Allí están las visas

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La decisión de la Administración Obama de levantar las restricciones de los viajes y el envío de remesas a Cuba levantó ciertas expectativas sobre un posible cambio político en la última dictadura latinoamericana. Pero los cubanos hace ya mucho tiempo que abandonaron toda esperanza y lo único que buscan es cómo salir de la isla.

No consigo quitarme la sensación de desasosiego al pasear por el casco antiguo de La Habana Vieja. Hace doce años, la primera vez que recorrí sus calles, me dejé impresionar por su encantadora prestancia.

Eran aquellos –finales de los años 90– momentos de optimismo en los que se respiraban aires de cierta apertura. El que llegaba a la isla en aquella época y comprobaba la rehabilitación de las antiguas casas y palacios de La Habana para convertirlos en hoteles y tiendas para los turistas, era un testigo esperanzado del «cambio» posible. La recuperación de La Habana Vieja era la prueba más fehaciente de que algo estaba «pasando».

De momento eran unas pocas calles, pero ya se podía atisbar qué hermosa ciudad podría resultar cuando las obras de recuperación estuviesen enteramente terminadas. Los cambios eran lentos, es verdad, pero teníamos paciencia. Nos consolábamos pensando que no se puede cambiar un régimen político y todo un sistema de vida en unos pocos años.

Valorábamos el esfuerzo y eso nos hacía ser indulgentes con la lentitud de los cambios. No importaba mucho que una cuadra más allá las casas se estuvieran cayendo, que la gente viviese hacinada y el olor a miseria siguiese impregnando el ambiente. Los cambios –queríamos de verdad pensarlo– llevan su tiempo. No era prudente forzar el paso, una velocidad excesiva podría hacer descarrilar el tren. Además, la mayoría de los que se paseaban por esas calles eran turistas, es decir, personas que estaban allí para divertirse, para disfrutar. No querían ver pobreza y miseria sino escuchar habaneras, tomarse un daiquiri en El Floridita y un mojito en la Bodeguita de en Medio, pasar unos cuantos días en Varadero, divertirse con una mulata. Por las calles que no estában recuperadas simplemente no se pasea. ¿Para qué? No hay nada que ver.

La Habana Vieja que recorro ahora es como una mujer entrada en años con la cara embadurnada de afeites y cremas: como una de esas artistas que, preocupada de su belleza perdida, intenta estirarse la piel, ocultar las arrugas sometiéndose a operaciones de todo tipo. En la mayoría de los casos –en el de La Habana también– el resultado final es patético. La belleza de un rostro sereno y grave da paso a otro que se niega a aceptar la realidad, engañándose y tratando de engañar. Ese es el rostro actual de La Habana Vieja. Un rostro cuya falsedad se acentúa al contrastarlo con las casas derruidas, las fachadas desconchadas, la colada ondeando en los balcones mugrientos, la suciedad y el olor de las esquinas y bloques abandonados. El maquillaje queda cada vez más patente, la mentira es cada vez más difícil de ocultar.

MOVERSE EN CUBA. Antes de tomar el taxi para el Vedado le pregunto al chófer por la tarifa.

– Cinco pesos.

Tras unos minutos de intercambio insustancial me animo a preguntar.

– ¿Cuanto «hace» al día?

– ¿Legales o por la izquierda? -me contesta.

«Por la izquierda» es la expresión local para denominar el mercado negro o los ingresos no declarados. Son los ingresos de la Cuba verdadera, de la real. Porque en la isla coexisten dos países. Está la Cuba oficial y la de «por la izquierda», aquella en la que todo el mundo «resuelve o inventa». También estos dos términos son frecuentes en el habla cubana. Ambos expresan la existencia de una realidad virtual –la oficial–, que es la que el sistema se empeña en mantener; y otra de carne y hueso, en la que la gente lucha cada día por sobrevivir. Nadie es ajeno a este mundo real. El salario mensual de un taxista son aproximadamente 250 pesos cubanos, lo que al cambio viene a ser unos 12 dólares.

