dignidad que me obligaba a revestirme inmediatamente de mi categoría de mayordomo, pues de lo contrario hubiera representado un papel que no era el que me correspondía».

Compartir la intimidad supone entregar algo o, mejor, entregarse uno mismo. Stevens nunca se comunica, siempre está fingiendo, su realidad más intima se encuentra siempre cubierta por una mascara. Pero actuar siempre no tiene sentido. El actor es algo distinto de lo que nos hace creer. Si reconocemos que un intérprete actúa es porque sabemos que en otras ocasiones no lo hace. A Stevens se le podría aplicar a la perfección la descripción de la protagonista de La Musa trágica de Henry James: «Lo que hay de extraño en usted es que no tiene una naturaleza propia. Está siempre interpretando; en usted no hay entreactos. Es la ausencia de entreactos, de un fondo o trasfondo, lo que no comprendo. Es usted un bordado sin cañamazo. Sus simulaciones es posible que sean sinceras, en el sentido de que sus únicos sentimientos son los simulados».

Mientras nuestro mayordomo continúa su periplo a Weymouth acude a su memoria otro suceso de su vida. Se trata de aquel en el que, siguiendo las indicaciones de lord Darlington, despidió a dos sirvientas por el simple hecho de ser judías, condenándolas, probablemente, a la expatriación e ignorando los amargos reproches de miss Kenton.

«Miss Kenton –se justificó en aquella ocasión–, hay muchas cosas que ni usted ni yo, en nuestra posición, podemos comprender, como, por ejemplo, el problema de los judíos. En cambio, mi señor, me atrevo a suponer, está capacitado para juzgar lo que es más conveniente».

En el fondo, Stevens ha renunciado a juzgar de acuerdo con los dictados de su propia conciencia. Pero dar la espalda al propio juicio para obedecer la estela de un tercero puede tener consecuencias muy graves, como no tardará en descubrir.

El viaje de Stevens prosigue y en el camino el coche sufre una avería. El mayordomo decide hacer noche en una posada. Mientras se relaja tomando una cerveza, inicia una conversación desenfadada con los lugareños que lo confunden con un gran señor por su vestimenta y ademanes, sin que él intente aclarar el malentendido. La improvisada tertulia termina centrándose en la cuestión de cuál es la cualidad de un verdadero «caballero». Todos centran su mirada en Stevens en busca de una respuesta y éste contesta que un caballero es aquel que tiene «dignidad». La mayoría de los tertulianos asiente con entusiasmo, excepto un tal mister Smith, una persona sencilla, como su apellido, sin apenas educación, que afirma que «la dignidad no es algo privativo de los caballeros». A trompicones, sin un discurso muy elaborado, mister Smith termina concluyendo que la dignidad es algo relacionado con la libertad: «No se puede tener dignidad si se es esclavo y los ingleses en la Segunda Guerra Mundial lucharon contra la opresión y la esclavitud al defender la libertad».

«Si Hitler –concluye su razonamiento Mr. Smith– se hubiese salido con la suya, ahora seríamos todos esclavos. En todo el mundo no habría más que unos cuantos amos y millones y millones de esclavos. Y ya sé que no hace falta decir que ser esclavo no es nada digno».

Sin querer, Smith ha puesto el dedo en la llaga. Stevens, la persona que todos confunden con un caballero es, en realidad, un esclavo, alguien que ha renunciado de manera absoluta a decidir por sí mismo.

Nuestro protagonista llega finalmente a Weymuth. Antes de regresar a Darlington Hall decide dar un paseo por la playa. Mientras deambula solitario por la ciudad, cuando la noche está a punto de engullir los últimos «restos del día», Stevens termina por descubrir que ha sido un perfecto servidor de señores equivocados. Lord Darlington, el suyo, fue un miembro de la clase dirigente inglesa que se dejó seducir por el fascismo, y hasta poco antes de la Segunda Guerra Mundial conspiró activamente para conseguir una alianza entre Inglaterra y Alemania. Pero no termina aquí el viaje. Stevens descubre que hay algo peor incluso que servir a un hombre indigno.

–Lord Darlington era muy buena persona. Un hombre de gran corazón. Y, al menos, él tuvo el privilegio de poder decir al final de su vida que se había equivocado. Fue un hombre valiente. Durante su vida siguió un camino que resultó no ser el correcto, pero lo eligió. Y, al menos, eso pudo decirlo. Yo no puedo. Yo sólo confié. Confié en su instinto. Durante todos aquellos años en que le serví tuve la certeza de estar haciendo algo de provecho. Pero ahora ni siquiera puedo decir que me equivoqué. Dígame, ¿cree usted que a eso puede llamársele dignidad?».

LA ÉTICA Y LAS ESCUELAS DE NEGOCIOS. El problema de Stevens es que no acertó a formular correctamente la pregunta. El interrogante acerca de la dignidad no puede contestarlo un mayordomo. La dignidad remite al concepto de persona, no al rol o función que ésta representa. Stevens confundió la vida con una representación teatral, fue un excelente mayordomo, pero fracasó como persona. En los momentos decisivos eligió la mascara y escondió su rostro. Lord Darlington es posible que fuese una buena persona, no podemos tener certeza, pero lo que sí podemos afirmar es que fue un pésimo político.

Cualquiera que pretenda sostener una concepción adecuada de la ética ha de ser consciente del peligro que tiene vincularla a una determinada actividad. A este problema se refieren los filósofos clásicos cuando distinguían la falta que alguien comete in quantum artifex (cómo técnico) y la que realiza in quantum homo (como hombre). En ambos casos se malogra el fin. Ahora bien, si el error del técnico consiste en fabricar un mal producto, el error del hombre es no alcanzar el fin en cuanto ser moral.

El papel integrador de los distintos saberes en la universidad le correspondió en su origen a la filosofía. La autonomía de cada centro en la universidad se sustentaba sobre el impulso común de buscar la verdad, que en último término estaba garantizado por la Facultad de Filosofía que ofrecía una visión sobre la totalidad conjunta, más allá de lo que es específico de cada disciplina.

De hecho la expresión «Escuela de Negocio» apunta a la necesidad de reflexionar sobre los fines y no centrarse exclusivamente en los medios. Schole es el vocablo griego para designar «ocio». Escuela no quiere decir escuela, sino ocio o «escuelear», en el sentido de estar ocioso. Ocio es la actividad antiutilitaria por excelencia. Estar no-ocioso (a-scholé) es precisamente la palabra que tenían los griegos para designar la actividad laboral cotidiana. Lo mismo ocurre con el latín (nec-otium). Por tanto, o bien el otium supone una retirada del nec-otium y entonces las escuelas de negocio harían las veces de un lugar y tiempo determinado en el que nos olvidamos del «mundo de los negocios», procurando trascender –que no ignorar– los enfoques marcadamente instrumentales, o bien ese espacio y tiempo de retirada de la actividad laboral cotidiana lo dedicamos a festejar y dar culto a esa misma actividad de la que estamos deseando retirarnos.

Mucho me temo que las business school han optado por la segunda alternativa. En lugar de enseñar a los directivos a enmarcar su profesión en un contexto más amplio, mostrándoles la autonomía de la actividad empresarial pero señalándoles al mismo tiempo sus limitaciones, han convertido esos centros universitarios en fábricas de especialistas.

Una perspectiva general de la empresa no se consigue exclusivamente con el método del caso e impartiendo asignaturas que aborden las distintas áreas funcionales: contabilidad, finanzas, producción, etc. La asignatura más crítica en un programa académico será siempre aquella que ensamble y dé sentido al resto de las materias más funcionales. Ese propósito lo cumplía originariamente la asignatura de «Política de Empresa», pero esta asignatura hace tiempo que desapareció del syllabus y ahora nuestros directivos sólo aprenden a gestionar herramientas, es decir medios, sin tener muy claro para qué sirven.

En cuanto a la ética, que debería empapar el resto de las asignaturas, se ha convertido en una especialidad más junto al marketing o la contabilidad. Hace tiempo que dejó de ser un saber universal accesible a todos y capaz de orientar la acción para transformarse en una disciplina técnica reservada a unos cuantos iniciados en la materia. Hoy los profesores de ética de los negocios parecen ser los únicos autorizados para analizar la «complejidad» de los dilemas morales.

La siguiente historia es sintomática de la situación actual. Hace unos meses un colega mío asistió a unas clases de formación en el método del caso en una reputada escuela de negocios. En esos cursos es habitual discutir «casos» reales sobre la enseñanza de la metodología del caso. Uno de los «casos» elegidos narraba un hecho que sucedió en una escuela americana. Al parecer, un profesor del área de marketing estaba impartiendo un «caso» sobre la estrategia de comercialización de una empresa que quería incrementar las ventas de determinados productos anticonceptivos en un país del tercer mundo. Cuando la clase apenas estaba comenzando una alumna levantó la mano y comentó que, en su opinión, los directivos de la empresa deberían haber considerado las consecuencias éticas de vender un producto de esa naturaleza en una población mayoritariamente católica. El profesor le contestó que la cuestión que planteaba no era relevante, pues se trataba de un problema ético y ahora se encontraban en clase de marketing. A gran parte de los alumnos no les convenció la respuesta y se generó un intenso debate que el profesor interrumpió dando por finalizada anticipadamente la clase. Pues bien, mi colega me comentó que buena parte de los profesores, que se encontraban con él asistiendo al curso, se pronunciaron a favor de la actuación del profesor de marketing.