– ¿Y cómo se puede vivir con 250 pesos mensuales cuando sólo la factura de luz supone 90 pesos al mes? –continúa su confesión mi taxista–. Antes me sacaba unos pesitos vendiendo algunos cerdos que criaba en mi casa, pero ahora la venta de cerdos está prohibida.

– ¿Y cómo se las arregla? –pregunto.

– ¿Que cómo resuelvo? Pues no declarando todas las carreras, y con las propinas que me dan los turistas. Al final del día puedo sacar mis 250 pesos cubanos y unos 25 pesos convertibles «por la izquierda». Así vive todo el mundo en este país, por la izquierda.

Si quieres que el médico te atienda, le llevas una bolsa con comida o le das unos pesos. Si necesitas comprar comida y no hay en la bodega, pues la compras en el mercado negro. ¿A quién? A los mismos proveedores, que para sacar unos pesos roban parte de la mercancía y la venden en el mercado negro.

Otro de los frutos de la revolución cubana son las largas colas y esperas en la aceras, en los cruces, debajo de los puentes. Sentados en los bancos, en un parque, a veces en la mediana de la carretera, en cualquier rincón hay un grupo de individuos aguardando pacientemente un vehículo público o «haciendo botella» –autoestop–.

Los «camellos» (autobuses llamados así por la joroba inconfundible de su techo) cada vez son más escasos. Y cuando pasan van tan atestados de gente que muchos prefieren caminar bajo el sol antes que arriesgarse a morirse asfixiados dentro.

– ¿En qué se parece un «camello» a las películas de los canales privados? Que en los dos hay sexo, violencia y lenguaje para adultos –bromea el cubano refiriéndose al aviso de las películas por cable.

Los canales de cable también son ilegales, pero, como casi todo en este país, el cubano «resuelve» para no perdérselo. Diez dólares mensuales se están pagando en la ciudad de La Habana para que a uno «te tiren el cable». Durante mi estancia me contaron el último «choteo» contra el régimen. Al parecer, se estaba representando una función cómica en un teatro y en un determinado momento uno de los actores hizo como si encendiera el televisor, por los altavoces sonó una música que provocó la carcajada espontánea del público al reconocer la melodía de una famosa serie por cable americana. Así es Cuba, todo está prohibido pero todo el mundo «resuelve».

En cuanto a los «boteros» (taxis privados informales), la mayoría están prohibidos pues se les exige una acreditación de haber pasado una revisión técnica. Los que no tienen licencia no pueden circular, al menos en teoría; pero basta darse una vuelta por las calles de La Habana para comprobar que los «boteros» no autorizados siguen funcionando, pese a la prohibición. En plena calle D, por ejemplo, a una cuadra del Hotel Habana Libre, cualquiera puede ver cómo los «boteros» cargan y descargan pasajeros. Si uno de ellos es sorprendido, la primera vez será multado con 500 pesos, y si reincide, se le decomisará el coche. Pero ni siquiera esta amenaza persuade a los «boteros» de salir cada mañana a «resolver». Ello da idea de lo desesperada que está la población por conseguir unos pesos.

En las zonas rurales los carros a caballo –los «coches», como les llaman en Cuba– han sustituido al transporte público. «Es mucho más ecológico», dicen las autoridades.

Debajo de los puentes y en las intersecciones de las carreteras hay grupos de personas que esperan bajo el sol la llegada de cualquier cosa que se mueva. Uno los ve a lo lejos, separados entre sí por unos metros, cada uno tomando posiciones, marcando el territorio. ¿Quién tendrá hoy suerte? ¿A quién pararán primero? Los inspectores tratan de detener a los «azules» (coches oficiales con la matrícula de ese color) para obligarlos –lo están por ley– a que lleven pasajeros; pero los «azules» hace ya rato que pararon y subieron cobrando «por la izquierda» a sus pasajeros, fuera del control de los inspectores. Hay que resolver, y a todos les viene bien sacarse unos pesitos. Por supuesto, también está prohibido, nadie está obligado a pagar, pero todos pagan, porque si no permanecerían debajo del puente, esperando bajo el sol ardiente.

LA TARJETA DE ABASTECIMIENTO. En Cuba hay tres mercados. En primer lugar, el mercado de las bodegas, que son los principales puntos de venta y distribución de los productos de alimentación e higiene. Son las tiendas de barrio a las que acuden todos los cubanos. En ellas, los precios están fijados en pesos cubanos. Sólo es legal acudir a la bodega de tu barrio. Las bodegas no están autorizadas a vender a personas ajenas al barrio; se entiende, como todo en este país, a vender legalmente.

Luego, están las tiendas en pesos convertibles (CUC), llamadas coloquialmente «chopins» (shopings). Son establecimientos en los que sólo se puede comprar con pesos convertibles que, al cambio, suponen unos 25 pesos cubanos. Los precios lógicamente son mucho más caros.

Por último está el mercado negro. Cuando las bodegas no proveen de los productos básicos y no se pueden encontrar en las «chopins» o, si se encuentran, son demasiado caros, la gente acude al mercado negro. Allí los productos pueden adquirirse hasta un 50% más barato. Si te pillan in fraganti comprando «por la izquierda», la pena es una multa importante o incluso la cárcel, si se trata de carne de res. La inmensa mayoría de la gente, sin embargo, compra en el mercado negro, hay en ello una complicidad generalizada.

– Aquí todo es ilegal, todo está prohibido, pero hay que «resolver» –me explica un habanero -, el truco es ganarse la confianza del vendedor. En Cuba todos venden, todo el mundo tiene sus clientes de confianza, el secreto es no querer ganar demasiado, no llamar la atención, así evitas que te echen p’alante, que te denuncien.

Otra de las instituciones más conocidas en Cuba es la famosa «libreta», a través de la cual se ha tratado de poner en marcha un sistema de racionamiento de alimentos y productos básicos. El sistema fue creado en 1961 para garantizar que todos los cubanos recibiesen una canasta básica de alimentos, todos ellos fuertemente subsidiados.

Cada familia tiene una libreta con el nombre de los miembros del núcleo familiar y una lista de los productos que puede comprar mensualmente. La libreta incluye comestibles, productos de aseo personal, combustible y hace años incluso ropa. Su finalidad es asegurar a la población el acceso a productos de alimentación e higiene a precios razonables.

Todo esto es la teoría. La realidad es que las bodegas están desde hace tiempo desabastecidas.

Los alimentos que proceden de la libreta cubren aproximadamente dos semanas al mes; el resto hay que comprarlo en las «chopins» o en el mercado negro. Se calcula que un 66% del gasto del salario se invierte en alimentación.

– En los primeros años – señala un ama de casa – la oferta de la tarjeta de abastecimiento tenía un surtido amplio. Ahora apenas se encuentra algo, y hay que buscar en las «chopins» que tienen precios muy caros para el cubano. Y cuando digo cubanos, no me refiero a las personas que no tienen un salario y su situación es precaria sino al cubano medio.

Basta pedir la libreta a cualquier cubano y revisar su contenido. Ni siquiera compran las cantidades que les corresponden.

Están tan acostumbrado a que no llegue nada que muy pocos son los que están pendientes de su cuota. Teóricamente las entregas mensuales comprenden arroz, granos, aceite, manteca, azúcar, compota, conserva de tomate, jabón de baño, jabón de lavar, detergente, café, cigarros, tabaco, fósforos y pasta dental. Pero la realidad es que el jabón de baño –una barrita de cuatro centímetros– y la pasta dental sólo llega cada tres meses. La manteca, el detergente para fregar y la conserva de tomate hace tiempo que no se ven en las bodegas; y el tabaco (puros) también pasó a mejor vida. En cuanto a la carne, lo que se sirve es, como lo denominan coloquialmente, «un picadillo extendido»: una especie de pasta que dicen que contiene carne.

Parece que el «pancito» –una barrita de pan– llega de momento diariamente.

Y para que nadie pueda decir que la revolución no tiene corazón, cada ciudadano cubano tiene derecho a celebrar dos festejos en su vida: el decimoquinto cumpleaños y su boda.

– Sí, la cartilla lo ha previsto todo –comenta con sorna un amigo–, hasta cuándo tenemos que hacer fiesta.