Pero, no se trata sólo de que los profesores de las escuelas de negocio manifiesten su ignorancia para abordar las cuestiones morales, sino que los mismos profesores de ética, esos nuevos sacerdotes de la moral, han terminado convirtiendo el juicio ético en una simple operación de cálculo de probabilidades que mide la consistencia moral de la acción según las consecuencias adversas o favorables de la misma. Ahora sólo existe el cálculo de ventajas y desventajas. Se habla así, con la mayor buena fe, de la variable ética como un factor más a tener en cuenta en la toma de decisiones. La consideración de la bondad y maldad de la acción ha desaparecido completamente del horizonte epistemológico. Con un planteamiento de esta naturaleza lo único que termina contando al final, no nos engañemos, es… el margen de utilidad.

No pensemos que todo lo anterior es una discusión escolástica sin consecuencias en la vida real. La mayoría de los directivos empresariales responsables de la actual crisis son graduados de las principales escuelas de negocio. Obviamente de ahí no se deduce que los centros de formación sean los responsables de las acciones inmorales de sus alumnos, pero sí que esas acciones han bebido en una fuente, las escuelas de negocio, en la que ganar dinero ha constituido la motivación predominante.

No resulta intrascendente que esas escuelas desde hace años hayan enarbolado como principal sello de calidad de su enseñanza el porcentaje de sus antiguos alumnos que se incorporaban a los grandes bancos de inversión, esos mismos que han desaparecido o han sido intervenidos. Tampoco resulta inocuo que los distintos ranking impulsados por los medios de comunicación, y secretamente aireados a los cuatro vientos por las escuelas, hayan estado premiando aquellos centros cuyos alumnos conseguían los salarios más altos tras graduarse. Nadie puede, pues, asombrarse de que tamaña cultura haya arrojado semejantes resultados.

En este contexto conviene no ser muy ingenuo y pensar que el auge actual de las clases de ética y de RSC en las escuelas coincide con una preocupación sincera por estas materias. El hecho de que la ética esté de moda debería más bien inducirnos a reflexionar. Cuando la ética está en auge suele ser porque se ha transformado en una mercancía objeto de compra y venta. Y también resulta muy lógico que esa nueva ciencia y sus oráculos hayan engendrado como producto más acabado los códigos éticos, o sea otra herramienta, un manual de instrucciones que se puede tocar, empaquetar y, sobre todo, vender. ¿Será preciso recordar que el código ético de Enron ocupaba cerca de setenta páginas?

Pero, si lo que ofrecemos a los demás es un manual (semejante al manual de instrucciones de cualquier aparato mecánico), el problema surgirá cuando nos encontremos ante una situación que no está contemplada y reclame una decisión. La naturaleza de la vida empresarial, como en realidad de la vida humana en su conjunto, se caracteriza porque no siempre hay un taller lo suficientemente cercano para que nos resuelvan el problema con el carácter urgente que el caso requiere. Por eso, lo realmente decisivo es formar las conciencias para estar en condiciones de dar una respuesta libre y responsable a los dilemas que vayan surgiendo.

Es decir, lo contrario de lo que hizo Stevens y de lo que hacen nuestras escuelas de negocios. Y con estos antecedentes a quién puede extrañar que esos centros educativos que tanto nos enorgullecen, esos modelos de excelencia que se presentan como las cunas de nuestros futuros líderes lleven formando desde hace décadas… ¡buenos mayordomos!

Por Javier Martín Cavanna
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Comentarios

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  1. Piedad Tobar

    Quisiera saber donde se puede formar en España un mayordomo? ¿qué escuelas o academias hay y donde?
    GRACIAS

  2. ernesto sanchis

    hola , donde me puedo dirijir aqui en españa , para hsacer curso de mayordomo. gracias.

  3. yalesis salas Mendoza

    Deseo realizar un curso de mayordomo me pueden informar donde puedo dirigirme. Gracias