En un apartado de la libreta se dice: «Refresco fiesta cerveza». Con esa expresión se recoge el «derecho» que tiene todo cubano a celebrar esos festejos, comprando unas cervecitas y un pastel en la bodega. No obstante, la cerveza hace ya tiempo que fue sustituida por una botella de sirope concentrado; y en cuanto a los cakes de la bodega, apenas tienen demanda pues, como dicen en la isla, son de «acero inoxidable».

Y, claro está, como las bodegas no suplen y el precio de las «chopins» sólo está al alcance de los que tienen divisas, aumentan las compras «por la izquierda» y el gobierno reacciona con más controles.

– Como el sistema está más moribundo –comenta una vecina de Pinar del Río– hay más control. Ahora, en la ciudad estamos sufriendo una operación «rastrillo», que intenta impedir todas las ilegalidades. El problema es que en Cuba casi todo es ilegal.

Ilegal es que te vendan arroz o pollo, ilegal es el que te vende empanaditas, ilegal es intentar arreglar tu casa sin obtener el permiso. Pero aquí todo el mundo compra de contrabando porque las bodegas y los mercados agrarios están vacíos de suministros. Todos los cubanos «robamos» para vivir.

Duele escuchar a esta mujer, no sólo por lo que dice sino porque al escucharla te das cuenta de que las palabras han perdido su significado original. En su conversación ella utiliza el término «robar» para describir acciones que serían perfectamente lícitas en cualquier otro país, pero que en Cuba no están permitidas por las autoridades. Sin embargo, forman parte de la praxis diaria de todo cubano. «Robar» es criar cerdos o un pollo, hacer un cake y venderlo para sacar unos cuartos.

El problema de Cuba no es la disidencia política. En la isla sólo son tres docenas de locos los que se atreven a hablar en público de democracia y de derechos humanos. No, para terminar en la cárcel no es necesario criticar la falta de democracia; basta con vender un chancho o comprar carne de res «por la izquierda».

– Recientemente celebramos una fiesta a un niño y debido al control, nos costó encontrar a alguien que nos hiciese el cake.

Las tortas en la «chopin» cuestan mucho y las de las bodegas son muy malas. Conocíamos una gente que hacía unas tortas muy sabrosas y costaban menos que en las «chopin», pero no estaban autorizados a hacer tortas. Un país en el que la gente tiene miedo a hacer tortas, eso es Cuba –comenta la señora con cierta tristeza.

El niño tuvo su torta, pero una torta «por la izquierda». No como la del Comandante.

Al parecer, para tratar de contrarrestar una información aparecida en Forbes, en la que se acusaba a Fidel Castro de ser una de las personas más ricas del mundo y poseer una fortuna fuera del país, las autoridades decidieron iniciar una campaña para ilustrar a la ciudadanía sobre la reconocida sobriedad del Comandante.

Al defenestrado ministro de Exteriores, Felipe Pérez-Roque, no se le ocurrió mejor idea para demostrarlo que comentar: «La austeridad de nuestro Comandante es tan ejemplar que ha decidido celebrar su cumpleaños con un cake de la bodega».

El cubano, con su sorna habitual, interpretó esta declaración del canciller como un signo claro de apertura del régimen.

¡Hasta el mismo Pérez-Roque reconoció lo incomestibles que son los «cake de las bodegas»! ¡Qué ejemplo de transparencia! ¿Será que viene el cambio?

LAS OLLAS ARROCERAS. Una de las últimas propuestas para terminar con la situación de penuria económica de la isla fue la denominada «olla arrocera». Las autoridades, con el Comandante a la cabeza, decidieron vender a través de las bodegas un módulo de equipos eléctricos consistente en una olla arrocera de fabricación china, más una olla reina para cocinar la carne, unos frigoríficos, un calentador y un hornillo eléctrico. La idea era sustituir los antiguos aparatos por unos nuevos que funcionan con electricidad y consumen menos energía.

El Estado financia la compra de esos aparatos –40 pesos cuesta una olla arrocera– con un crédito a las familias que van pagando en pequeñas cuotas. Esos 140 pesos representan para muchos cubanos todo su ingreso mensual, además de largas colas de espera en la bodega para que les entreguen las milagrosas ollas. Por supuesto, está medida ha venido acompañada de todo un despliegue publicitario en los medios televisivos encabezado por el gran líder, que mostraba a sus súbditos las bondades de los nuevos equipos y la diligencia del gobierno revolucionario por facilitar al pueblo electrodomésticos de última generación.

Dos horas dedicó el mago a hablar de las virtudes de la olla, antes proscrita por reaccionaria, ahora símbolo del progreso de la revolución.

– La olla arrocera cuida que esté caliente la comida –aleccionaba el Comandante–, ella misma se apaga y gasta unos «poquititos» vatios para mantener el calor.

La esperpéntica historia de las ollas recuerda a aquella otra que se contaba del emperador de Etiopía, Haile Selassie. Cuando el imperio estaba desecho, las hambrunas diezmaban al país y las fuerzas revolucionarias se encontraban a las puertas del palacio, al emperador no se le ocurrió mejor idea que reunir a sus más fieles cortesanos y obligarles a practicar gimnasia sueca en los salones de palacio.

La huida de la realidad del Emperador se hizo más patente con su insistencia en que todos los funcionarios hiciesen un hueco en sus obligaciones para practicar las tablas de gimnasia. El imperio se fracturaba, los saqueos se multiplicaban, el país se encontraba paralizado, pero el emperador encontró la solución: la gimnasia sueca.

De momento el único resultado de la «olla arrocera» ha sido encarecer la factura eléctrica que pagan las familias. Al dejar de utilizar el gas licuado y el keroseno para cocinar se ha incrementado sustancialmente la factura de la luz.

– Ahora miramos el contador eléctrico todos los días, porque realmente no sabemos si alcanzamos. Una familia normal paga entre 100 y 120 pesos mensuales por la electricidad –me comenta un amigo.

En cuanto a los electrodomésticos de última generación, el cubano, fiel a su espíritu guasón, ya ha empezado a bautizarlos con diferentes nombres. Al hornillo eléctrico lo llaman el «desodorante». ¿Por qué? Por la cantidad de cubanos que se ven por las calles con el hornillo debajo del brazo llevándolo a reparar a un taller.

El hornillo eléctrico era el aparato que iba a sacar a la población de su situación desesperada, pero el problema es que el aparato no se enciende. Una olla para desviar la atención de la tragedia cotidiana de este pueblo, que no es otra que la de preguntarse cada día qué echar en el cazo. Esa es la realidad del país, una comedia que ya no nos hace reír porque hay mucho dolor en cada escena.

El Gobierno insiste en que la situación está mejorando: «Ya nuestro pueblo comienza a erguirse en el mapa de este mundo caotizado y sin esperanza», comentaba el líder máximo al presentar las ollas. Era como un mago de feria tratando de sacar un conejo de la chistera, pero ya nadie le mira, nadie aplaude, todos buscan la manera de escapar.

– Hay mucha gente decepcionada –se lamenta una madre– para el cubano el mayor desgarro es la ruptura familiar. Yo he dejado una hija menor en Miami y otra que todos los días me habla de irse. Los cubanos somos muy arraigados a nuestro país. Y todo eso ha dejado en Cuba muchas notas de tristeza. Y eso que en Cuba hacemos cuentos –chistes– de todo. Los jóvenes no tienen esperanza. Se van, sólo piensan cuándo y cómo irse. Incluso los que se fueron a Venezuela contra su voluntad ya no quieren regresar. Tienen ganas de hacer cosas que sólo aquí son ilegales.

Frente a la Oficina de Negocios de los Estados Unidos se han ido desplegando a lo largo de los años diferentes símbolos que recuerdan otros tantos episodios de la confrontación entre los países. Una hilera de mástiles con banderas negras intenta cubrir la pantalla de televisión que la Oficina instaló para informar al pueblo cubano. Detrás se encuentra el auditorio donde terminan las «marchas» de protesta y a unos metros, la estatua de José Martí.

El gran poeta y patriota cubano sostiene a Elian con uno de sus brazos mientras con el otro apunta acusadoramente a la Oficina. Para muchos cubanos lo que el dedo de Martí en realidad está señalando es: Allí están las visas.

POR JAVIER MARTÍN CAVANNA
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